Educación

STOP: biodiversidad amenazada clama oportunidades

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Conocemos que el paso del tiempo ha cambiado innumerables veces la imagen global de biodiversidad; seguro que enseguida nos vienen a la memoria los dinosaurios y otras extinciones espectaculares. En cualquier momento y lugar se manifiesta, exhibe tanto su potencial como una belleza que complace los ojos, a la vez asoma una vulnerabilidad creciente. Lo bello, que es el acuerdo entre el contenido y la forma en palabras del dramaturgo noruego del XIX Henrik Ibsen, es frágil. No podemos resignarnos a perder lo bello o lo útil.

Pues bien, está en serio peligro. WWF, en su informe Planeta vivo 2020, alerta de la caída de un 68% en “21.000 poblaciones salvajes (de mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios) monitorizadas entre 1970 y 2016”. La FAO, con una mirada diferente, hacía hincapié en El estado de la biodiversidad para la alimentación y la agricultura en el mundo, en que se detectan “pruebas crecientes y preocupantes de que la biodiversidad que sustenta nuestros sistemas alimentarios está desapareciendo, lo que pone en grave peligro el futuro de nuestros alimentos y medios de subsistencia, nuestra salud y medio ambiente”. Ecologistas en Acción habla de que España fracasa en la meta para detener la pérdida, sobre las relaciones entre biodiversidad y cambio climático, de luces y sombras de la estrategia europea, de la enorme y creciente tasa de extinción de los insectos. Hay muchas más voces que claman por lanzar políticas que limiten las extinciones, para que el saber el estado real se convierta en oportunidad de actuar ya.

Por cierto, hablando de biodiversidad nunca debemos olvidar a Rachel Carson y su Primavera silenciosa, de cuya primera edición se van a cumplir pronto 60 años. Ella iluminó al ecologismo protector de la biodiversidad, entre otras cosas, para transitar desde las amenazas a las oportunidades.  Su luz todavía continúa encendida. En nuestra mano está la búsqueda de oportunidades, la manera de limitar las amenazas.

Leer artículo completo en La Cima 2030, un blog de 20minutos.es.

Resistir en las burbujas escolares

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No debe resultar sencilla la gestión diaria en un centro escolar, da lo mismo de enseñanza obligatoria que universitaria, y en las escuelas infantiles. Por allí conviven miedos con alertas varias, prevenciones con despreocupaciones. Cada día será diferente, por más que el entramado anti covid sea parecido. El fugaz tránsito por los lugares comunes se convierte en una experiencia laberíntica; salir de un sitio más o menos protegido para llegar a otro con similares características. Cuesta relajarse para disfrutar de lo que se hace, en este caso enseñar y aprender. El placer de ambas sensaciones tiene ahora armadura, no solamente en forma de mascarilla en las caras del profesorado y el alumnado. Todos conocemos el valor de una sonrisa en el cometido educativo.

Dicen que se van incrementando el número de aulas cerradas. Dicen, porque la información se gestiona de forma distinta según su emisor, tanto que los receptores apenas escuchan; desconfían. En unos sitios un simple caso es motivo para cerrar la escuela, en otros no se sabe nada. En unos centros todas las clases son presenciales en secundaria y bachillerato, en otros las familias presionan y el profesorado no encuentra un lugar físico para ubicar con garantías de seguridad al alumnado. Hay recomendaciones por ahí que aconsejan al alumnado no formar corrillos en los recreos, otras piden no apelotonarse en las universidades para acudir a los cuestionados exámenes. Pero cuidado cuando las cifras van para récord como recoge hoy mismo El Diario de la Educación

Todo esto es nuevo, y lo nuevo a la vez que previene asusta. En algunos países como Portugal cierran las aulas, a la espera de tiempos mejores o porque desconfían de que las burbujas escolares se rompan por la entrada de punzantes virus. Resistir es vencer, dijo alguien, pero cuesta tanto.

