Educación

Hasta la ley quiere reducir el cambio climático

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Mal que nos pese, el cambio climático es todavía un espacio social sin alerta contundente, a pesar de sus riesgos, algunos muy graves y de difícil gestión. Debe abordarse con un gran compromiso social. En España se acaba de aprobar una Ley de Cambio Climático y Transición Energética. Se trata de poner en marcha transformaciones que hagan más racional la movilidad, la generación energética y su consumo o la industria turística; entre otras muchas cosas.

Si la ley fuese perfecta, si en su desarrollo se implicasen todas las fuerzas sociales, las administraciones y la ciudadanía, nos acercaría a esa utopía que quiere detener buena parte de las afecciones del cambio climático en todo el mundo. Gente de ciencia, ONGs y cada vez más entidades públicas y privadas son conscientes de que su aspiración nunca debe parecer inalcanzable, por más que ahora mismo sean visibles múltiples transgresiones que la dificultan demasiado.

Pero toda ley tiene tramitaciones que la despojan de parte de su ser. Se cuenta que al final las leyes se convierten en el máximo posible o en el mínimo común. De ahí que no lleguen a la ciudadanía las mejoras buscadas. Si lo hiciese es posible que se entendiesen los protocolos del camino a recorrer, para acelerar el paso si se intuye que la resolución de la crisis climática se ve cada vez más lejos, para demandar cambios a los poderes públicos y comerciales.

Los medios de comunicación no se han ocupado del tema, con escasas excepciones. En general han estado más pendientes de los argumentos de laboratorio mesiánico de algunos negacionistas exhibidos en los diferentes ámbitos legislativos, de partido y mediáticos.

Desde diversas instancias se ha criticado la escasa ambición de la ley, que le falta velocidad en sus fases y deseos más contundentes, que no lleva pareja una educación ambiental que sostenga a los gestores y anime a la ciudadanía. Aún así, habrá un antes y un después a partir de esta Ley, por más que su andadura no sea fácil. Por lo tanto, gracias a quienes han luchado por sacarla adelante. Apetece imaginarse, a pesar de sus imperfecciones, que la mayoría de los países del mundo tuviesen algo similar.

Pero para salir de esta situación de crisis climática se necesita algo más que una ley, hay que convertir la lucha contra el cambio climático en una especie de utopía que suponga la modificación del estilo de vida. Costará, sí, tampoco será fácil, pero no hay otra opción de futuro.

Leer artículo completo en el blog La Cima 2030 de 20minutos.es.

La escuela olvidada, versión Latinoamérica y el Caribe

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Mientras aquí por Europa docentes, alumnado y familia esperan las vacaciones de Semana Santa, en otros sitios quieren volver a la escuela. Pronunciar escuela es abrir una puerta a la esperanza en Latinoamérica y el Caribe. Cerrar una escuela es limitar una parte importante de la vida, acaso negar un recorrido básico para millones de niñas y niños; siempre los más desfavorecidos. Algunos países latinoamericanos y del Caribe llevan un año con sus escuelas cerradas. Cabe pensar en las graves repercusiones que eso tendrá en sus vidas, en países en donde la desigualdad y la vulnerabilidad acamparon hace tiempo.

¿No les podríamos ayudar un poco desde los países ricos? Parece que no porque merman la ayudas desde buena parte de los ayuntamientos y gobiernos autonómicos (incentivados por el partido de los localistas excluyentes- y el Gobierno de España tampoco anda muy listo en eso de la Ayuda al Desarrollo de los que menos tienen. 

No se pierdan la entrada de Planeta Futuro «Un año sin pisar mi escuela» es como un espejo donde deberían mirarse quienes no ven más allá de sus fronteras. ¡Qué todavía no se convencen! Revisen lo que dice el Banco Mundial sobre el asunto de la desigualdad en educación.

 

El Índice de desperdicio alimentario engorda. ¿Cómo lo novelaría Auster?

