Preparándonos para lucir la lucha climática.

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Es mañana pero aquí lo traemos hoy, casi en forma de contrapuntos entre mundos diferentes: el individual y el mundial. Digamos que lo primero es parte de lo segundo porque se manifiesta en forma de un destino, deseado u obligado por las circunstancias climáticas. Alguien anda por ahí encerrado en una cáscara de nuez, como si no le afectara nada. Alguien que en realidad son bastantes; todos no. Porque el tiempo que le falta al clima para ser catástrofe no se mide con los relojes, sino con los sentimientos. Porque el rastro de cada cual va más allá de las huellas que dejaron sus zapatos. Hay gente tan despistada o egoísta que cuando la ciencia descubra donde está el centro del clima se va a enfurecer al descubrir que no es ella misma. No sabemos cómo reaccionará al saber que este invierno ha sido el más caluroso desde 1961. 

Lucir o enlucir el clima, ¡Vaya impertinencia! Más de uno de los que se mirasen en un espejo para ver cuál de las dos tareas están realizando desaparecerían al instante. Frente a los activistas por el clima están quienes no hacen nada, tienen la ventaja de que nunca yerran. Aunque a decir verdad, la mayoría de los humanos climáticos tenemos un polo positivo que atrae y uno negativo que repele; todo depende de quien nos mire. Lucir o traslucir, enlucir o deslucir, son cosa particular y colectiva. Con todo, la humildad climática consiste en transigir con nuestros errores y ser conscientes de que la moderación consumista y el compromiso personal casi nunca encuentran aplauso fuera de nuestra propia esfera. A veces hemos de conformarnos con no ser de lo peor que hay, que nos suena como a un elogio. ¡A ver si la felicidad, climática, va a consistir en saber unir el principio de lo que hacemos con el final de lo que conseguimos! 

Se me había olvidado. Ayer 23 de marzo se recordaba el Día Meteorológico Mundial. En esta página se contaban los desastres provocados por las bruscas o largas variaciones meteorológicas. Atentos a los informativos el día 26 para ver qué nos cuentan sobre el Día Internacional contra el Cambio Climático, hay dos en el calendario. Imaginamos que entre todo lo hablado entenderemos algo del momento crítico, pero no sabemos lo que quedará en la conciencia colectiva unos días después.

El agua olvidada en un mundo convulso

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El título de esta entrada está casi copiado de una obra literaria. Quiere llamar la atención sobre el agua que somos. Necesitamos llenar nuestro diario del agua, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, en cualquiera de las actividades de trabajo u ocio. Por eso se verá que la relacionamos con todas las categorías de este blog. No llueve y los embalses están casi vacíos, como retándonos al olvido que seremos por no saber recordar.

Según parece, en la mitología griega, a quien moría le daban a elegir antes de volver a nacer dos posibilidades: beber de un río que le proporcionaba el olvido absoluto de su vida anterior y el otro le otorgaba la posibilidad de recordarlo todo. Habida cuenta del riesgo en que nos encontramos en relación con la disponibilidad del agua cabe preguntar algo parecido a cada una y a todas en conjunto de las personas: nos olvidamos del pasado y presente de nuestra relación con el agua o mejor recordamos todo lo pasado para sostener un futuro menos incierto. 

Desde muchos lugares se nos lanzan mensajes que nos recuerdan el riesgo de los olvidos. Hoy mismo, 22 de marzo, se celebra el Día Mundial de las Aguas, en plural porque aguas hay muchas, con diversos usos, en formatos más o menos útiles para nosotros, en el planeta de las aguas que es la Tierra. Lo sabe bien quien se crió en la estepa monegrina, en donde se adoraba el agua por su escasez. Las generaciones posteriores habrán bebido otras aguas, pero siempre quedará en el recuerdo las balsas donde se recogía el agua de lluvia, siempre escasa, para beber. Atrás quedaron las novenas y la canción infantil que imploraba que lloviese a la Virgen de la Cueva.

Por entonces nada se decía de esos 60 litros por persona y día como derecho humanoLa ONU viene publicando cada año sus informes esos que nos dicen cómo va evolucionando el derecho, que todavía no disfrutan cientos de millones de personas Hay que leerlos y saborearlos para entender el agua que fuimos y podemos ser.