Mientras otros sectores sociales o laborales esgrimen sus afecciones y pérdidas y claman por soluciones varias, algunas contrarias a las normas sanitarias, el entramado educativo permanece silencioso, intentando aportar lo que mejor conoce: la profesionalidad en la tarea bien hecha. ¡Qué decir de las maestras y auxiliares que atienden en guarderías a niños y niñas de 0 a 3 años!

Sin duda la educación merece más atención social y parlamentaria, máxime si junto con las prevenciones llegan recursos suficientes y algunos afectos; y una continuada información veraz. Desde aquí no nos cansaremos de repetir nuestra gratitud al profesorado y al alumnado por implicarse en el mantenimiento de las burbujas, en la confección de paredes más sólidas en su idealizada estancia para laminar los contagios y evitar posibles fallecimientos de fuera de las aulas. Se merecen que la suerte acompañe.

El infinito de la Educación Ambiental

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La Educación Ambiental (EA) es muy variopinta en sus formas, a la vez enorme o diminuta en sus dimensiones, en sus afectos y emociones. No podría ser de otra manera pues educar sobre el medioambiente, del cual nunca se conocerán los límites, así lo requiere. La EA, tal que infinita, debe estar en todos lados; incluso estas dos ideas, extensión y dimensión cualitativa, no dejan de ser una analogía. Pero cuidado, no sea que tanto buscarla e intentar ampliarla se nos haga vaga, se vaya alejando de su sentido primero. ¿Cuál era? O por el contrario, a través de insistir en ella acopiemos energía de la gente con la que la buscamos; es nuestra gran pasión y como tal no tiene frontera. Acaso, en una mala copia socrática, podríamos decir que en cualquier dirección que la recorramos nunca encontraremos la terminal. El mero intento de cambiar las reglas del mundo, ¿no es eso lo que busca la EA?, es moverse hacia el infinito, máxime si se quiere impulsar mediante la educación.

Cada día que viene es nuevo, la EA debe reinterpretarse; siempre proceso inacabado. Eso es algo que algunas veces se nos olvida, máxime en nuestra cultura tan supeditada a objetivos cuantificables. ¡Ya está logrado!, pero no. A la vez, le concedemos el mayor valor que se pueda, se trata de vivirla; no puede tener una cantidad asignable de intenciones o logros. Como también son incontables las gentes que la buscan y los medios sobre los que transitan. ¡Qué difícil resulta dimensionar lo infinito! Nunca la EA, a nuestro pesar, podrá explicarlo todo, porque hay demasiadas cosas que escapan a la razón humana.

Tan grande es y tanto se extiende que en ocasiones la asimilamos a sostenibilidad, por eso de los ODS. También en este caso es permanente, sin fin; durable o sustentable como la caracterizan por tierras americanas. Por eso quedaría mal reducirla a un signo, ese ocho volteado que dicen que tiene relación con la religión o la alquimia. Es más bien una lemniscata abierta, la cinta que nunca se acaba. En cierta manera similar a la que nos regaló la escritora Irene Vallejo a propósito de los libros en El infinito en un junco, de quien somos deudores en la composición de esta entrada.

26 de enero, al menos un día para dar protagonismo a la Educación Ambiental, en un calendario de innumerables hojas. 

Los glaciares pirenaicos claman su desdicha, que es la nuestra

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Eran una parte de nuestro particular reloj del tiempo. Muchos permanecían donde la última glaciación los puso. Llevaban muchos años avisándonos, pidiéndonos que detuviésemos el atropellado cambio climático que los estaba licuando. Quienes tuvimos la dicha de conocerlos más vivos, también aquellos que vivimos no muy lejos sentimos una honda pena con su pérdida. 

Los glaciares pirenaicos, como sus parientes alpinos que a duras penas se mantienen por Europa, no son los únicos que se extinguen. Su hielo desaparece y se  perderá el albedo que tanto bien nos hacía. Adiós a la imagen del Kilimanjaro que tanto explotaron películas clásicas como «Las nieves del Kilimanjaro» protagonizada por Ava Gadner y Gregory Peck, algo tuvo que ver el cuento de Ernest Hemingway del cual van a cumplirse casi 80 años. ¿Cómo lo escribiría hoy? Qué decir de lo que pasa en el Gran Himalaya (en los últimos 40 años, su disminución del hielo se cifraba en unos 45 cm verticales al año entre 2000 y 2016, el doble de lo que lo hacía durante los 25 años anteriores), en las Rocosas, en los Andes y en una lista interminable. A ninguno de estos enclaves le sirve el reloj que marcaba sus tiempos.

