Ética universal

El derroche alimentario como signo de la sociedad actual

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El expresidente uruguayo José A. Mújica, que en octubre pasado acaba de formalizar su renuncia al Senado uruguayo, empujado por los temores ante la pandemia, ha sido un defensor de la ética social universal. Durante su paso por la política ha dejado evidentes muestras de sencilla sensatez, aventura harto difícil hoy. Durante una entrevista que la Agencia Efe le hacía en 2014 mostraba sus preocupaciones por la impotencia de mundo contemporáneo. Denunciaba que en todo el mundo se tiraba un tercio de la comida que se produce. Decía que era posible que los perros de Europa comiesen mejor que los niños africanos, esos que arrastrarán tremendas deficiencias de por vida. También alertaba el expresidente de que no podemos escudarnos en la falta de dinero para semejante inequidad, dados los enormes dispendios que se hacen en armas de guerra.

En síntesis, lo que vino a decir Mújica es que el derroche alimentario manda en nuestras vidas y amenaza la supervivencia de mucha gente. Recordemos que la FAO ya avisaba de este desastre hace casi una década en las Pérdidas y desperdicio alimentario en el mundo, que incluía el alcance en aquel momento, analizaba las causas y daba pautas para la prevención. Aquí estamos, produciendo hoy un 60% más de los alimentos necesarios para satisfacer a los 7.600 millones de habitantes que somos, buena parte de ellos hambrientos o malnutridos. Sin escrúpulos se nos puede llamar la sociedad del despilfarro.

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La pandemia puso a África en el norte de la esfera terrestre

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Desde siempre, el norte europeo y americano ha sido la zona rica del planeta, la parte mejor preparada y allá dónde los problemas colectivos se dominaban y alcanzaban una menor dimensión social. Pero la pandemia ha revuelto todo. Solamente hay que echar un vistazo a la tabla que proporciona la OMS para entender lo que queremos decir: la pandemia se ha cebado con los países ricos, alguien sugiere que con los más prepotentes, pero dejamos eso a la interpretación de cada uno. En la citada tabla se habla de África en términos de incidencia y muertes por la covid-19. Los más incrédulos dirán que allí los datos son tan bajos porque no realizan pruebas, habida cuenta de las carencias médicas y hospitalarias que padecen. ¡Quién sabe?

Invitamos a fijarse en que según los datos de la OMS, si sumamos Marruecos, Sudáfrica, Egipto, Etiopía y Túnez no alcanzan las cifras de España. Con las salvedades que se quieran en el cuenteo, no deja de ser terrible que si a fecha 7 de noviembre, según la OMS, en África se contabilizan 1.868.000 en España estemos en más de 1.300.000. ¿Qué decir si comparamos los números de África con los de Europa? Cuando esto pase un poco, dentro de unos meses, habrá que analizar lo hecho en Europa.

Por una vez, el «sur africano», débil y convulso, no ha sido tan perjudicado como el «norte europeo», tan poderoso y bien organizado. ¿Habrá que darle la vuelta a los hemisferios? Nos tememos que dentro de unos meses «las cosas volverán a su secular sitio».

Día Internacional contra el cambio climático

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Mañana 24 de octubre se «celebra» en todo el mundo este día. De celebrar poco, más bien recordar lo que deberíamos hacer para mitigar sus efectos, para adaptar nuestras condiciones de vida a la emergencia climática que ya tenemos delante. Piense en positivo. Analice aquello que ya ha hecho por disminuir su carga ecológica en forma de consumo desmesurado, movilidad innecesaria y otras muchas cosas. Valore los beneficios que sus actos positivos han tenido en le salud propia y en la del planeta. Consolide estos actos y promuévalos entre sus amigos, la familia o en el trabajo. Demande a la administración de su ciudad o país que se ponga a la tarea. Únase a asociaciones ecologistas u otras ONG sociales que buscan la reducción de los efectos del cambio climático en las personas y en el planeta. Celebre de verdad aquello que ya está haciendo, todos los días.