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Sonroja conocer que el 17% de los alimentos acaban en la basura. Duele saber que el dato viene referido a los hogares (61%), los servicios de servicios de alimentación como restaurantes (en torno al 26%) y el pequeño comercio (13%). Ese porcentaje se traduce en unos 74 kg de derroche anual en cada hogar. Supone unos 931 millones de comida desperdiciada en todo el mundo, y no solo en los países ricos sino también en megaciudades símbolo de las desigualdades. Todo esto viene en el informe del Índice de desperdicio alimentario elaborado por analistas del Pnuma (Programa de las Naciones Unidad para el Medio ambiente) y de la ONG británica WRAP. A la vez, o por eso mismo, millones de personas pasan hambre y padecen inseguridad alimentaria, según la FAO. Sin tapujos: la sociedad tiene una seria necesidad de aprendizaje vital, de reescribir sus idearios; la mayor parte de los gobernantes y los mandamases de las empresas deberían dimitir ya, o reciclarse con convicción y compromiso. La situación ética es preocupante: a mucho se le da el valor de casi nada, con lo que cuesta todo.

Hace más de 30 años, Paul Auster publicaba El país de las últimas cosas. Un libro enigmático, para algunos apocalíptico y distópico, que habla de sobre un universo social sórdido, degradado y con niveles de violencia y miseria extremos. En la ciudad descrita, no queda casi nada de lo anterior, pero a la vez que lo sórdido campea, por otro lado poco se desecha sin más. De una forma u otra se buscan aplicaciones para dar segundas y terceras vidas a cosas que antes se desterraban en forma de basura. El desperdicio convive con la entropía y el ingenio. Hay gente, organizada en patrullas, que recoge por la noche los desperdicios de todo tipo; son los «fecalistas». 

Ahora mismo, en nuestras ciudades, mucha gente rebusca en los contenedores algo de valor, que dejó de tenerlo para otras personas. La pandemia ha trastocado la cesta de los alimentos en muchas familias; nada queda en sus despensas y por eso acuden a centros de ayuda. Y mientras tanto el desperdicio alimentario engorda. ¿Qué enfoque le daría Auster a la novela si el escenario fuese el año 2020? Nos gustaría pensar que los protagonistas habían aprendido a reducir a la mitad el desperdicio mundial de alimentos per cápita a nivel de los minoristas y los consumidores, así como a reducir al mínimo las pérdidas a lo largo de las cadenas de producción y suministro. Es la meta 12.3 de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible).

Leer el artículo completo «Entre el desperdicio alimentario y los fecalistas de Paul Auster» en La Cima 2030, de 20minutos.es.

 

Un día de consumo sostenible, mejor toda la semana. Y si es la vida…

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Y se me apuran muchos días, porque todos es imposible. Vivimos rodeados de trampas consumistas, entrampados con consumos más o menos deseados, muchos son de otros pero el espíritu es débil y caemos en la trampa. Quienes no consumen sin parar parecen asociales.

Algunos no somos muy entusiasta de los días de…, porque en cierta manera se convierten en un fraude afectivo. Sirve para esos días ser mejores, o comportarnos más razonablemente, y lavarnos un poco la envoltura de la conciencia. Hoy mismo todas las empresas que nos venden y los gobiernos que dictan leyes dirán que su intención básica es la protección de los consumidores. 

Pero no, esos días también son importantes pues las organizaciones de consumidores, nuestra conciencia colectiva, no repasan cariñosamente lo que no hacemos bien y podemos mejorar, nos alertan para que no nos dejemos engañar. La OCU nos anima hoy a unirnos al consumo sostenible, esa esperanza global difícil de gestionar. Hoy, realmente, es el día de los derechos de los consumidores-as. Parece ser que la pandemia ha cambiado tanto el consumo que habrá que reflexionar sobre el asunto. Especialmente este año en el uso de los plásticos.