Los glaciares pirenaicos, de los que tantas enseñanzas se pueden sacar, nos dejan el testigo de sus ibones (lagos pequeños), que también son enciclopedias del tiempo. Allí se guarda una parte del legado geológico, climático y de biodiversidad. Las mujeres y hombres que forman los equipos científicos -a quienes hay que agradecer su trabajo- claman su desgracia, que es la nuestra. Piden que los preservemos para la ciencia, así nos mostrarán los tesoros que esconden. Al menos eso, ya que por lo que se ve lo de mitigar el cambio climático no se entiende. Si los atropella el turismo acabará con legados milenarios.

Es urgente que cuenten con más protección; hay que destinar más recursos para que la ciencia los conozca mejor. Sus trabajos nos enseñan a todos, no solamente a quienes los investigan.

Leer el artículo completo en La Cima 2030 de 20minutos.es.

Júpiter y Saturno se muestran como en la Edad Media

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Mirar el cielo para ver, observar lo que pasa para huir del tembloroso suelo por un momento. Parece que Júpiter y Saturno no han querido perder celebridad en este año tan especial. En los anales de astronomía, pero también en otros muchos libros y en los diferentes medios de comunicación, será recogida la excepcionalidad de una conjunción que no ocurría desde la Edad Media (4 de marzo de 1226). Los veremos «tan cerca el uno del otro»,  en el cielo, que parecerá que están casi tocándose. Dará la impresión de que están superpuestos y brillan al unísono con mucha más luz.

Cada uno de los viajes planetarios tiene sus secretos para la gente que no entendemos del asunto. Hay personas que aseguran que esta conjunción querrá decir algo. Mientras tanto, cuando los observe el 21 de diciembre, si las nubes no nos juegan una mala pasada, no cuesta nada formular un deseo individual o para mucha gente. Si se cumple o no es cosa que ya se verá, pero siempre recordará que a final de un año complicado y pandémico el cielo quiso decir algo; al otro lado, nosotros esperando que se cumpla el deseo formulado. Es algo tan extraordinario que algunos astrónomos lo han bautizado como «el beso de Navidad», debe ser por lo necesitados que estamos de mostrarnos afectos.

Canción de escuela, con melodía comprometida

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La escuela, demasiadas veces callada, orillada por olvidos, pero siempre viva en su interior compartido. Desde aquí quisimos escribirle una canción para decirle que es importante, que aunque transite demasiadas veces entre el silencio y la pena se merece canciones de aliento. La que escribimos para El Diario de la Educación está redactada gracias a un aliento múltiple; invitamos al profesorado a leerla para reconocer momentos, quizás remover pensamientos, acaso añadirle estrofas o cambiarle una parte de la melodía. En primer lugar quiere reconocer al profesorado y al alumnado de todas las escuelas del mundo, que han sabido dar ejemplo a pesar de las dificultades pandémicas. Se merecen unas vacaciones plenas de naturaleza y libres de virus.

Para componerla hemos utilizado saberes y pensamientos, frases cogidas al vuelo si se quiere, de personajes que hablaron de educación a lo largo del tiempo pasado, más o menos cercano. Desde aquella educación como arte de Kant, tomando un apuntes de Benito Pérez Galdós -se cumplen cien años de su muerte-, aprovechando lo manifestado por el equipo Delors en su informe La educación encierra un tesoro, apoyándonos en la letanía de los Informes GEM y en Alice Albright de la Alianza Mundial por la Educación; también recurrimos a Emilio Lledó.