Échele un vistazo a los artículos que los medios de comunicación traen ese día sobre el tema. Visione algún programa en la televisión o en las plataformas. Dedique un tiempo de ese sábado a pensar en clima. En esta u otras plataformas. 

Pregúntese si le queda algo por hacer. Y no se desanime; la tarea es larga y siempre quedará incompleta. Pero en algún lugar, no se sabe quién ni porque, ya le está dando las gracias por sus esfuerzos.

De salud alimentaria también se vive

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Digamos que en esta ocasión la concesión de un Nobel ha sido un acierto. Se ha otorgado al Programa Mundial de Alimentos, en realidad a todas las personas que por el mundo hacen realidad su existencia y, por qué negarlo, a los países donantes. Pero no es un premio cualquiera, habla de Paz, así con mayúsculas. 

Dentro del marasmo pandémico en el que estamos metido, países y personas deberíamos ser conscientes de que en algunos lugares se juntan falta de alimentos y conflictos bélicos con la pandemia. Afirma el GNR (Informe Global de Nutrición) que la malnutrición se acelerará durante y tras la pandemia actual. Esta situación niega el derecho a la vida en paz que figura ya en el preámbulo de la declaración Universal de los Derechos Humanos, de la cual se van a cumplir 72 años. 

Mientras el hambre y la malnutrición azotan a más de 800 millones de personas en todo el mundo, se desperdician un tercio de los alimentos que se producen. Lo recordaba la FAO el pasado 26 de septiembre, Día Internacional de la Concienciación de la Pérdida de Alimentos.

Seguramente otro mundo es posible. ¡A ver cuándo encontramos el camino!

El tiempo sin tiempo, ya lo poemó Benedetti

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Se cumplen cinco años desde que los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible) abrieron la caja de las ilusiones globales. No sabemos si es mucho o poco tiempo, seguramente Carlos Gardel nos diría que no son nada. Depende si miramos a lo hecho en relación con lo que nos queda por hacer. 

Seguramente se hubiera necesitado para la transformación «odsiana» ese tiempo que otros dejan abandonado porque les sobra o no saben qué hacer con él. En este asunto de las tareas puestas en marcha diríamos como el poeta: para lograr los ODS precisamos o sea necesitamos, digamos que nos hace falta tiempo sin tiempo. Este año, el día 14 de septiembre, el poeta, escritor y pensador uruguayo hubiera cumplido 100 años. No sabemos qué diría sobre los avances de los ODS, quizás nada, o mucho. En cualquier caso, sus palabras o sus silencios nos empujarían. Así lo pensamos quienes hemos disfrutado de sus pensamientos.

En el artículo «¡Qué cinco años no es nada!, cantan los ODS», publicado en La Cima 2030, de 20minutos.es, hablamos más detenidamente del tiempo sin tiempo.

La vuelta a las aulas como parte del derecho humano a la educación

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El derecho a la educación aparece ya en la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, en su artículo 26. Pero este ideal común no obligaba al cumplimiento por parte de los estados. En 1959 se firmaba la Declaración Universal de los Derechos del Niño. Unos años más tarde, 1966 y 1976, se rubricaron pactos mundiales en los que se añadía la obligación de los estados firmantes de hacer realidad esa educación en sus territorios.

Se han cumplido 30 años desde que en septiembre de 1990 comenzó su andadura la Convención sobre los Derechos del Niño (CDN), encomienda asumida por la mayor parte de los países del mundo; todavía falta EE UU por ratificarla. La vuelta a las aulas, incierta y estresante para familias, profesorado y administración, es un buen estímulo para la reflexión. Primero debe llevarse a cabo con todos los requisitos de protección de la salud colectiva, con protocolos y recursos de todo tipo.

