Ecología

El aula de la naturaleza espera a los escolares descofinados, y a la gente que quiera aprender de ella

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Dicen que la naturaleza es libertad, por eso la gente la invadirá este verano buscando la suya tanto tiempo confinada. Hasta el sol hace lo que quiere allí pues cada día sale a una hora, minuto y segundos determinados, que no son iguales en todos los lugares, ni al norte o el sur, ni al este o al oeste. En realidad, en ese lugar tan inmenso nada está regulado por nadie; lo contrario que en nuestra vida de rígidos horarios, que en verano rompemos a conciencia. Son libertades sin escribir en una constitución pero condicionadas, pues cada uno de los seres vivos debe conocer los ritmos propios y los de los otros, que no son siempre los mismos ni van en idéntica dirección. De lo contrario, si se despistan, se exponen a no comer o ser comidos. J. J. Rousseau comparaba la naturaleza con un libro abierto que se nos muestra siempre presto para enseñar y del que debemos aprender.

La armonía de la naturaleza que tanto apreciamos es un poco inventada. No hagamos excesivo caso a lo del equilibrio ecológico; es una verdad débil porque nada está quieto permanentemente, ni siquiera tres minutos seguidos. El morir o vivir de tal o cual individuo tiene una importancia relativa. Es más terrible si una especie desaparece porque los individuos no supieron a adaptarse a los nuevos tiempos o climas. Muchos ya no están por la intervención humana, muy criticable. Por cierto, hay que buscar la armonía con la naturaleza, que significa no molestar demasiado a quienes por allí viven o transitan. Eso más o menos decía una resolución de la ONU de 2009 y que ha dado título a varios informes de este organismo internacional. De este asunto se habla todos los años el 22 de abril, coincidiendo con el Día de la Madre Tierra.

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La expectante conquista de la naturaleza en un verano atípico

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La naturaleza nos espera temblando. Este verano va a ser especial; vamos a salir de estampida al campo después de tantos días confinados. Puede que lleguemos a esos lugares tan deseados y encontremos lo que buscamos. Seguramente aparecerá algún personaje de los que hemos visto en los documentales que nos han entretenido estos días, o recordamos de experiencias pasadas. De entrada, saludémoslos con la mirada, esa que ayuda a entender la vida en libertad si se conecta con el pensamiento. No intentemos clasificarlos en buenos o malos, bonitos o feos, necesarios o no, simpáticos o molestos; también los hay ocultos, grandes y pequeños. A pesar de cualquier enumeración, las clasificaciones no existen allí, todo está mezclado en un complejo muestrario de vida y cosas, sin más. “La naturaleza nada guarda incompleto ni en vano”, vino a decir Aristóteles, a lo que añadiríamos que cuando no hay propósito de juzgar poco se puede echar en falta. Hay que mirar con el corazón alerta, pues de lo contrario nos perderemos muchos detalles, más todavía si no hemos desarrollado previamente el sentido de la observación o la escucha atenta, o se nos nubló después de estos meses de agobios varios. Allá donde vayamos, observemos a quien siempre nos llamaba aunque no pronunciase palabra; será por eso que Víctor Hugo se lamentaba de que la humanidad no escucha.

Dicen que la naturaleza es libertad, por eso la gente la invadirá este verano buscando la suya tanto tiempo confinada. Hasta el sol hace lo que quiere allí pues cada día sale a una hora, minuto y segundos determinados, que no son iguales en todos los lugares, ni al norte o el sur, ni al este o al oeste. En realidad, en ese lugar tan inmenso nada está regulado por nadie; lo contrario que en nuestra vida de rígidos horarios, que en verano rompemos a conciencia. Son libertades sin escribir en una constitución, pero condicionadas, pues cada uno de los seres vivos debe conocer los ritmos propios y los de los otros, que no son siempre los mismos ni van en idéntica dirección. De lo contrario, si se despistan, se exponen a no comer o ser comidos. J. J. Rousseau comparaba la naturaleza con un libro abierto que se nos muestra siempre presto para enseñar y del que debemos aprender.