Al final, la cancioncilla declamada incluye el poema Educar de Gabriel Celaya y como epílogo recuerda a Quino, que tantas acertadas lecciones educativas nos regaló durante muchos años. Donde quiera que esté se dará cuenta de que sigue dentro de la educación: nos quedan las acertadas reflexiones de Mafalda, Miguelito y compañía. Quizás, acudiendo a los recuerdos de los citados, de muchas más mujeres y hombres, hayamos sido capaces de entonar una canción comprometida con la educación.

El artículo completo «La educación se canta para orillar sus dificultades» se puede leer en El Diario de la Educación, que exhibe de manera gratuita toda su producción, pero al que no le vendría nada mal que el profesorado se inscribiese para asegurar con la aportación económica de muchos su independencia, y seguir ejerciendo de altavoz educativo y de repositorio escolar.

Discapacidades educativas pandemiadas

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Lo cierto es que el término discapacidad se presta ya a una renovación, pero como hace unos días se celebró el Día Internacional de las Personas con Discapacidad vamos a dejarlo como está y dedicarnos a hablar de cómo afecta la pandemia a aquellos niños y niñas que solían verse incluidos en la disminución de ciertas potencialidades que podríamos agrupar dentro de este término. No está de más enterarse en qué consiste la Estrategia de la Naciones Unidas para la Inclusión de la Discapacidad y preguntarse si en el entorno próximo se pueden apreciar mucho o poco de sus argumentos. Entre otras cosas, allí se dice que en torno al 15% de la población mundial, unos 1.000 millones de personas, viven con alguna discapacidad. También que el 80 por ciento de estas son ciudadanos-as de países en «desarrollo difícil». Además, 7 metas de los ODS hacen relación explícita con las personas con discapacidad.

Para no extendernos mucho, recogeremos casi tal cual la entrada del Blog de la Educación Mundial y sus Informes GEM. El último, qué papel  más interesante hace UNESCO en la protección educativa y cultural de la infancia, se introduce con un título para escribir en letras grandes y colocarlo como mural en todos aquellos despachos de la gente importante que toma decisiones. Dice así: Los planes de recuperación del aprendizaje y de financiación tras la pandemia no deben ignorar a las personas más desfavorecidas . El enlace llevará a quienes tengan interés a la llamada completa. Aquí vamos a señalar simplemente algunos aspectos:

  • El alumnado con alguna discapacidad se ha visto mucho más afectado que el resto con la pandemia, luego ahora merece una atención mayor.
  • Los estragos durante estos largos meses todavía son mayores en los países de ingresos bajos y medios bajos, si bien los sufren quienes se encuentran en situaciones de vulnerabilidad en cualquier continente o país.
  • La diversidad y la identidad, en sus múltiples formas, tienen diferentes atenciones en buena parte de los sistemas educativos.

Acaba con un ruego, más bien una demanda que debe ser asumida por quienes tienen cualquier interés educativo y ético: «No podemos aplazarlo. Debemos salvar nuestro futuro y seguir trabajando incansablemente para alcanzar nuestro objetivo educativo mundial, el ODS 4, y garantizar una educación de calidad inclusiva y equitativa y promover las oportunidades de aprendizaje permanente para todos y todas.»

Idolatría de lo intangible en formato de balón

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Cuando alguien goza de tanto reconocimiento universal como sucedió a Maradona, cierta deidad lo ha acogido bajo su protección. Seguramente reuniría como futbolista cualidades acreedoras a semejante reconocimiento. Su balompédico arte quedará fijado en lo intangible, que siempre está sujeto a la opinión y las emociones. El dorado de los ídolos se nos queda en las mentes, pudo haber dicho Flaubert. No somos nadie para cuestionarlo. Así que, descanse en paz Maradona allí donde more.

Cuesta mucho digerir la adoración universal de la que ha sido objeto en vida y tras su muerte; se ha asemejado a aquella historia/leyenda del vellocino de oro. Parece que por todo el mundo sus pormenores han alcanzado más comentarios en medios audiovisuales, más artículos y páginas que cualquier otro asunto de alcance universal, que esos múltiples peligros que amenazan el porvenir de tanta gente. Normal, en diversos ambientes se le comparaba con un dios terrenal. Varios periódicos, incluso de tirada restringida a un territorio, le dedicaron 8 páginas al día siguiente de su lamentado fallecimiento. Es como si cada articulista o comentarista quisiesen verse retratados en él, con el debido respeto. Pero a veces la idolatría tiene la basamenta de barro, como cuenta el profeta Daniel que sucedía en tiempos de Nabucodonosor.