Pasados unos meses habrá que hacer un análisis crítico de lo acontecido. Si se busca de una manera objetiva se encontrarán fortalezas y debilidades, se verá dónde se han limitado las amenazas y se han reducido las inseguridades. Los Gobiernos deben involucrar a todos los sectores implicados en la consecución de este derecho humano, mantener una interlocución permanente entre ellos. Han de considerar la educación de calidad como una prioridad, ahora mismo y siempre. Los dineros dedicados a la educación son una inversión con altas rentabilidades éticas, sociales y económicas; la mejor pues beneficia a la sociedad al completo. Si hacen dejación de este deber, o cometen serios despistes en la búsqueda del derecho humano que es la educación universal, de calidad y gratuita, no merecen tener la responsabilidad que la sociedad les hemos entregado.

Resumen del artículo publicado en La Cima 2030 de 20minutos.es.

La educación fragmentada de las generaciones covid-19

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La suspendida escuela muestra como pocos ámbitos la desazón global que nos acecha. Un centro escolar es un laboratorio social, además del primer escenario no familiar donde se construyen capacidades. Como sociedades nos habíamos acostumbrado a tener nuestra escuela, era algo casi tan necesario como el comer. Pocos eran los grupos sociales, los países, que estaban dispuestos a renunciar a ello. Pero el deseo mundial se quebró en una explosión continuada. Desde educación infantil hasta la universidad se perdió el hilo del saber, más bien la red que une el presente con el futuro, al individuo con el colectivo, la técnica con las destrezas, los deseos con las realidades. Ya nada fue ni será como entonces pues la educación quedó fragmentada, en pedazos cuál jarrón de vidrio caído. Costará reponerla porque los hábitos y las relaciones sociales, que antes hacían de pegamento, han desaparecido temporalmente o limitado parte de sus propiedades.

Nadie se habría atrevido a imaginar qué tal cosa pudiera suceder. La pandemia trastocó los aprendizajes de ricos y pobres, estos ya andaban bastante mal a pesar de que la educación tiene la categoría universal de derecho humano. ¿Cómo componer los fragmentos?, porque queda mucho por delante para recuperar el ritmo perdido. Ensayos va a haber de todos los estilos, en diversas circunstancias, con más o menos sobresaltos. Ojalá tengan éxito.

¿Qué dirán los libros de historia dentro de unas décadas sobre las generaciones covid-19? Seguro que comentan cuestiones sanitarias -como golpeó más o menos a distintos tramos de edad-, acaso el crac económico -feroz como siempre con los más vulnerables-, ¿pero se acordarán de la rémora educativa y cultural que la pandemia dejó por todo el mundo? Porque los principales lastimados educativos han sido niños, jóvenes y universitarios pero los destrozos han llegado a gentes de todas las edades. Cualquier persona, en cualquier país, habría imaginado un porvenir diferente, había ido construyendo sus capacidades y vio como sus referencias y deseos se vinieron abajo; todo lo cual forma parte también de la educación individual y colectiva, de jóvenes o mayores. Esperemos que los libros hablen también de que la recuperación de todo, incluidos los ánimos, no llevó demasiado tiempo.

La covid-19 aumenta la malnutrición

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Finales de julio de 2020. A pesar de los avances tecnológicos en la producción de alimentos y el multicomercio para la distribución, la alimentación y la nutrición de una buena parte de las personas se ha convertido en un grave problema social, aunque en la privilegiada Europa no se haga visible en la calle. En mayo de este año 2020 se publicó el Informe de la Nutrición Mundial. Medidas en materia de equidad para poner fin a la malnutrición en el que se constata que la alimentación humana sigue siendo un desafío mundial, de apremiante abordaje. Lo es que una de cada nueve personas padezca hambre, que un tercio de las personas tenga sobrepeso u obesidad, que cada vez más países deben enfrentarse a la contradictoria sobrecarga de que la desnutrición de muchas personas coexiste con el sobrepeso, la obesidad y varias enfermedades no transmisibles relacionadas con la dieta (ENT) en otras. El informe lamenta que la reversión de esta situación sea demasiado lenta, que corra el riesgo de no producirse. De hecho, ningún país de los 195 testados por los investigadores del informe ha diseñado las acciones para cumplir los diez objetivos de nutrición mundiales para 2025 y solo 8 están bien posicionados para conseguir cuatro de ellos.