Al final, en el mundo natural nadie que quiera se siente solo, ya que, si sabe percibir, cuenta más lo latente, casi oculto, que lo patente que se ve mucho. Cuando el verano acabe nos habremos llevado las confidencias del paisaje, que nos ha susurrado que ninguna especie destruye su propio nido. Costumbre que los humanos hemos olvidado a pesar de que ya el sabio Averroes explicaba a sus contemporáneos andalusíes del siglo XII que nada de la naturaleza le es superfluo. Cuando el verano pase, puede que olvidemos algunos descubrimientos;  los vientos nos traerán sus ecos a poco que nos esforcemos; si no, a esperar al siguiente, en donde la naturaleza ya no será como la de este año, tan inédita, o no tendremos tantas ganas de verla porque ya habrán acabado los confinamientos. ¡Ojalá!

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Desertificación y sequía, tan próximas y tan poco atendidas

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Pasó desapercibido en el calendario personal de esta semana. Es lógico, ¡Con tantas preocupaciones que tenemos encima! Pero sí, el día 17 de junio estaba preparado para ser el Día Mundial de de la Lucha contra la Desertificación y la Sequía; hay que subrayar el término lucha, que en este caso se convierte en posicionamiento colectivo para evitar que se hagan realidad los oscuros presagios de la ciencia. El Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico advierte de que entre el 75 y el 80% de España está en riesgo de convertirse en desierto a lo largo de este siglo. Dice la Agencia Europea del Medio Ambiente que la Península Ibérica será la región europea más afectada por la sequía, debido sobre todo a la sobreexplotación de los recursos hídricos, la agricultura intensiva y la urbanización irracional. Además, el cambio climático hace de acelerador de sequías y desertificaciones.

No es un asunto para dejarlo correr: la desertificación y la sequía tienen tremendas repercusiones en el entramado social y demográfico. La España rural se vaciará todavía más, las migraciones interiores de multiplicarán. El Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico tiene un gran desafío por delante al que no puede hacer frente en soledad. Hace falta el esfuerzo unánime de todas las fuerzas políticas y agentes sociales, además de una fuerte apuesta de la Unión Europea, que verá incorporarse al enorme desierto africano a amplias zonas de todo el entorno mediterráneo y del Mar Negro. Pero los estragos llegan a todo el mundo, también a los países americanos con los que desde aquí tenemos contactos.

Un cambio global en los estilos de vida, cada cual desde su ámbito personal y los gobiernos y empresas desde su papel como responsables de la gobernanza social, ayudará a no dejar a tanta gente atrás. Aquí se lo explican mejor, con una serie de cortometrajes de la UNCCD (United Nations Convection to Combat Desertification). 

El redescubrimiento de la naturaleza tras la pandemia. ¡Cuidado con los espontáneos!

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Era ella. Estaba casi sin estar. Servía de fuente inagotable (sic) de recursos. Perdía poco a poco una parte de sus tesoros. Le llegaban a veces afectos. No se sabe si compensaban.

Era ella tan necesaria y a la vez tan poco estimada. Se estima a alguien o algo por que emociona. Pocos lo veían así. Durante la última década se ha ralentizado la pérdida de millones de hectáreas de bosques, la vertiente artística de la naturaleza la llamó alguien; pero sigue. Poco parecían preocuparse. La naturaleza es mar océana, asimilación que no viene de Alberti. Los océanos sufren desprecios similares a la naturaleza terrestre. 

Era ella por tierra, mar y aire toda una expresión de biodiversidad. La vida multiforme se reduce según denuncia la FAO en su reciente avance del informe «Evaluación de los recursos forestales mundiales. 2020«. A lo largo de los últimos años han desaparecido especies. Tampoco ha pasado nada, dicen quienes ve el mundo desde la atalaya del negacionismo.

Era ella ensalzada por naturalistas y científicos, también por los artistas que la cantaron o pintaron. Ni por esas los amores fueron eternos. Pero va un bicho que ni ve ni siente y nos descubre hasta qué punto nuestros destinos están compartidos con la naturaleza. En cuatro días, meses, ha logrado destapar el tarro de las esencias de la naturaleza cosa que los científicos ni los ecologistas no han logrado tras avisarnos durante décadas.