Ante esa unanimidad sobre el futbolista, puede que de perseverancia limitada, más de uno nos preguntamos cuáles son los asuntos que más deberían ocupar a los medios de comunicación: si los hechos ligados a tal o cual persona, casi siempre del ámbito deportivo -especialmente a los futbolistas se les disculpa cualquier yerro o desmán- o musical, o los valores que sostienen lo que podríamos titular como ética universal. 

Aún así, quédense los amantes del fútbol con su arte, que dicen que tuvo como nadie; revisemos entre todos el sentido de los ídolos, su persistencia como elementos clave para la esperanza en el futuro. Quizás convendría fijarnos más en las desigualdades sociales, cambio climático, hambre y pobreza, salud universal, y todas cuantas queramos añadir. En este contexto, hablando del intangible colectivo, el cual se puede admirar pero nunca es conveniente idolatrar, nos viene a la memoria, y nos encamina el pensamiento, aquello que su paisano Jorge L. Borges decía: no he cultivado mi fama, que será efímera. ¡Y bien que este la conserva por hechos tan diferentes! Esos que han llenado de poemas, ensayos y cuentos el mundo literario universal. Por cierto, su poema «La Fama» merece una reposada lectura.

Maestras y maestros empeñados en aflorar capacidades de otros

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Cuando quien esto escribe era docente el 27 de noviembre suponía un día celebrado; hasta nos daban fiesta. Ya no es así pero da lo mismo. Imaginémoslo. Durante este día adquieren un sencillo protagonismo, si se quiere más por la efemérides que por lo que intentan. Algunos se empeñan en mostrar que los conocimientos son necesarios para la vida, la mayoría saben que el destino de su trabajo no es otro que enseñar al alumnado a «aprenderse», eso que se consigue cuando alguien utiliza sus capacidades para conducirse sin ayuda, adquiere el desempeño de la autonomía en la búsqueda de los saberes, útiles en ese momento para quienes desean adquirirlos.

Si pudiera ser siempre verdad, maestros y maestras habrían de poner al alcance del alumnado esperanzas que consiguieran encender la imaginación para transitar por caminos que hicieran placenteros los aprendizajes; aprende quien logró interesarse. Algunas veces lo consiguen, cuando quitan la vista de los libros y dirigen sus pensamientos y emociones a quienes deben enseñar; cuando se empeñan en enseñar a pensar más que en qué pensar, cuando consiguen despertar algo que cada niño o niña lleva dentro: sus capacidades.

Muchos de quienes pasaron por sus aulas los recuerdan en más de una ocasión a lo largo de sus vidas, nombran más a las personas que a sus métodos o técnicas, a su proximidad emocional tanto o más que a su sabiduría, porque no es lo mismo saber que saber enseñar dijo Aristóteles y repitieron otros muchos. Porque si algo late en la educación es el corazón de aquellos maestros y maestras que hacen de su trabajo una vocación desprendida.

Quizás valdría como resumen/homenaje a tantos maestros y maestras recordarles que a la larga, máxime en estos días en los cuales dan lo mejor de si mismos en la educación «pandemiada», sabiendo que el alumnado transita tantos años por la escuela y la universidad, aquellas palabras del gran maestro Emilio Lledó: «El aprendizaje no es importante, sobre todo ahora que tenemos tantos medios de conocimiento e información; lo importante es crear libertad intelectual y capacidad de pensar»

 

Insistir en lo obvio: niños y adolescentes tienen sus derechos

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Repetimos casi textualmente una entrada que sobre el mismo tema publicamos en este blog en 2016. Entonces recordábamos que el 20 de noviembre de 1989 se firmaba un tratado internacional -ratificado en la actualidad por casi 200 estados- para proteger a niños, niñas y adolescentes, que se concretaba en la Convención de los Derechos del Niño. Resaltábamos que tuvo su precursor en la Declaración de los Derechos del Niño en 1959. Decíamos entonces que los 10 principios básicos de esta declaración tenían un limitado alcance, que eran incumplidos por muchos países, que hacía falta algo más.