Agua de Alfonsina Storni, que veía «Elásticos de agua mecen la casa marina. Como a tropa la tiran. La tapa del cielo desciende en tormenta ceñida: Su lazo negro. Vigila. Asoman en la tinta del agua su cabeza estúpida las bestias marinas». Agua para no olvidar. Como aquella agua cortesana de la que hablaba Juana de Ibarbourou: El agua tiene un alma melancólica y suave/ que en el lecho arenoso de las ondas solloza,/ atrae, llama, subyuga. ¡Dios sabe si la nave/ que naufraga, en sus brazos de misterio, reposa!

Agua de ayer y de hoy para no olvidar ni a los que la despilfarran ni a quienes no la tienen ni para satisfacer sus necesidades básicas.

Leer el artículo completo en el blog La Cima 2030 de 20minutos.es.

Día Mundial de los Bosques, complejos mundos donde no solo hay árboles

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Como antaño, el árbol tiene su día en el calendario mundial y son muchos los lugares en donde escolares o personas mayores ejemplifican eso que dicen que asegura la vida completa: plantar un árbol. Hoy mismo se celebra en todo el mundo un recuerdo al árbol, al tótem sagrado que ha sido utilizado siempre para representar a los bosques. Durante mucho tiempo se denominó «del árbol» pero la ONU decidió en 2012 cambiarlo por el Día Mundial de los Bosques. Así daba valor a los ecosistemas complejos que forman los bosques, no solo los árboles. A estos ya los había homenajeado Joan Manuel Serrat. Nos cantó la rebelión de los árboles solidarios del mundo, poniendo música al cuento de Mario Benedetti. Pero los bosques son algo más, son un compendio de biodiversidad allá dónde existen, por pequeños que sean. El amor al bosque lo poema como pocos Nacha Guevara, aquella actriz y cantante que supo hablar claro y alto en No llores por mí Argentina.

Hay cientos de cuentos sobre los bosques pero de lo que vamos a hablar aquí no es ningún cuento. Procede de un artículo publicado en elDiario.es. Lleva por título una alerta poderosa: La crisis climática empuja a la selva del Amazonas a un punto de no retorno en su senda de degradación. Cuenta las conclusiones de una publicación de la revista Nature en que se afirma que «El 75% de la selva amazónica muestra un incremento en su deterioro desde el año 2000 “compatible con la aproximación a una transición crítica” en la que “la deforestación y el cambio climático pueden haber empujado a la Amazonía hacia un umbral de extinción del bosque”. Uno de los grandes pulmones del Planeta en riesgo de no serlo. Nos recuerda que entre la deforestación, los grandes incendios forestales intencionados o no, el creciente cambio climático y el uso del terreno para actividades humanas están aniquilando la selva.

Una curiosidad: ¿Tiene pensando algo especial para acordarse hoy de los bosques? ¿Acaso la planificación de una acción posterior? Se puede empezar por una respiración profunda pensando en ellos, una mirada cómplice al contenedor azul de su calle junto con el deseo de visitarlo más a menudo.  Pueden visionar El hombre que plantaba árboles de Jean Giono, con la pretensión de que pasado un largo tiempo llegasen a ser un bosque. O quizás regalarse, para leer en familia y prestarlo después, Walden.La vida en el bosque de H. Thoreau o el más actual Un bosque herido de José Ignacio Vesga.  Adelante. Artemisa y Silvano, cuidadores de los bosques, se lo agradecerán, y las generaciones futuras también.

Las guerras son un nunca jamás. Anulan la esperanza

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Quino nos trajo a Mafalda en muchas ocasiones explorando e interpelando al globo terráqueo. Lo miraba y daba vueltas sobre su eje inclinado. Pensaba, más bien estaba convencida de, que los países gordos anulaban a los chicos, de que había muchos nortes que aplastaban a casi todos los sures. Pensaba quiénes mueven el mundo. Si eran aquellas personas que se niegan a creer que la Tierra gira alrededor del Sol, y no de ellas. Esas mismas que marcan la cercanía a la luz planetaria. Siempre ha habido imbéciles que han llegado a lo más alto. Ahora vería un trozo del norte aplastado, girando como si fuera una centrifugadora. ¿Qué diría?