Es a ella a donde todos queremos desplazarnos. No sabemos si la que era o la que es. «La naturaleza es salud», escuchamos y leemos estos días. La estampida que se prepara al medio rural y natural nos hace temer que ese descubrimiento no sea para ensalzar, sino para temer. Los espontáneos no tardan nada en ser invasores.

Era ella, también en el Mar Menor; ya lo decían los ecologistas. Entre muchos la mataron y ahora hay quienes se lamentan, viendo peligrar sus negocios. La naturaleza es y no es sujeto de amores. 

¿Será ella?

Conmemorar en el confinamiento sin escuela el Día del Medio Ambiente mirando el uso de las cosas de casa

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Cada 5 de junio la gente habla del medioambiente. Este año es especial porque se conmemora dentro de un mundo en modo pandemia. Seguro que dentro de unos años los libros de Historia recogerán que hubo una pandemia por un coronavirus. Detallarán que afectó a más de mil millones de personas y provocó centenares de miles de muertes por todo el mundo. No cabe duda de que hablarán también de cómo se pusieron en marcha investigaciones para encontrar una vacuna que protegiese a la gente. Es posible que en los textos se recuerde a Jenner y a Pasteur. Entre el uno y el otro dieron valor a un proceso que se llama vacunación.

Cualquier persona que quiera saber algo de la vida debe enterarse de lo que descubrieron ambos; más todavía han de hacerlo los estudiantes que no van ahora a las aulas. No sabemos lo que dirán los libros de cuándo se descubrió la vacuna o las vacunas contra el coronavirus de ahora, ni siquiera si se logró. Porque a veces no hay defensas colectivas frente a determinadas enfermedades, como sucede con el VIH. Tampoco si dirán mucho de cómo se conmemoró el 5 de junio. Como va de vacunas, aquí queremos llamar la atención sobre nuestro Premio Nobel Ramón y Cajal o del médico Jaime Ferrán que andaban bastante atinados cuando la epidemia de cólera de 1885. Otro asunto para buscar información.

Proponemos conmemorar el Día Mundial de otra forma: relacionando las cosas o productos que usamos con el medioambiente que nos las procura. Seguro que los libros de dentro de unos años dirán que durante unos meses hubo mucha gente sin poder salir de su casa, o que solo lo hacía para comprar lo imprescindible para vivir, que en realidad era poco. El tema/la lección de Historia que trate de esto explicará que se pararon muchas fábricas, se destruyeron muchos empleos, que las economías de muchos países se resintieron. ¡Qué decir de aquellos hogares en donde no entraba nada de dinero! Lo más probable es que los libros no reflexionen sobre cómo una buena parte de la gente, millones de personas de todo el mundo, se las arregló durante los confinamientos con las cosas básicas; incluso una parte de la que vivía en los países de ingresos altos. Puede que tampoco hablen de que el medioambiente natural se benefició del parón mundial, al menos en lo que respecta a la contaminación del aire.

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A qué sonará el medioambiente pasados unos años

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Como cada 5 de junio, también en este tan pandémico, el medioambiente volará desconfiado. Durante unos días será tan nombrado que acaparará protagonismo en televisiones, periódicos y cadenas de radio. Sin quererlo nos impregnará los pensamientos. Las emociones convivirán con sentimientos placenteros. No faltarán recuerdos de desastres puntuales. Quizás ese día traiga a la memoria compromisos propios o ajenos que quedaron atrás: la emergencia climática entre ellos. El tiempo los borró cuando el mundo convivencial se vino abajo por efecto del maldito coronavirus.

En el pasado, el medioambiente se hizo canción y lamento. Dejó ideas críticas en la cultura social. Unas de estas las declamaba el cantor multicultural Georges Moustaki. Hacia 1970 ya poemaba que existió en tiempos un jardín llamado Tierra. Se trataba de un lugar mágico. No lo habían conocido los niños de aquellos años, que siempre caminaban sobre el asfalto o el hormigón. Un jardín lo suficientemente grande como para acoger incluso a todos los niños de entonces. Los nietos de unos abuelos muy antepasados. Gentes que lo cuidaron porque lo habían heredado a su vez de los suyos.