Mientras, la covid-19 se extiende por todo el mundo y daña demasiado a la seguridad alimentaria y la nutrición. Durante estos meses se hacen más visibles los trazos menos amables –amplificados por la vulnerabilidad de la vida humana y la fragilidad del sistema- de la elongada geometría social, marcadamente asimétrica y en donde asoman fronteras temporales y geográficas. 

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La escuela pospandémica incrementará las desigualdades

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Toca cerrar por unas semanas el escaparate de la ecoescuela abierta, que ha querido llevar a los domicilios de los escolares confinados, al profesorado, una parte de la naturaleza para hacerla perceptible en su relación con las personas: cometido social o asignatura escolar que todavía necesita bastantes empeños. Estos días de julio, muchas escuelas, a un lado y otro del Atlántico, retoman las vacaciones. Pero ahora todo resulta extraño; ni las pausas lectivas se miran como antes. La emergencia sanitaria nos ha roto los ritmos, además de otras muchas cosas. Lo ha hecho en España, pero qué decir de lo que sucede en México, Perú, Ecuador o Brasil por citar solo unos ejemplos de América Central y del Sur. Un recuerdo especial para las maestras y maestros de Chile.

En estos meses, los cierres han ocasionado graves prejuicios en todo el mundo, más todavía en los países de ingresos medios como es el caso de una buena parte de Latinoamérica. El retroceso que conllevarán estos cierres va a ser tremendo. El último informe GEM (Global Education Monitoring) de Unesco pronostica que las ayudas a la educación mundial, que habían alcanzado buenos valores en 2018, van a sufrir un descenso por la COVID-19 cercano al 12 %, lo cual deja inermes a muchos escolares de países con evidentes dificultades educativas. Además, en territorios en los que las desigualdades en ingresos familiares ya alcanzaban valores graves, el virus no ha hecho sino flagelar todavía más a los desfavorecidos, acaso provocarles cicatrices permanentes. Estas heridas serán pésimas acompañantes para retomar los impulsos educativos cuando las circunstancias los permitan.

Cuando la emergencia de salud disminuya habrá que renovar la educación colectiva y particular; hacerla más reflexiva. En este proceso, cabría preguntarse si la monotonía escolar dificulta su comprensión organizativa, si no se interioriza la dimensión de la escuela como institución, con sus virtudes y sus defectos. Nos tememos que tampoco queda manifiesto, aquí y en América Latina, ese cometido ecosocial dirigido a ayudar a entender la vida cotidiana y el mundo, circundante o no, en temas como el cambio climático o la pobreza e igualdad de oportunidades, por ejemplo.

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Desplazados climáticos: la cara amarga de un mundo estúpido

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Cada poco tiempo los medios de comunicación se hacen eco de grandes proclamas sobre la necesidad de una acción mundial ante la emergencia climática. Los buenos deseos enseguida se desvanecen, tanto del escaparate mediático como de la acción mundial; o no se ven resultados. Esto puede ser debido a que es asunto es difícil, o directamente, a que una parte de la gente que compone el mundo, al menos buena parte de ella, es estúpida; así, sin paliativos. Porque saber que algo te va a ir mal y no hacer nada por cambiarlo es difícilmente entendible para cualquiera que lo observe desde fuera.