Lo dicho, no se olviden de los derechos. ¡Hay tanto que conquistar todavía! Ah, y no se consuma consumiendo. No sea como esa gente que se siente más atraída por comprar que por dedicar atención y uso a aquello que compra.

Como pregonaba un eslogan publicitario de una valla desconchada de un pueblecito de un querido país centroamericano: Con-sumo j(g)usto.

 

Grietas educativas de género por el cierre escolar pandémico

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En muchos países, las niñas, adolescentes y mujeres padecen el castigo de no tener las mismas posibilidades educativas que los varones. Esta lacra conduce a despreciar las capacidades de la mitad al menos de la población. Cualquier país que quiera prosperar, si quiera económicamente, debería tenerlo en cuenta. Pero las mujeres capacitadas no solo contribuyen a la economía, mueven muchas más cosas, entre ellas el entramado social. En demasiados países, son educadas en un seno familiar sometido a coercitivos corsés tradicionales, acaso una sociedad no exenta de ideologías retrógradas; todo va en contra del sentido más universal que tiene la educación reglada. Si además el país dispone o dedica escasos recursos a la educación se provocan heridas y grietas sociales que las golpean especialmente, que serán difíciles de taponar. 

El Blog de la Educación Mundial recogía ayer, 8 de marzo, que se están produciendo nuevas brechas de género como consecuencia del cierre de las escuelas. Transcurrido una año desde la irrupción de la COVID-19 tofavía 990 millones de estudiantes están afectados por el cierre escolar. Copiamos textualmente y que cada cual interpreta: UNESCO estimó que a finales de enero, en promedio, las escuelas habían estado cerradas o parcialmente cerradas durante 5,5 meses (22 semanas). A medida que los niños se quedan en casa para aprender a distancia, una cosa queda clara: el impacto no solo de las responsabilidades domésticas, sino también de las responsabilidades adicionales de la educación en casa, ha recaído en las mujeres más que en los hombres. La igualdad de género está amenazada, las grietas que laceran a ellas y las que las separan de las facilidades de los hombres no hacen sino crecer.

Unicef se pregunta, las niñas se cuestionan, si abrir o no las escuelas. Hace falta una mirada de mujer desde aquí para entender las penurias a las que deben enfrentarse muchas niñas y mujeres un poco o mucho más lejos en el espacio, pero tan próximas cuando se analiza su vulnerabilidad. 

Bíoarte en la museística naturaleza que está siempre abierta

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La naturaleza es algo así como museo sin estanterías ni cartelas, pues cada cual la interpreta a su manera. Ese escenario es cambiante, inabarcable, multiforme, con infinidad de estilos que se complementan o compiten. La naturaleza es arte en donde reina lo bío, ese distintivo que ha ganado presencia en la vida cotidiana. Todo lo que lo porta delante o detrás se asimila a lo natural, al menos esa es la señal que queda en nuestras relaciones sociales, a veces alejadas de la naturaleza que alumbró lo bío. Sin embargo, la asociación surge enseguida: si es natural será bueno, o saludable. Bío viene muchas veces pegado a los productos de consumo. Las marcas comerciales lo saben y lo explotan a su conveniencia; solamente hace falta girar una visita al supermercado para comprobarlo.

Pero aquí queremos verlo en su faceta de belleza, diseminada sin prejuicios ni tasa por toda la museística naturaleza, donde las salas no tienen paredes. Nos vamos a apoyar en un artículo de Francesc Miró que se publicó en elDiario.es en julio de 2017. Comenzaba con una explicación de una imaginada conversación de Voltaire con la naturaleza, de la que le asombraba que fuese tan bruta creando montañas y mares, pero a la vez tan minuciosa y detallada dando vida a animales y plantas. A semejante pregunta, la naturaleza contestaba: «¿Quieres que te diga la verdad? Me han dado un nombre impropio; me llaman Naturaleza, y soy toda arte». Aquí estamos y a eso vamos. Por todo esto y más escribimos un artículo sobre el bíoarte en el blog Ecoescuela abierta de El Diario de la Educación, para que los pasajes de bíoarte iluminen tanto la vida como algún proyecto educativo que explore la relación entre ambas ideas, aquí unidas pero siempre mutantes.