Hay dictadores mundiales que emulan estupendamente al francés Luis XIV y otros jerarcas, seguros de que la vida mundial no existe, que ellos son el sol y pueden calentar más o menos según dónde y a su antojo. Leíamos hace 9 años en un periódico de justificado renombre una entrevista en la que Emilio Lledó decía que ya estábamos en la Tercera Guerra Mundial, la de la desesperanza. Añadía que «El mundo está fatal por culpa de la codicia y la ignorancia”. Hace poco tiempo, Adela Cortina lamentaba que después de todo lo vivido en Europa en el siglo XX no hubiésemos aprendido nada.

Leamos los libros de historia. Están atiborrados de egoísmos patrióticos. Parece que existe una tendencia natural humana desde el neolítico hacia la guerra. Frente a todo esto somos poco críticos. Nos cuesta reconocer, a estas alturas del siglo XXI, que no hay nada que la guerra de Ucrania haya supuesto de victoria. Siempre se hubiesen logrado más avances sin ella.

Cuando esto se acabe, ojalá sea pronto, alguien tendrá que recoger los escombros materiales, sociales y personales. Los primeros pueden ser más o menos costosos, el resto será imposible de restañar pues quedó manchado de odios y egoísmos. Por más que intentemos resolver las raíces de las desigualdades estas se convertirán seguramente en potencias.

El mundo puede dejar de perder su esencia básica: la libertad. Hace falta recordar aquellas palabras de un ruso americanizado que falleció ahora hace 30 años. Afirmaba el maestro de la ciencia ficción Isaac Asimov: No solo los vivos son asesinados en la guerra.

Una y otra vez las esquirlas incrustadas en el cerebro y en los corazones duelen siempre. Muchas no dejan de supurar nunca.

Leer el artículo completo en «La suma de egoísmos eleva la raíz cuadrada de las dificultades» del Blog La Cima 2030 de 20minutos.es.

Después de cada guerra toca remover escombros y retoñar esperanzas

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La invasión rusa de Ucrania nos dejará ruinas emocionales y materiales. En esta ocasión no es nada creativo el chispazo. Es simplemente, o nada más que, un poema de Wislawa Szymborska, la polaca Premio Nobel de Literatura 1996, que bien sabía lo que supone una invasión rusa. Podemos leerla en versión marzo de 2022. Después respondernos a muchas incógnitas que plantea.

Cuando dice alguien se refiere también a nosotros, que debemos ser parte comprometida en cuidar la heridas y en fomentar la cultura activa de la paz.

Vivimos tiempos difíciles, plenos de incertidumbres, en los cuales la guerra se parece a un volcán. Va dando señales de actividad interna -acusaciones de unos y otros- hasta que explosiona en forma de enormes bombas que llegan más cerca o más lejos, cenizas y escorias y más desastres que todo lo cubren. 

Toca despertar de la indiferencia, volver a repasar las lecciones de causas y consecuencias de los silencios, de aquellas señales de actividad que lo propiciaron. Después ser parte de algún alguien.

Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.

Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.

Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.

Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes.

Eso de fotogénico tiene poco
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.

A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.

Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.

Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre,
y los lleve al montón de la basura.

Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente nada.

En la hierba que cubra
causas y consecuencias
seguro que habrá alguien tumbado,
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.

 

Las escuelas de Ucrania se vacían de esperanza

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Escuelas abandonadas en las que los recuerdos clamarán las ausencias de voces e imágenes. Imágenes de escuelas refugio que salvaron vidas porque  no se encontraron con ellas las bombas. Bombas que explotan sin hacer ruido en la vías de escape, para huir de la maldita invasión. Invasión que debería desaparecer de los libros de texto de todo el mundo. Mundo que asiste perplejo a las imágenes que ven los niños y niñas de Ucrania estos días. Días que no se olvidan nunca, ni siquiera con un lavado de cerebro. Cerebros lavados que se suponen en las escuelas rusas, o en algunas previas ucranianas, para identificar al enemigo. Enemigos que no lo fueron ni lo serían de no ser por invasiones varias. Invasiones que dan argumentos para trabajar aquí la paz solo con mirar a las caras de mujeres que huyen con sus niños y niñas. 