Pero todavía estamos a tiempo de limitar ciertos desperfectos. Debemos actuar aunque solamente fuera por los graves efectos que va a ocasionar en amplias zonas del planeta, provocando enormes desplazamientos de  gente, sin rumbo, malqueridas allá dónde lleguen. Para entender esto se puede visitar la página elaborada por UNHCR/ACNUR y El País Desplazados climáticos: pobres, cuantiosos e invisibles. Poco podemos añadir a lo que allí se dice pero vamos a subrayar unas cuantas claves: la degradación mundial desatada no consigue que la comunidad haga lo necesario por evitarla, los efectos de las catástrofes medioambientales -1.900 en 2019 provocadas por los cambios climáticos y sus efectos principalmente- serán universales –afectaron a 140 países- pero originarán emergencias graves en ciertos lugares –India, Filipinas, Bangla Desh, China, Estados Unidos, y muchos más- provocarán enormes desplazamientos de personas internos -24,9 millones en 2019- y externos. Mientras, los gobernantes de esos países -que se encuentran en la vanguardia del mundo estúpido- , no solo ellos, siguen en sus cosas, sin importarles mucho su gente. ¡Qué decir entonces de su atención al medio ambiente global, y del ejemplo que transmiten a la ciudadanía! Sigan mirando en la página y definan su posición ante el tema.

Si la pobreza es estructural todo se desvanece

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Con sinceridad, a quien esto escribe no le apetecía comenzar un artículo diciendo que el 26% de la población de España se encuentra en riesgo de exclusión, que el sistema de asistencia social –que creíamos bueno hasta hace poco- está resquebrajado y que los sucesivos poderes públicos no han hecho ni medio bien la tarea correctora de desigualdades. Les han fallado a quienes más necesidades tienen, a pesar de que les vendían lo contrario. Hay que decir enseguida que esta afirmaciones no son propias, están tomadas casi de forma textual de Philip Alston, que ejerció desde 2014 hasta hace unos meses como relator especial sobre pobreza y derechos humanos de Naciones Unidas. Las escribió tras visitar España.

Todo lo anterior y muchas más tesis preocupantes figuran en el Informe del Relator Especial sobre la extrema pobreza y los derechos humanos, que estuvo de visita por las CC AA de Madrid, Galicia, el País Vasco, Extremadura, Andalucía y Cataluña, antes de que nos golpeara estrepitosamente la pandemia. Algunos dirán que poco pudo enterarse en apenas 12 días, que se dejó mucho territorio sin visitar. De cualquier manera, habrá que reconocer que si lo que dice se acerca al estado general de las cosas el asunto es extremadamente grave. Porque el informe también subraya que más de la mitad de los españoles llega con dificultades a fin de mes para solventar sus penurias económicas y vivenciales; un 5,4 sufre pobreza material severa. El futuro se ensombrece con otras conclusiones: se dan altas tasas de desempleo, asunto que se ha cronificado especialmente en los más jóvenes; el acceso a la vivienda para una buena parte de la población tiene dificultades de enormes proporciones; los programas de protección social son insuficientes para las crecientes necesidades; el sistema educativo es enormemente segregador y sigue manteniendo sus rémoras anacrónicas; casi el 30% de la población infantil se encontraba en 2018 en riesgo de pobreza o exclusión social; las políticas tributarias y de gasto continúan favoreciendo a las clases acomodadas. En fin, todo esto en el contexto de una burocracia que no se simplifica para mejorar el bienestar de las personas.

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Una educación de calidad tras la pandemia

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Ya nada será como nunca. Pero queremos repetir aquello de que la educación de calidad adorna la vida de esperanza, de compromiso, de universalidad y de futuro. Cualquier reflexión educativa se estructura en torno a la valoración del acceso universal a la educación, la equidad, las variables referidas al aprendizaje en sí, la calidad de la educación apoyada también en la formación inicial y permanente del profesorado. Asuntos todos sobre los que hay que trabajar mucho en este momento, cuando la educación formal ha sufrido tanto.