Todos a la escuela del etiquetado energético, y de la eficiencia

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El pasado 1 de marzo entró en vigor el nuevo etiquetado energético de la UE para aparatos electrodomésticos (frigoríficos y congeladores, aparatos refrigeradores para bebidas o vino, lavadoras y secadoras, lavavajillas, las  pantallas electrónicas (monitores, televisiones..). Además se contempla para las fuentes de iluminación (lámparas), pero en este caso a partir del 1 de septiembre. Otra cosa, desparecen todos los pluses (+) que llevaba la A y sigue la nomenclatura hasta la G, que serían los aparatos menos eficientes. Pero a pesar de entrar en vigor la normativa, se seguirán vendiendo los electrodomésticos más o menos derrochadores de energía hasta final de año. Imaginamos que a partir de ahora los comercios emprenderán una campaña educativa (sic) además de un esfuerzo especial por «colocar» a los consumidores todas las existencias. El etiquetado incorpora otras novedades, además del código QR que permitirá conocer más información y normativa de la UE.

Entre los electrodomésticos más usados están el frigorífico y la lavadora. Los hay, según marcas y modelos, más o menos eficientes. Además de la etiqueta energética, que se debe adherir en lugar bien visible para recordarnos que somo consumidores energéticos, deberían portar sencillos manuales de instrucciones y no los tochos en diversos idiomas que traen. A la vez, los consumidores deberíamos ser más exigentes, también con nosotros mismos. Dar un buen uso a los aparatos electrodoméstico exige acudir a varias sesiones en la escuela ecológica, o comprometernos a una autoformación exigente. Porque recordemos que en el aparato electrodoméstico que gasta energía en su fabricación y distribución, pero el porcentaje es mínimo si lo comparamos con su uso. Así pues, no nos sintamos eficientes solamente por comprar el producto con la mejor etiqueta.

Por cierto, en el nuevo etiquetado han dejado libre la A, esperando que los fabricantes se esmeren en reducir sus consumos. Se me olvidaba, el próximo 5 de marzo ha sido declarado Día Mundial de la Eficiencia Energética. Quizás se pueda concretar algo sobre eficiencia conectándose a esta página del IDAE (Instituto para la Diversificación y Ahorro de Energía).

La marca España destaca en las infracciones ambientales de la UE

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Los expedientes a países por infracciones ambientales en la UE oscilan entre los 481 del año 2008 y los 284 de 2016; el año pasado 451. La mayoría de las infracciones tienen relación con la gestión de residuos (un 36%), aunque también la calidad del aire (16%), las agresiones a la naturaleza (14%) o la calidad de las aguas (14%). En este asunto, España ya está pagando una multa por el deficiente tratamiento de la depuración de las aguas residuales de las grandes urbes. Ya recibió un ultimátum, que a este paso se convertirá en denuncia,  por la contaminación de aguas superficiales y subterráneas por los restos de la agricultura y la ganadería intensiva. Ahora se ha sumado el asunto de la caza de la tórtola europea.

El año pasado por estas fechas, Rtve publicaba un reportaje sobre estos descuidos, dejaciones graves más bien, en el que situaba a España en segundo lugar, vamos a peor. No se pierdan la fuerza expresiva de la foto en donde las garzas comen la mierda de las aguas residuales y todo lo que en el reportaje se cuenta. 