Caras de sufrimiento que miran al infinito, a aquello que perdieron. Perdieron lo que hasta anteayer era su esperanza y se cifraba en la educación. Educación sin fronteras que se escribe en forma de paz. Paz como nexo de unión entre todas las escuelas que se interrogan sobre qué supone de ventaja y si es más necesaria que nunca una ciudadanía global. Ciudadanía global olvidada por unos, ennegrecida por otros y bombardeada ahora por los invasores rusos. Invasores rusos que también hablan de paz, pero en sus escuelas de la vida cotidiana no educan para la paz, sino para la brutal competencia. Competencia no colaborativa, que ya animaba a Mafalda de Quino a pedir que se parase el mundo pues se quería bajar, que puede ser el origen de desencuentros y guerras. Guerras en pasado, en presente y en futuro. Futuro en huida, niños y niñas empujados a dejar su escuela. Escuela que es sufrimiento, que se vive huyendo, en donde se aprende para no saber dónde se encuentran ni siquiera si podrán regresar de allí donde crecían aprendiendo junto a otros. Otros serán quienes los acojan en sus aulas en los países que reciben desplazados o en toda Europa, que tendrán que ser marcadamente inclusivas. 

Educación inclusiva que si se logra no llegará a borrar el lenguaje universal de las armas, las matemáticas del número de muertos y destrozos, el medio natural abrasado, el sistema social destruido, el arte plasmado en bombas destructoras, la memoria de la educación cívica, los mapas que recogen los efectos de la discordia. Discordias tan fuertes que anulan los intentos de formular esperanzas educativas. Esperanzas que quedaron sepultadas porque la guerra reemplazó, hace tiempo ya, a la aprendida democracia. Democracia que debería quedar permanentemente escrita con letras grandes en cada aula de Ucrania, Rusia, la Unión Europea y todo el mundo, en cada cuaderno del alumnado. Al lado una frase de Paul Valéry: la guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para gentes que sí se conocen pero no se masacran.

Masacres mentales y físicas que llevan consigo las guerras que quieren acabar con otra guerra. Así nunca se alcanzará la paz. El dinero malgastado en tanques, en armas y soldados sirve para tener más y mejores libros, lápices, escuelas y profesores. Esto dijo una y otra vez Malala Yousafzai, Premio Nobel de la Paz, «de la Igualdad y la Esperanza», en 2014. Si algún día llega la paz habrá que mantenerla, pero ya sabemos en qué invertir lo ahorrado en guerras nunca emprendidas. Por desgracia hay más «ucranias» (Siria, Yemen, Afganistán, Palestina, etc.) en el convulso mapa mundial de intereses. No las olvidemos, aunque nos queden más lejos. Se merecen que allí entre la esperanza.

Secuelas de la invasión de Ucrania entran en las aulas

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Las guerras se tendrían que describir siempre hablando de damnificados. Una guerra es el resultado de una maldición sostenida por el odio y el rencor, dejando atrás olor a muerte y destrucción. Así lo poemó Cecilia con su canción Una Guerra. Quienes conocimos todavía algunas ascuas emocionales de la Guerra Civil española vemos reflejadas en las caras de mujeres y niños ucranianos a nuestros padres y abuelos.

Ucrania no vive, por ahora, una guerra civil sino la invasión de su país. Al menos tienen un enemigo externo en quien pensar, y eso les descarga un poco las aflicciones. Si sobreviven lo harán a costa de muchos pesares, de sangres perdidas, de honores heridos en tierras crueles sin laureles. Otra vez Cecilia poniéndole palabras a las lágrimas lloradas de la Guerra Civil española con Un millón de sueños. Eso es una buena forma de definir lo que es una guerra. 

Seguro que, aunque sea de manera espontánea, la invasión de Ucrania por parte de Rusia se ha acogido en las escuelas españolas. Lo habrá hecho seguramente con más intensidad en las clases de Historia en Secundaria y Bachillerato. Sus lecciones no se cierran con el eslogan de «No a la guerra». Merecen un cuidadoso diálogo.

En cualquier caso, el profesorado que la haya incluido en sus clases habrá tratado de no cargar las tintas en el número de fallecidos. Más que nada para proteger las emociones. Por ahora, televisiones y consolas nos muestran mucho más el desastre social de quienes tratan de huir del peligro que el sofisticado armamento bélico. Lo que pasa se entremezcla con lo que puede suceder, amenazas nucleares por ejemplo.