Nos alegrábamos de que el texto vigente desde 1989 convierte a niños y jóvenes, a chicas y chicos, en sujetos de derecho; hasta entonces habían tenido el rol de un objeto pasivo de atención. Resaltábamos que el tratado  obliga a que los gobiernos cumplan todos los artículos, pues allí se recogen  los derechos económicos, sociales, culturales, civiles y políticos de todos los niños y niñas. Alertábamos de que su aplicación es obligación de los gobiernos, pero no solo ellos. Existen responsabilidades compartidas con otros agentes como los padres, profesores, profesionales de la salud, investigadores y los propios niños y niñas.

Alguien pensará que las ONG que se preocupan por la infancia siempre están demandando. Pero no es eso. Quieren conseguir lo que parece obvio, asunto del que a escala universal todavía se está muy lejos. ¿Es mucho pedir que de una vez por todas se haga realidad inclusión y educación como defienden los informes GEM, que todos los niños y niñas tengan escuela, que dejen de ser utilizados los niños como soldados, que la salud infantil sea un derecho consolidado en todo el mundo, que mejore el estado de la infancia en España?, y más cosas de coherencia natural. Para colmo, durante este año de pandemia las cosas no han hecho sino empeorar.

Terminamos la entrada repitiendo la petición que hacíamos a madres y padres y colegios en 2016 para que lo debatiesen en su entorno concreto: cuáles son los derechos que no podrían faltar a ningún niño, niña y adolescentes en todo el mundo. ¿A qué creen que se debe que llevemos 21 años insistiendo en prácticamente lo mismo?

Leyes educativas paradójicas, estilo Buridán

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Llevan años nuestros políticos imaginando una nueva Ley de Educación. Ahora mismo, España en noviembre del año 2020, quienes tengan el mínimo interés educativo, y por un momento puedan abandonar los estragos pandémicos, se encuentran un día sí y otro también en los medios de comunicación con pinceladas de cómo nuestros políticos intentan ser emuladores de Buridan, al menos quienes en el Congreso, o en sus respectivos partidos, están ocupados en configurar una ley para la educación obligatoria. No es nuestra intención llamar su atención comparándolos con acémilas, como aquella reducción al absurdo que se inventó el teólogo escolástico del siglo XIV, sino por lo frustrante que resulta que no se pongan de acuerdo en casi nada. Pudiendo mejorar la educación, deseo que estimamos comparten todas las fuerzas políticas, se enfangan en dilatadas discusiones. Quizás porque no aciertan a concretar lo que realmente buscan, o no quieren encontrarse en el camino, o la senda, por donde transitan sus rivales políticos.

Pierden el tiempo en razonar con argumentos conocidos y parcialmente interesados, difícilmente permeables con los de sus oponentes. Podrían separar lo prioritario de lo accesorio, emplear el razonamiento ético para avanzar. Se lo pedimos, se lo exigimos. Tienen sobrada capacitación para lograrlo.

La nueva ley educativa no puede retrasarse más. Al final, corremos el riesgo, como sucedió en el ejemplo de Buridán, de que la educación muera lánguidamente de inanición transformadora por carecer del sustento que la ha de nutrir: encontrar el camino para que cualquier estudiante pueda desarrollar todas sus potenciales capacidades educativas si así lo desea pues la sociedad pone a su disposición todos los recursos necesarios para lograrlo.

No queremos que de todo esto del trámite parlamentario quede una reducción al absurdo, como ya barruntaban los griegos allá por los siglos VII-VI a.C. que parece ser que ya utilizaban aquello de “unos por otros y la casa sin barrer”, más o menos. La educación de calidad es un derecho universal, no puede estar en una paradoja sin fin. Hay que encontrar la diferencia de valor entre unas posiciones y otras y sacar adelante una ley educativa para el siglo XXI, comprometida, que aminore a la gente una parte de las actuales incertidumbres.