Visto como van las cosas, los 30 expedientes que colocan a España en primer lugar de la UE por infracciones ambientales, aumentarán. A nuestro pesar y el de mucha gente que desearíamos que España tuviesen un distintivo ambiental fuerte, los planes por riesgo de inundación están empantanados, el asunto de la costa enladrillada está esperando la llegada de otro temporal, ¡qué decir de la gestión de residuos! Como la tramitación de la UE es tan lenta puede que alguno de estos asuntos haya mejorado en el año 2030, o no. Mientras esto suceda, las diferentes administraciones (Gobierno, CC.AA., ayuntamientos) agotarán las etiquetas de verde que llevan prendidas en sus estandartes. La mayor parte de la ciudadanía calla, no sabemos si porque quien calla otorga o por otras razones. Las ambientalizaciones empresariales se cuentan con cuentagotas: más lavados de cara que apuestas firmes por evitar el deterioro ambiental. Y eso en cada lugar hay gente bien intencionada, que desea transiciones ecológicas verdaderas. En fin, esto es lo que hay: marca España. 

 

La pandemia reduce aún más el gasto educativo en los países pobres

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El recorte presupuestario dedicado a educación va en contra de los nuevos retos que ha traído la pandemia por la COVID-19, especialmente en los países más pobres. Duele conocer que dos tercios de los países de ingresos bajos y medios-bajos lo han hecho ya. Esto sucede a pesar de las crecientes necesidades de financiación adicionales. Por contra, apenas un tercio de los países de ingresos medios-altos y altos han reducido sus presupuestos, por ahora. Existe el temor de que aumenten los descuidados educativos pues se espera que la pandemia siga degradando la economía, que la situación fiscal empeore. Y ya se sabe, cuando hay que recortar la tijera se emplea especialmente en aquellos ámbitos que no elaboran un producto visible, competitivo en la economía global.

Esas tendencias diferenciadas entre los países de ingresos bajos y altos, no hacen sino aumentar las desigualdades. Todo esto lo asegura Education Finance Watch(EFW), un informe que han elaborado conjuntamente el Banco Mundial y la UNESCO. Allí se recoge que el año anterior a la pandemia los países de ingresos altos dedicaban anualmente unos 8.500 dólares en la educación de cada niño o joven, mientras que en los países de ingresos bajos no llegaban a 50 dólares. ¿Dónde se esconden los derechos humanos y la justicia universal que permiten semejante desatino?

Es más, si bien el acceso a la educación había mejorado en los últimos diez años, la tasa de pobreza de aprendizaje –la proporción de niños de 10 años incapaces de leer un texto corto y apropiado para su edad– era del 53% en los países de ingresos bajos y medios antes de la COVID-19, en comparación con solo el 9% en los países de ingresos altos. Es altamente probable que el cierre de escuelas por la pandemia aumente esta proporción del 53% hasta un 63%.» Copiamos textualmente de la nota de prensa que habla del EFW en el blog de la Educación Mundial.

Todo lo anterior es una muestra más de las desigualdades, inequidades, injusticia educativa y social, etc., con las que van a vivir las generaciones jóvenes después de que se logre rebajar todo este cúmulo de golpes a la salud, la economía y la sociedad. Está por ver cómo aumentará la tasa de pobreza de aprendizaje después de tantos cierres escolares, incluso en los países de ingresos medios o altos.

¡Cómo se puede consentir semejante desatino! Algo se podrá hacer para reducir las diferencias. El peor estadio social es la indiferencia, venga de donde venga. Hay un camino por recorrer que se llama Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Hay que avanzar más rápido hacia ellos, a pesar de las dificultades. De lo contrario…

El desarrollo humano es un compendio de incertezas y desigualdades

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Hasta hace unos años, el PIB nos decía si un país era rico o pobre, no hablaba de las personas. Ya está desfasado, aunque en términos económicos siga teniendo su tirón. Ahora le ha restado protagonismo el IDH (Índice de Desarrollo Humano) porque habla de personas (acceso a la educación, desigualdad, género, pobreza multidimensional, etc.) más que de dineros, productos elaborados y vendidos y esas cosas. Nos da una foto más nítida de los países y así podemos comparar los niveles de bienestar. En el último IDH conocido, referido a 2019, Noruega, Irlanda, Suiza, Islandia, Alemania, Suecia, Australia, Países Bajos, Dinamarca y Finlandia ocupan las diez primeras posiciones; España se encuentra en el lugar vigésimo cuarto.