Ligadas a esas letras vienen detrás otras. Aquellas del chileno Pablo Neruda. Alertaba por los mismos años acerca de unos hombres “voraces manufacturantes”. Se trataba de los que tomaron un planeta desnudo y lo llenaron de lingotes de aluminio. Seguramente impulsados maquinalmente por unos intestinos eléctricos. Dónde jugarán los niños, se preguntaban los mexicanos Maná. Hay otros muchos cantos sin rima pero con hondo sentimiento. La ONU se empeña una y otra vez en avisar a las instituciones de gobernanza mundial de que deben promover un mundo más justo e igualitario en un medioambiente compartido. Vivir en común exige más transparencia y una continuada rendición de cuentas. Conocer el peligro anima a la sociedad civil a la defensa de sus espacios naturales o sociales. Los cantores hablan de paraísos perdidos. Cualquiera de esos expresa una parte de vida y esperanza. Trae una voluntad de transformación. Se hace leve porque las desigualdades no paran de crecer.

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La resurrección del plástico debe sanearse con el tiempo

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El plástico ha recuperado el protagonismo soñado en estos meses de emergencia sanitaria. Ha medio protegido a la gente sanitaria, ha separado estancias, nos ha cubierto manos, ha embalado cientos de alimentos. Ha vuelto a ser una estrella de la vida, en este caso sanitaria. ¡Bien por la labor prestada! Pero claro, tanto plástico de uso efímero se ha convertido en un potencial de riesgo. Adosado a él viajarán los malditos virus; si no se manipulan y tratan como se merecen los residuos hospitalarios y de residencias (dice la prensa que solo en Valencia se han recogido 134 toneladas de 20 de estos centros en un solo mes), y algunos domésticos, por los servicios de limpieza expandirá su fea estampa, visible o no. Como nos cuenta National Geographic estupendamente lo reutilizable plástico ya no se lleva, no sea que contamine nuestra salud. Asegura Ecoembes que durante estos días los contenedores amarillos han incrementado su volumen de recogida en un 15%.

También las mascarillas portan plásticos y sucedáneos víricos. Cada día millones de ellas acabarán en la basura, o por los montes o ríos y mares. Dice la gente que sabe que mientras dure la pandemia no se puede prohibir el plástico de un solo uso. Pero todo es revisable después, nuestra misma vida con sus peculiares estilos lo que más. Porque la socorrida incineración de estos meses o la peligrosa acumulación de estos días tiene sus riesgos. No dejemos que esa imagen salvadora de los plásticos de estos días nuble todos los esfuerzos que se han hecho hasta ahora para encauzar sus usos. Por cierto, hagamos una revisión crítica del Anteproyecto de ley de residuos y usos contaminados presentado. Vaya un dato para animar el necesario debate. Lo dijo la ministra Teresa Ribera ayer en la presentación: «Si juntáramos el conjunto de los residuos acumulados en un año en España, sería posible rellenar 2.900 veces el estadio Bernabéu».

En fin, gracias a los plásticos pero según y cómo. Nos apuntamos al deseo de que desaparezcan casi totalmente los de un solo uso en julio de 2021, a pesar de la pandemia.

Mascarillas mentales frente al cambio climático

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El cambio climático, que no se ha ido de nuestra vida, ha quedado sepultado por las trágicas consecuencias de la pandemia vírica. A lo largo del proceso vivido, la reacción ha sido más tardana de lo conveniente y con una organización mejorable. Aún así se ha producido una lucha colectiva ante la hecatombe generada en la salud colectiva; ha sido posible porque la especie humana, como buena parte de los animales, tiene un cerebro preparado para responder a puntuales sucesos catastróficos, visibles y contundentes. Ese mecanismo lo emplean los gobernantes y lo enseñan a sus ciudadanos.