Toca hablar de financiación; máxime ahora cuando los dineros destinados a hacer frente a la pandemia en todo el mundo dejan en incógnita las necesarias inversiones educativas. Cuando volvamos a las aulas hay que examinar si la educación de cualquier país –lo centramos en España y América porque desde allí se visita este blog- dispone de recursos económicos, traducidos en programas y profesorado. El comienzo del informe nos avisa de lo que viene detrás: “Uno de cada cuatro países no cumple ninguno de los principales objetivos de referencia sobre financiación para los gobiernos esbozados en el Marco de Acción de Educación 2030”. Dice la UNESCO que para empezar medianamente bien hay que dedicar al menos el 4 % del PIB a la educación. Claro que es difícil hacer lo que Suecia (7,7 %), Dinamarca (7,6) o Islandia (7,5) pero ahí tenemos a Costa Rica y Belice (7,4) y Bolivia (7,1).

La pandemia debe hacernos cambiar aquellos contenidos estáticos de los que tanto hablamos normalmente en las aulas para acoger acontecimientos de alcance social, propios de una ecoescuela abierta, como puede ser otra de las contundencias del informe: “Las ambiciosas metas en materia de educación no se alcanzarán a tiempo sin recursos adicionales, especialmente en los países más rezagados”. Tomemos nota: de los aproximadamente 5 billones de USD que se destinan a educación al año en el mundo, solamente el 0,5 % se emplea en los países de ingresos más bajos mientras que más del 65 % se dedica a la educación de los de ingresos más altos. Esto se llama injusticia global, es un motivo más para que aumente la explotación de los débiles en muchos países, para anular sus ilusiones colectivas, para que la emigración multidireccional se convierta en una espoleta social. Por eso, solo estos datos nos deben empujar a hacer las cosas de otra forma. Ahí vamos.

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La covid-19 nos hunde en la turbación socioambiental

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No resulta exagerado decir hoy que casi todo que afecta a nuestra vida está en paréntesis, que cualquiera de las relaciones sociales es una incógnita marcada por las incertidumbres. Si esto es realmente así, habrá que aprender a saber campearlas; acaso componiendo nuevas estrategias vivenciales. Se comenta que fue Confucio quien alertaba de que para aprender lo primero que hay que hacer es reflexionar; a la vez, o después, convendría fijarnos en el espejo de los demás; incluso habiendo pensado las cosas adecuadamente, no debe faltar la experiencia. Pero ni siquiera eso asegura la protección ante lo que se nos viene encima.

Todo esto sucede cuando las actuaciones para aplanar la virulencia del coronavirus en la salud se enfrentan a una batalla contra el tiempo. ¡Vaya encomienda que se presenta al sistema, a la gobernanza y a la ciencia! Hay que hacerlo bien y rápidamente, extremos que la mayoría de las veces restan bastante eficacia a cualquier transformación social, o de mejora colectiva como puede ser encontrar la tan anhelada vacuna. Un proyecto colectivo de tal envergadura requiere una medida previsión, una planificación exquisita, la colaboración multisectorial y una pausada ejecución.

En este escenario complejo, el mundo mantiene pendiente el reto socioambiental en forma de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible). Tampoco tienen solución rápida ni universal y sin embargo urge extenderlos a mucha gente; no muy tarde para no dejar demasiadas personas atrás. Seguro que si los ODS se pudieran expresar -en particular el núm. 3 que postula una salud y bienestar universal- maldecirían a la covid-19. Ha sumido al mundo en una emergencia imprevista, que no respeta fronteras ni ideologías, de complicada gestión tanto a escala próxima como lejana.

Cunde la impresión de que la atención prioritaria a la covid-19 va a arrinconar a los ODS en todo el mundo. Lo asegura Naciones Unidas en su informe Responsabilidad compartida, solidaridad global: una respuesta a los impactos socioeconómicos de la COVID-19

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La movilidad como símbolo de libertad ilustra el despiste vital