Pero la lectura de los datos no puede ser unidireccional: si hay países que lo tienen mejor, en conjunto y sus habitantes, es a costa del planeta en su conjunto y del resto de las personas de otros países y de los seres vivos. Noruega  cae 15 posiciones en la lista si se incluye la presión que ocasiona al planeta por sus emisiones de dióxido de carbono y la huella ecológica de su elevado consumo, que por supuesto no se queda encerrada en su territorio. Otro tanto se podría decir de Islandia, la cuarta en la lista, que retrocede 25 lugares o Australia, que interconectada con el mundo occidental y formando parte de él pero situada en la antípodas, retrocedería más de 70 puestos.

Resulta que los nórdicos europeos, como el resto de los países ricos, son igualmente depredadores de un planeta que no es propiedad de nadie. Por todo esto, ¡más justicia universal ya!, para que el IDH refleje menos diferencias. Se decía que “el desarrollo desarrolla la desigualdad”, quién sabe si el argumento camina colgado de índices como el PIB, los del banco Mundial o la OCDE, e incluso el IDH 2019. ¡Es hora de cambiar el modelo de crecimiento, desarrollo, vida personal y en común! La pandemia nos lo ha demostrado claramente.

Leer artículo completo en La Cima 2030 de 20minutos.es.

El plástico no se desplastifica, falla el sistema

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La afirmación viene de la presencia continuada que tiene el plástico en nuestras vidas, más ahora con la pandemia. Todo se ha plastificado para defendernos del agresivo virus y sus consecuencias. Diríamos que se ha revitalizado el papel del plástico. Según un estudio de Environmental Science & Technology, cada mes se emplean en el mundo unos 129.000 millones de mascarillas desechables y 65.000 millones de guantes. Cómo debe ser la odisea de manipular estos residuos es un hospital. Pero claro, la gestión de esos incrementados residuos plantea problemas para los que no estábamos preparados. Consumer y otras ONG han dado alerta y consejos sobre este asunto. También WWF con su campaña «Recoge el guante».

El consumo del plástico ilustra una de las paradojas de la vida: algo que nos causa beneficios puntuales, que nos protege incluso de virus, daña la casa donde vivimos, el medioambiente global. En problema viene porque, como denuncia Greenpeace una parte considerable de los residuos plásticos, ya mucho antes de la pandemia, escapa a su razonable gestión. Cifra en un 25% el total de lo recuperado en España procedente en envases, que son más del 10% de nuestros residuos. Cabe preguntarse que si los envases, que se ven y se usan para guardar algo necesario, escapan a la adecuada gestión, ¡qué pasará con el resto de los plásticos! El reto de desplastificar poco a poco nuestra vida sigue pendiente, cuando han pasado ya tantos años desde que se empezó a hablar del reciclaje. 

 

El sí de las niñas a la ciencia no puede esperar

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Sabemos que ya pasó su día dedicado, pero por eso queremos volver a decirlo: sí valen, disponen de valiosas capacidades, las necesitamos, a las mujeres en puestos de relevancia científica. Unas pocas han llegado, otras muchas, muy preparadas, se vieron obligadas a dejarlo porque el entramado social no se esfuerza en colocarlas donde merecen. El pasado día 11 se recordó en todo el mundo la aportación de las mujeres a la investigación científica, la necesidad de acercar a las niñas a ese campo de cultura e investigación. Dado el retraso que llevamos en ese cometido, urge darle un impulso general. Cuesta vencer los estereotipos, pero la ciencia es universal, no caben en ella desigualdades de género. Quienes lo duden que visiten en Youtube la cantidad de aportaciones que provocó ese día, muchas impulsadas por las universidades. Conocerlas todas nos llevaría varios días. Guardémonos una copia para revisarlas de vez en cuando y no olvidar el asunto.