Gracias señoras y señores diputados por intentar alejarse del estilo Buridán. Estamos seguros de que pueden lograrlo. Lo celebraremos en este blog y en muchos centros educativos de toda España.

Los maestros y maestras frente a la pandemia, versión «a lo Albert Camus»

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Pocas personas reconocidas mundialmente han sabido expresar como Albert Camus la figura de lo que hacen o representan maestros y maestras de todos los niveles educativos, desde infantil a la universidad. Sus palabras pronunciadas, desde la sencillez nada impostada, en la aceptación de Nobel en 1957 nos sirven para componer esta entrada. Por ello, y con el debido respeto si alguna la hemos utilizado incorrectamente, gracias Maestro.

Por las escuelas de hoy, pendientes de los sobresaltos pandémicos, conviven profesores y profesoras con sus dudas. Desarrollaron el hábito de cierta soledad en su trabajo, reducidos al silencio social. A veces sienten inquietud y malestar por ello; para superar ambas han de apelar a menudo a su destino generoso: educar para que los demás sepan educarse. Buena parte de ellos y ellas no pueden vivir sin su trabajo, lo llevan fuera de la escuela, lo comentan en sus casas; les cuesta desprenderse de su interés social. Porque se empeñan en emocionar, y las emociones no se dejan en las aulas. Educar es para muchos una diversión también, a veces colectiva y a menudo solitaria, íntima.

Intentan congeniar lo que mandan las autoridades educativas con aquello que demandan sus alumnos. Difícil tarea hacer comprensible lo uno con lo otro, siempre pero más todavía en este año tan singular. Por eso han de ser comprensivos con el error, venga de un lado o del otro, sea cierto  o percibido. Ahora se afanan en vivir educando en tiempos catastróficos, por eso su tarea es infinitamente mayor: han de preparar a los estudiantes para restaurar su vida y el mundo, cuando todo esto de la pandemia amaine.

Están comprendiendo mejor su oficio. Por eso, si cuando superemos la pandemia como sociedad escribiésemos una carta de agradecimiento a los profesores y profesoras, como hizo Camus a su maestro Germain, no olvidaríamos agradecerles habernos tendido una mano afectuosa y una mirada alegre. Además de otras emociones y sentimientos vividos, no vendría mal repetir aquello que él recordó a su maestro: “sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”. Gracias Camus, gracias maestras y maestros.

Diario escolar, de autoría universal

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Seguro que alguien, por todo el mundo, va anotando cómo es su día a día escolar. Por sus páginas transitarán prevenciones junto a despreocupaciones, dificultades frente a logros, emociones y disimulos, reprimendas y recomendaciones, acogimientos o descuidos de inclusividad, demandas satisfechas o no, sonrisas y llantos. 

Seguro que en muchas páginas se verán retratados el profesorado y el alumnado, en forma de anécdotas o posturas firmes. La escuela enseña con el ejemplo pero también con los acuerdos, con las pautas convenidas, con las esperanzas frustradas, con los deseos por encima de todo. 

La escuela es una maravillosa maraña de emociones, era y lo seguirá siendo cuando todos nos libremos de estas ataduras que no entendemos bien. Por eso, la escuela debe reflexionar sobre el momento, aprender cada día a construirse a sí misma con formatos diferentes a los que la inercia anterior nos tenía acostumbrados. Estaría bien que cada centro llevase su diario escolar. En este cometido no debe faltar la autoría de nadie: profesorado, alumnado, familias y administración.

A la vez, la escuela puede aprovechar el momento para reinventarse, para rescatar del olvido ilusiones no satisfechas. también emergen en el día a día y merecen que se tome nota de ellas. A la vez, las discusiones de una ley educativa en cualquier parlamento deben servir para acordar aquello que es mejor para el conjunto, para buscar la incorporación de la finura en el tratamientos de los más vulnerables. Las peleas partidistas que están tramitando los políticos españoles no hablan bien de la escuela universal. Más de uno de quienes resuelven estos días problemas críticos en las aulas se escandalizaría si leyese en el Diario de las sesiones colectivas, o en el de las Comisiones de las Cortes o en los respectivos parlamentos autonómicos, lo que allí se dice.