Aun con todo, a pesar de los recientes episodios de masas tras los pases de fases de desescalada que ponen en peligro los esfuerzos colectivos en España y en otros países de la UE, podríamos calificar como adecuado el desempeño ciudadano y social. Sin embargo, en el asunto de cambio climático, seguramente es el mayor reto de salud que hay planteado actualmente, casi nadie piensa, a pesar de preocupación de hace unos meses, cuando era noticia permanente en los medios de comunicación. No se han usado ningún tipo de mascarillas mentales y vivenciales –estas serían construcciones emocionales o razonadas que evitan pasar hacia muy adentro los peligros y como reacción expanden hacia afuera la participación- para evitar sus estragos. Si se ha hecho algo, casi siempre se ha actuado tarde, mal y a desgana, con leves correcciones. Craso error. Ahí sigue, en tierra de nadie porque no hay vacuna mental inmediata y los laboratorios del pensamiento no están en ello o no se les hace caso. Bueno, algunos equipos investigan y razonan, como es el caso del IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático) o las organizaciones ecologistas como Greenpeace o Ecologistas en Acción. También otras implicaciones como la Fundación Bill y Melinda Gates, por poner solo unos pocos ejemplos; acaso citar también las continuas llamadas de la ONU.

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La azarosa pervivencia de la biodiversidad en tiempos de coronavirus

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Como cada año, el pasado día 22 se recordó la biodiversidad, era su Día Mundial. Como cada año, solamente unas pocas personas agradecerían aquello que se ha hecho bien para preservar ciertos enclaves de biodiversidad a la vez que lamentarían lo mucho que falta por implicarse en la supervivencia de las especies. Este año la ONU recomendaba 3 enfoques esenciales para la biodiversidad a trabajar durante la semana previa al día internacional  dirigidos a que la población entendiese que “Nuestras soluciones están en la naturaleza” . En sus mensaje enfatizaba la esperanza, la solidaridad y la importancia de trabajar juntos a todos los escalas sociales – Gobiernos, agentes sociales y empresariales, ciudadanía, etc.- para construir un futuro de vida en una mejor sintonía con la naturaleza. Una de las ideas recalcaba la importancia del conocimiento y la ciencia, otra invitaba a la toma y creación de conciencia sobre la importancia de la biodiversidad; y finalmente, reservaba para el Día Internacional el ineludible paso a la acción. Todo eso lo recordamos unos días después porque pensamos que debe durar todo el año.

En mayo del año pasado, el Panel Internacional de Expertos en Biodiversidad (IPBESde Naciones Unidas, que es algo así como el IPCC para el clima, publicó un informe en el que aventuraba que un millón de especies pueden desaparecer para siempre.  Así estaban las cosas, quién sabe como se encontrarán ahora. 

Poco se habla ahora de la biodiversidad; la sociedad tiene preocupaciones más urgentes, o que le resultan individualmente placenteras. Pero, a los cuantiosos beneficios que todos conocemos, los científicos han añadido uno: es posible que la pérdida de diversidad haya permitido la liberación de los coronavirus que estaban atrapados en lugares recónditos. Pues eso, que cuando nos desocupemos de lo más fuerte de la pandemia debemos repensar si la biodiversidad importa. Si la respuesta es positiva, manos a la obra.

Las abejas tuvieron su día reivindicativo; nos necesitan

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Hace año y medio les dedicamos un homenaje sentido. Ahora, dado que el miércoles pasado fue su día mundial, retomamos aquel texto para animar a pensar en pequeñas cosas, algunas de las cuales nos animan la mirada crítica de la vida en estos tiempos en los que la pandemia nos nubla cualquier salida. Además, hay que hablar de algo placentero en estos días tan críticos.

El artículo se publicó el 14 de diciembre de 2018 en Ecoescuela abierta de El Diario de la Educación. Aquí va el enlace. Empezaba así:

De chiquillo las miraba y me imaginaba siendo una de ellas. Su vida se me antojaba complicada: ir y venir de flor en flor y vuelta a la colmena, sin parar allí dentro construyendo los panales. Pensaba si tendrían algún criterio para clavar el aguijón según a quién y por qué razón; defenderse casi seguro. Las consecuencias significaban para ellas muchas veces la muerte y habría que pensárselo bien, o no. Dudaba si ser zángano u obrera; me inclinaba por lo primero sin pensar mucho en las consecuencias. De joven participé en alguna saca de miel y me quedé prendado de la estructura geométrica de los panales, de la perfección de esas celdillas hexagonales que los componen.