No estaría de más que se leyese el artículo «La ciencia necesita a las mujeres (y los datos lo demuestran)« publicado en Ethic. Escuchemos lo que dijo Margarita Salas, enterémonos de algo sobre lo que trabajó, que ha tenido un alcance universal: eso del ADN y algo de proteínas. No siempre lo tuvo fácil, por el hecho de ser mujer. O disfrutemos del mensaje de Jane Goodall. Son sólo dos ejemplos. Además, quienes sean docentes o madres o padres de familia, pueden revisar con sus hijas e hijos la selección sobre mujeres y medio ambiente que ha realizado el Cdamaz (Centro de Documentación del Agua y Medio Ambiente del Ayuntamiento de Zaragoza). 

STOP: biodiversidad amenazada clama oportunidades

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Conocemos que el paso del tiempo ha cambiado innumerables veces la imagen global de biodiversidad; seguro que enseguida nos vienen a la memoria los dinosaurios y otras extinciones espectaculares. En cualquier momento y lugar se manifiesta, exhibe tanto su potencial como una belleza que complace los ojos, a la vez asoma una vulnerabilidad creciente. Lo bello, que es el acuerdo entre el contenido y la forma en palabras del dramaturgo noruego del XIX Henrik Ibsen, es frágil. No podemos resignarnos a perder lo bello o lo útil.

Pues bien, está en serio peligro. WWF, en su informe Planeta vivo 2020, alerta de la caída de un 68% en “21.000 poblaciones salvajes (de mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios) monitorizadas entre 1970 y 2016”. La FAO, con una mirada diferente, hacía hincapié en El estado de la biodiversidad para la alimentación y la agricultura en el mundo, en que se detectan “pruebas crecientes y preocupantes de que la biodiversidad que sustenta nuestros sistemas alimentarios está desapareciendo, lo que pone en grave peligro el futuro de nuestros alimentos y medios de subsistencia, nuestra salud y medio ambiente”. Ecologistas en Acción habla de que España fracasa en la meta para detener la pérdida, sobre las relaciones entre biodiversidad y cambio climático, de luces y sombras de la estrategia europea, de la enorme y creciente tasa de extinción de los insectos. Hay muchas más voces que claman por lanzar políticas que limiten las extinciones, para que el saber el estado real se convierta en oportunidad de actuar ya.

Por cierto, hablando de biodiversidad nunca debemos olvidar a Rachel Carson y su Primavera silenciosa, de cuya primera edición se van a cumplir pronto 60 años. Ella iluminó al ecologismo protector de la biodiversidad, entre otras cosas, para transitar desde las amenazas a las oportunidades.  Su luz todavía continúa encendida. En nuestra mano está la búsqueda de oportunidades, la manera de limitar las amenazas.

Leer artículo completo en La Cima 2030, un blog de 20minutos.es.

Resistir en las burbujas escolares

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No debe resultar sencilla la gestión diaria en un centro escolar, da lo mismo de enseñanza obligatoria que universitaria, y en las escuelas infantiles. Por allí conviven miedos con alertas varias, prevenciones con despreocupaciones. Cada día será diferente, por más que el entramado anti covid sea parecido. El fugaz tránsito por los lugares comunes se convierte en una experiencia laberíntica; salir de un sitio más o menos protegido para llegar a otro con similares características. Cuesta relajarse para disfrutar de lo que se hace, en este caso enseñar y aprender. El placer de ambas sensaciones tiene ahora armadura, no solamente en forma de mascarilla en las caras del profesorado y el alumnado. Todos conocemos el valor de una sonrisa en el cometido educativo.