Cuando todo esto pase, ¡Ojalá sea el curso 2021-2022!, deberíamos poner en común nuestros diarios. Habría que buscar una semana del año para reflexionar en todos los centros educativos acerca de las lecciones aprendidas. Por supuesto que deberían participar, en niveles de igualdad, los responsables políticos y educativos.

La contienda pandémica en la escuela

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Ahí siguen las escuelas, manteniendo su esencial contribución a paliar los desastres pandémicos. Tienen algunas instrucciones de la OMS y de sus autoridades educativas y sanitarias para reducir los impactos. Pero eso no resuelve todo. En algunos países han sido dotadas de recursos extraordinarios, en otros no. Pero el día a día no es fácil, siempre pendientes del episodio crítico.

Utilizan el rigor para moverse cada jornada, con grave preocupación y enormes esfuerzos, adaptando horarios y movimientos, modificando agrupaciones. En general, el alumnado cumple las prevenciones dictadas; el profesorado mantiene el tipo, no sin sobresaltos. Las familias ayudan lo que pueden, a pesar de los pesares. 

Cada día se cierran muchas aulas, otras reabren después de periodos de cuarentena. Ojalá la creciente incidencia de casos covid que sufre Europa no obligue a cerrarlas de nuevo; sería un tremendo fracaso de la sociedad entera que no supo poner freno a los daños colaterales de su mala gestión de la pandemia, tuvo muchos meses para prepararse, y también actuó con irresponsabilidad ciudadana en muchos casos, todavía visibles hoy.

Los medios de comunicación hablan poco de la escuela «pandemiada»; les preocupa más si se cierra la hostelería, foco reproductor de casos según muchos científicos. Algunas personas se manifiestan contra las limitaciones impuestas porque dicen coarta su libertad individual. ¿Acaso no cercena más el derecho individual que supone la educación la actitud irresponsable de algunos frente a la pandemia?

No sabemos el devenir de la escuela en los meses venideros. Siempre quedará en el recuerdo el esfuerzo de maestras y maestros, pero habrá que acompañarlos en su tarea restringiendo las actividades personales o familiares que la puedan poner en más riesgos.

La escuela acoge a la Antártida

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Esta entrada tiene mucho de homenaje. Una parte va dirigido a las tierras australes, tanto por su belleza como por los beneficios que procuran a la dinámica climática global. Otra se fija en las mujeres y hombres -en este caso personalizados en dos entrañables amigos- que acuden al continente helado cada pocos años para realizar investigaciones que preserven el enclave o que aporten nuevas vías de mantenimiento y futuro de la biodiversidad global.

Pero también quiere que la escuela viaje allí, metafóricamente, para enriquecer sus conocimientos y percepciones, más bien desarrollar nuevas capacidades para entender el futuro global. Incluso va más allá: quiere que se reserve un rincón para la Antártida en cada escuela. Los pingüinos nos sirven de embajadores para conocer paisajes diferentes, para apreciar vidas difíciles, para conocer publicaciones interesantes, para valorar lo que tenemos y la necesidad de preservarlo, para disfrutar de la plástica antártica. Queremos una escuela que admita en sus aulas, dé albergue, proteja y ampare al sistema antártico: su dinámica, sus hielos y sus criaturas.

La Antártida es un tesoro largamente construido, ahora expuesto a peligros crecientes sobre todo motivados por el cambio climático; en concreto este año ha vivido el invierno más caluroso de los últimos 30 años. Por esto, y por muchas más cosas lo llevamos al blog «Ecoescuela abierta» de El Diario de la Educación con el título «La escuela antártica«, porque queremos reclamar su presencia en el ideario ambiental y vivencial de cada centro escolar. Les invitamos a leerlo. Además del aporte de algunas notas históricas, artísticas, de biodiversidad, etc., que siempre animan al conocimiento, recuerda una y otra vez que merece la pena luchar por la Antártida. A los estudiantes de hoy les va una parte del futuro en ello.