La fascinación por ellas no ha desaparecido. En cierta ocasión, refugiado un día de calor a la sombra de la falsa acacia, un par de ellas revoloteaban de flor en flor; en aquel momento conjeturaba si prefería ser abeja o mariposa –una también se movía por ahí más grácilmente y tenía una espiritrompa maravillosa– o quizás prefería ser libélula. La libertad de volar me sugestionaba pero de pronto aparecía aquel abejaruco que las perseguía; abandoné momentáneamente aquellos deseos infantiles. 

Mi admiración por las abejas no decayó con el tiempo sino que se amplió al conocer más detalles de su vida. En los textos sagrados de varias religiones la miel, su producto más valorado, se asemeja al conocimiento que empuja a la felicidad humana. En la mitología griega la abeja está asociada a la diosa del amor, Afrodita, (Venus, en la mitología romana), y también a Deméter (diosa de la agricultura), como símbolo de fecundidad. Sin duda, el mundo hubiera sido diferente sin la cera y la miel de las abejas, como ya supieron apreciar los pobladores neolíticos; no es extraño que hasta don Quijote ensalzase a las abejas por ofrecer sin interés alguno la fértil cosecha de su trabajo. Más recientemente, su sabiduría provocó la admiración de los científicos. Tanto que la interpretación de sus códigos de comunicación para explorar el territorio le valió al naturalista austriaco Karl von Frisch el Nobel de Fisiología en 1973.

Ocurrencias pandémicas sin vacunar

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Un relato es una secuencia ordenada de hechos o ideas; otras veces una mezcla de apuntes varios, sin orden ni concierto. En fin, una reiteración sobre un asunto, más o menos banal. Quizás sea esto lo que sigue. Cada cual que interprete.

A menudo sentimos más necesidad de que los acontecimientos se articulen en relatos, para encontrarles un sentido.

El despiste actual nos impide ver que cada cosa que sucede es una parte de un sistema complejo, para bien y para mal.

En ocasiones, necesitamos algo o alguien que nos sirva de fuente de alivio. Ahora mismo sucede.

Debemos preguntarnos a menudo si somos o estamos siendo, si el ineludible cambio nos hace o nosotros construimos el cambio. La mirada condiciona el destino.

El límite de la saturación pandémica está superando sus niveles comprensibles; en este momento ya no sabemos a quién pedir cuentas ni dónde buscar socorro.

Las malas noticias de la pandemia, vestidas de salud y economía, giran en el vacío en el que se ha convertido el bien común, en unos periodos de confinamiento en los que casi han desaparecido la ambición y la codicia, ocultas por la felicidad íntima de pequeñas cosas, incluso agarrados a algo trivial que nos traiga un mundo suspendido.

Nos apremian tanto las incertidumbres que llegamos a pensar en el infierno, del cual Thomas Hobbes dijo que es la verdad vista demasiado tarde.

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La educación iba despacio en los ODS, nuestra guía hacia el 2030. ¿Y ahora qué?

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El texto se redactó antes de la pandemia. Ahora la educación es todavía más necesaria.