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Ya hemos hablado de esto otras veces: ¿De qué forma se contraponen el ejercicio de la libertad personal con los efectos éticos, sociales o ambientales de cada una de nuestras acciones? Si difícil era la respuesta a esta pregunta enrevesada hace medio año, ahora casi habría que hacer un ejercicio de pensamiento elevado en un cónclave. ¡Vaya despiste en el que estamos metidos! Por ejemplo, imaginemos una situación cotidiana en nuestras ciudades: movilidad y consecuencias ambientales y en la salud. Antes, ya nos resultaría complejo decantarnos por una postura drástica. En estos días casi es eso lo que menos nos preocupa si pensamos en el concepto movilidad, la queremos toda pues de lo contrario no nos sentimos libres. Esto a pesar de que el asunto no deja de ser serio, como lo demuestran los frecuentes atascos que han vuelto a repetirse en salidas y entradas a grandes ciudades cuando nos han dejado pasar a «la extraña normalidad». ¡Esto a pesar del riesgo de volver a extender la pandemia!

Para analizar lo que hacemos nosotros y los otros hemos de utilizar algo de crítica, compromiso, deseos, derechos y deberes, o lo que mejor vaya. Casi nunca se encuentran resultados duraderos, lo de ahora no me vale después, lo de aquí no sirve allá, etc. Algunas personas sí tienen las cosas claras, o al menos eso demuestran; se mueven por donde quieren poniendo en riesgo la salud de los demás. Las tenemos a nuestro lado o lejos -gobernando grandes países en donde la libertad de unos lastima la salud de otros hasta costarles la vida; no es necesario citarlos-. Hagamos el ejercicio de preguntar a la gente que vive o trabaja con nosotros, lo más probable es que no se encuentren mayorías estables. Aquí va una secuencia de ABC news aunque sea de hace más tres años. Aunque parezca exagerada la imagen, sirve para rescatar uno de los vectores/modelos de la insólita normalidad. Hay quien dice que no piensa comportarse de forma sostenible y saludable ante contaminaciones y pandemias. Otros, tal como están las cosas, acuden en masa a celebraciones deportivas o lugares de ocio sin prevenciones ni protecciones mínimas. El despiste vital no parece normal, a pesar de que se haya viralizado. ¿Es eso libertad?

La sostenibilidad ecosocial no deja de ser un bonito postulado en espera

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Hasta ahora, las medidas que toman los gobiernos, las que adoptan los circuitos comerciales o aquellas que hacen suyas una mayoría de la ciudadanía resultan mínimas en relación con las necesidades del sistema convivencial, social y con el planeta. Un ejemplo lo tenemos en el posicionamiento frente al cambio climático: cuatro carriles bici, la quimera del coche eléctrico sin recargas ni recambios de baterías, y una reorientación del mix energético basado en la proliferación de la eólica. Nada se dice de consumir menos energía y adoptar medidas colectivas de mitigación del cambio climático. 

Todo esto a pesar de que los científicos, miles de ellos, llevan años avisando de que el cambio de rumbo debe ser radical, de que es ineludible verificar si continuando con el estilo de vida actual no se lastima a mucha gente, al medioambiente; si todo ello de deja de ser un obstáculo para detener lo que se nos viene encima. La crisis pandémica nos obliga a una transformación brutal, a la cual nos resistimos. La ciencia nos dice que hay que cambiar el (des)orden global, que todavía se puede aprovechar la plasticidad existencial de la que la sociedad ha hecho gala en otros tiempos.

Pocos responsables políticos están convencidos de revolver la dinámica consumista, de concertar los instrumentos adecuados para que la ciudadanía los acompañe en el diseño de otro ritmo de vida, a pesar de lo que dicen alguna vez o de lo bonito que queda el Pacto Verde Europeo. Mientras tanto, el tiempo pasa, esperando que llegue el año 2030, aquel en el que se suponía que todo iba a cambiar. A él miraban los grupos sociales más vulnerables, hasta el medioambiente empezaba a creérselo. Será verdad que no sabemos ser modernos, híbridos sociales y planetarios, como manifiesta Bruno Latour cuando afirma que «No se trata ya de retomar o de modificar un sistema de producción, sino de salir de la producción como principio único de relación con el mundo».