Dicen que se van incrementando el número de aulas cerradas. Dicen, porque la información se gestiona de forma distinta según su emisor, tanto que los receptores apenas escuchan; desconfían. En unos sitios un simple caso es motivo para cerrar la escuela, en otros no se sabe nada. En unos centros todas las clases son presenciales en secundaria y bachillerato, en otros las familias presionan y el profesorado no encuentra un lugar físico para ubicar con garantías de seguridad al alumnado. Hay recomendaciones por ahí que aconsejan al alumnado no formar corrillos en los recreos, otras piden no apelotonarse en las universidades para acudir a los cuestionados exámenes. Pero cuidado cuando las cifras van para récord como recoge hoy mismo El Diario de la Educación

Todo esto es nuevo, y lo nuevo a la vez que previene asusta. En algunos países como Portugal cierran las aulas, a la espera de tiempos mejores o porque desconfían de que las burbujas escolares se rompan por la entrada de punzantes virus. Resistir es vencer, dijo alguien, pero cuesta tanto.

Mientras otros sectores sociales o laborales esgrimen sus afecciones y pérdidas y claman por soluciones varias, algunas contrarias a las normas sanitarias, el entramado educativo permanece silencioso, intentando aportar lo que mejor conoce: la profesionalidad en la tarea bien hecha. ¡Qué decir de las maestras y auxiliares que atienden en guarderías a niños y niñas de 0 a 3 años!

Sin duda la educación merece más atención social y parlamentaria, máxime si junto con las prevenciones llegan recursos suficientes y algunos afectos; y una continuada información veraz. Desde aquí no nos cansaremos de repetir nuestra gratitud al profesorado y al alumnado por implicarse en el mantenimiento de las burbujas, en la confección de paredes más sólidas en su idealizada estancia para laminar los contagios y evitar posibles fallecimientos de fuera de las aulas. Se merecen que la suerte acompañe.

El infinito de la Educación Ambiental

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La Educación Ambiental (EA) es muy variopinta en sus formas, a la vez enorme o diminuta en sus dimensiones, en sus afectos y emociones. No podría ser de otra manera pues educar sobre el medioambiente, del cual nunca se conocerán los límites, así lo requiere. La EA, tal que infinita, debe estar en todos lados; incluso estas dos ideas, extensión y dimensión cualitativa, no dejan de ser una analogía. Pero cuidado, no sea que tanto buscarla e intentar ampliarla se nos haga vaga, se vaya alejando de su sentido primero. ¿Cuál era? O por el contrario, a través de insistir en ella acopiemos energía de la gente con la que la buscamos; es nuestra gran pasión y como tal no tiene frontera. Acaso, en una mala copia socrática, podríamos decir que en cualquier dirección que la recorramos nunca encontraremos la terminal. El mero intento de cambiar las reglas del mundo, ¿no es eso lo que busca la EA?, es moverse hacia el infinito, máxime si se quiere impulsar mediante la educación.

Cada día que viene es nuevo, la EA debe reinterpretarse; siempre proceso inacabado. Eso es algo que algunas veces se nos olvida, máxime en nuestra cultura tan supeditada a objetivos cuantificables. ¡Ya está logrado!, pero no. A la vez, le concedemos el mayor valor que se pueda, se trata de vivirla; no puede tener una cantidad asignable de intenciones o logros. Como también son incontables las gentes que la buscan y los medios sobre los que transitan. ¡Qué difícil resulta dimensionar lo infinito! Nunca la EA, a nuestro pesar, podrá explicarlo todo, porque hay demasiadas cosas que escapan a la razón humana.

Tan grande es y tanto se extiende que en ocasiones la asimilamos a sostenibilidad, por eso de los ODS. También en este caso es permanente, sin fin; durable o sustentable como la caracterizan por tierras americanas. Por eso quedaría mal reducirla a un signo, ese ocho volteado que dicen que tiene relación con la religión o la alquimia. Es más bien una lemniscata abierta, la cinta que nunca se acaba. En cierta manera similar a la que nos regaló la escritora Irene Vallejo a propósito de los libros en El infinito en un junco, de quien somos deudores en la composición de esta entrada.

26 de enero, al menos un día para dar protagonismo a la Educación Ambiental, en un calendario de innumerables hojas.