Una parte del mundo se hizo eco de la formulación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Le resultó atractivo el mensaje que vino con ellos: buscan que ninguna persona se quede atrás en el camino hacia una vida digna en relación amistosa con el medioambiente, que es el planeta y sus moradores. No faltaría tampoco quien mirase con más detalle, especialmente dentro del mundo educativo, lo que venía a decir el ODS Núm. 4. Su mismo enunciado, Educación de calidad, ya expresa algo o mucho, depende de por donde se mire. Seguramente interesaría más a aquellas escuelas que tienen muchas necesidades internas; tantas que no les da tiempo de mirar cada día a escala global.  La educación lo es cuando mejora el pensamiento y la vida de las personas, hoy y mañana, cerca y lejos; en realidad, poca trascendencia adquiere para sí misma como no sea su cordura, que también debe tenerla y por desgracia pierde a menudo. La cultura de sostenibilidad lo será cuando se universalice el pensamiento colectivo frente a la protección de lo propio.
Insistimos en todo esto porque acaba de conocerse el Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo, publicado por la UNESCO; no tiene una palabra de más, ni un gráfico que sobre. Se detiene de forma especial en cinco escenarios fundamentales que debemos revisar y mejorar en la educación si queremos mantener la ilusión transformadora que posee: el acceso a ella, la búsqueda de la equidad, los renovados estilos de aprendizaje, su imprescindible calidad y la necesaria financiación. Convendría que los Departamentos o Ministerios de Educación, y quienes tienen competencias para hacer realidad los derechos de la infancia y adolescencia en cada país, se lo estudiasen con detalle y pusiesen en marcha lo que falta para conseguir en cada una de las metas del ODS 4.

Seguir leyendo en la revista de mayo de la Carpeta Informativa del CENEAM (centro Nacional de Educación Ambiental).

La pandemia permanente de la contaminación del aire

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Las imágenes de ciudades difuminadas en edificios ocultos y gente silueteada por la contaminación del aire, como las chinas en determinadas épocas, o Madrid y Barcelona, nos alertan una y otra vez de que la vida es aglomerada; en realidad un complejo invento que sirve mientras dura, permanece si no explota. La contaminación del aire es un signo distintivo de la urbanización; podría representar el símbolo de varios aconteceres que el tiempo ha ido combinando de forma más o menos organizada. Entre todos forman un escenario muy complejo que si hiciera falta concretar en una sola idea me inclinaría por decir que es mucha gente que aspira a vivir, sin más, o a vivir sin menos. Pero nada más formularla se complica ya que cada vez más gente se concentra en los mismos sitios y quiere hacer lo mismo.

Como la hipermovilidad era un signo del motor económico dominante hasta hace un par de meses, casi nadie se preguntaba si los rumores de los apocalípticos ambientalistas se confirmarían. Sorprendía la falta de escucha pues las muertes directamente relacionadas con la calidad del aire suponían en el año 2016 la cifra de 800.000 en Europa, 133 por cada 100.000 habitantes (European Herat Journal). La disminución/restricción de los movimientos motorizados – en España un 50 % de media según detalla en un informe Ecologistas en Acción-con la covid-19 ha devuelto la transparencia a los cielos de las ciudades chinas, europeas y suponemos que de todo el mundo, pues el transporte es el causante de más de la mitad de la contaminación. Pero el asunto es puntual y territorial, no nos felicitemos tan pronto. Según mide la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration) en fecha 2 de mayo los niveles de CO2 en la atmósfera eran superiores a los de hace un año, pues cuando el dióxido sube es para quedarse un largo tiempo. Las organizaciones ecologistas y varias instituciones científicas que investigan la salud atribuyen esta contaminante pandemia sanitaria -ya permanente y con extensiones por todo el mundo- al descuido general, a la incompetencia de gobiernos y empresas y al egoísmo de todos, que impregna la vida en común. 

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Lo cotidiano es medioambiente; incluso si estamos confinados.

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A lo largo de las últimas semanas hemos ido incluyendo en el blog Ecoescuela abierta que mantenemos en El Diario de la Educación propuestas de actividades para realizar en casa, el familia o en equipo con los compañeros y compañeras del curso, ahora que estamos enlazados constantemente por medio de redes. Se trata de acciones diferentes a las que se proponen a menudo en las clases. La presente tiene que ver con la mirada crítica hacia determinados hábitos y consumos en relación con la energía, la producción de residuos y el uso del agua. También puede servir para buscar en porqué de las cosas en familias en las que no haya niños. La hemos titulado «Un diario muy resumido del medioambiente doméstico». Ahí va:

En estos días hay tiempo para todo; por eso recomendamos pararse a pensar unos minutos en todo eso que hacemos cotidianamente en casa que tiene que ver mucho con nuestra relación con el medioambiente. Aquí caben cantidad de cosas, si bien vamos a indicar algunos caminos para no perderse. Hace falta ponerse las gafas de explorar y tomar notas, pues en muchas ocasiones nuestras rutinas nos impiden sacar partido de lo que hacemos bien, o menos bien. Por eso, mejor si lo vamos escribiendo; así nos servirá a nosotros e incluso podremos enseñarlo, o enviarlo en un whatsapp a nuestras amistades.

Esta es una propuesta para hacer en equipo; estaría bien ensayarla en familia. También la recomendamos para aquellos hogares en donde no haya niños y niñas. Después podemos llevarla al grupo de WhatsApp u otras redes que tenemos con las amistades, con los compañeros y compañeras de clase. Seguro que cada cual tendrá su visión de las cosas que hace, aunque si se piensa con un poco de detenimiento se verá que poco a poco surgen coincidencias. Se trata de ir anotando en una tabla pequeñas o grandes acciones que tienen que ver con una parte del medioambiente; el real, no ese que estudiamos en aquella lección en el colegio o el instituto. Esta actividad se podría titular “Una gincana por el medioambiente casero”. Avisamos ya de que nos dará una visión incompleta, hay otras muchas más cosas que podríamos revisar.

Vamos a fijarnos solamente en cada actuación que tiene que ver con el consumo de agua, energía y otros materiales que tienen que ver con la producción de residuos; no tratamos aquí de los alimentos pero habría mucho que hablar. Repasar ciertos hábitos cotidianos es como abrir una ventana de casa y lanzar una mirada a la naturaleza, ahora que está más lejos. Nadie negará que el agua y la energía son parte de ella, como la tierra y el aire. Solo es necesario recordar que en la cultura occidental, desde los griegos, los cuatro elementos motores de todo fueron agua, fuego, aire y tierra; de hecho, están incorporados a las ideas de varias religiones. Quiénes tengan interés lo pueden buscar en Internet y lo comprobarán.

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El azul soñado por Rubén Darío se evaporó de los océanos

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Dicho color, al decir del poeta nicaragüense impulsor del modernismo hispano, representaba “el color del ensueño, del arte, un color homérico y oceánico, y del firmamento”. Han transcurrido más de 130 años de la primera edición de ese libro de difícil clasificación pero nos sirve la metáfora para decir lo que hoy ya no es el color ligado al océano. Dejó de ser ensueño, se resiste a dejar de ser arte, dudamos si sigue siendo homérico. Al menos no lo es el Mediterráneo por donde se aventuraron los héroes del griego. Aquel pájaro azul que estaba en el cerebro del personaje de Rubén Darío; al final ganó su libertad. ¿Acaso el azul estaba preso en el mar? No parece que lo sea en el imaginario colectivo que siempre piensa del mar en azul, reflejo dicen de un cielo evanescente, o acaso precipitado por querer ser la luz. ¡Pobre mar condenado/ a eterno movimiento,/ habiendo antes estado/ quieto en el firmamento! Así lo poemó García Lorca.

La belleza de los océanos y mares, que para unos es alegoría y para otros realidad, se perdió en buena parte. ¡Hasta puede que García Lorca se sorprendiera! No solo se evaporó el azul modernista sino que cambio la biodiversidad debido a los desechos humanos. Además dejó de ser la luz, ahora aguanta su sufrir porque el hombre miserable es un ángel caído, quién sabe si «sus tristezas son bellas,/ mar de espasmos gloriosos»; le copiamos al de Fuente Vaqueros.

Los mares de plástico no dejan de crecer y ahora se confirma el gran contenido de plásticos en la profundidades. Vivimos ahogados en un mar de plásticos, como denuncia National GeographicTodo el mundo es plástico, que transparenta el azul homérico de Rubén Darío del Mar Mediterráneo, así lo denuncia GreenpeaceAhora nos hemos enterado de que los microplásticos han inundado el fondo marino. Las corrientes los llevan por todos los mares.

Otro día nos preguntaremos a dónde han ido los plásticos protectores que han usado sanitarios y quienes los han utilizado frente al coronavirus.