Se trata de atrapar el tiempo. De comentar con el alumnado, cada cual como mejor sepa y adecuando los detalles a la edad de quienes reciben el mensaje, que odios y rencores han organizado una parte de nuestra historia; forma cruel de construir los países. Leí que una compañera del instituto había planteado un ejercicio de dilemas morales sobre la guerra. Había una pregunta que me ocupa ahora mismo: ¿Qué pasará después de esta guerra, cuando más o menos se silencien las bombas? En esta guerra vemos buenos y malos, no hay duda. Pero en cualquier análisis educativo no deben faltar personas que sufren por haber perdido buena parte de los derechos humanos. 

Las guerras no son solamente cosa de militares. Hay que hablar en la escuela de las «no paces» que llevan a las guerras. Los olvidos de la paz anidan más en aquellos países que no la cultivan, que en sus escuelas no enseñan el respeto a los diferentes, que se obsesionan con dar demasiado valor a banderas e himnos, a hablar de un patriotismo excluyente, a resaltar el valor del color de la piel, a denigrar a los emigrantes, a relatar la Historia de los gobernantes en lugar de la microhistoria de la gente común,  que no hablan de cuantos perjudicados cuestan cualquier victoria bélica (siempre serán derrotas de algo). En la enseñanza escolar primaron durante mucho tiempo las victorias como contenido. Ya va siendo hora de hablar de las consecuencias humanitarias, entre ellas la negación de la educación, que ocasionan los conflictos bélicos. Hay que dar sentido crítico a la imágenes televisivas; no son parte de un cíberjuego.

Somos parte de lo que ocurre a nuestro alrededor

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El alrededor no tiene límites prefijados. Cada cual marca los suyos, o no se molesta ni en vivirlos ni soñarlos. Hay varios alrededores. Entre otros el físico, el emocional, el laboral, aquel que está cerca o queda lejos. Lejos queda Ucrania, o nos lo han traído cerca, con tantas noticias que no acertamos a ver aquel alrededor como no sea en los lamentos de la gente que se asoma a los informativos y cuenta su viacrucis.

Esas personas se considerarían hasta hace unos días dueñas de su significado y significante. Se esforzarían en saber lo que eran y lo que querían ser. Buscarían lo que de verdad les importaba, por más que tampoco allí hubiese unanimidades. Incluso en algún momento encontrarían oportunidades para el progreso, que es llegar a la metas idealizadas. Una parte entenderían cuáles eran sus derechos individuales o colectivos. Acaso pensarían en la felicidad, y le pondrían aditamentos varios. Sentirían orgullo por algo, por más que ese sentimiento pudiese ser frugal. Es más, es posible que se considerasen parte de lo que ocurría a su alrededor.

Ahora mismo, con Ucrania invadida, casi todos nosotros hemos ensanchado los contornos. Un yo transeúnte siente el padecimiento ajeno; en realidad las guerras son una acumulación desordenada de dolores de intensidades varias. Surgen casi siempre por esos odios y rencores que atentan contra los inocentes.

En nosotros han aparecido de pronto valores escondidos; difícil saber hasta donde alcanzan. Los sentimos indispensables para caminar junto a otros en busca de la paz. Por eso salimos a las calles a manifestar nuestro «No a la guerra», como queriendo hacer un pequeño homenaje a quienes quedaron atrapados en la sinrazón.

A la vez se nos escapa la verdad de la intención guerrera, porque la detenta quien supone que su alrededor es infinito. Su concepto de derechos individuales, de derechos humanos, es todo lo contrario a una frase que aportó Mario Benedetti para defender la convivencia y cultura universal. Nos animaba a evitar las figuras geométricas de los círculos viciosos, eso son las guerras, y las mentes cuadradas, que las poseen quienes las lanzan o sostienen. Añadamos la espiral de la sinrazón con varias muertes a sus espaldas.

Por eso, después de la batalla, que durará más o menos, quedarán alrededores calcinados. Algunos sin posibilidad de rebrotar. Pero hay que apropiarse de un pedacito de la utopía colectiva que se concreta en vivir en paz, junto con nuestros alrededores. 

Paz, justicia e instituciones sólidas: ODS 16

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El reverso de la moneda a veces proclama más deseos que el anverso. Tanto hablar de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) se nos ha evaporado la esencia de la justicia universal. Ahora es Ucrania quien se acerca al infierno bélico, pero además tenemos Yemen, Afganistán, Eritrea-Etiopía, Irak, Siria, Palestina-Israel y un largo etcétera. Pero Ucrania está más cerca.

El ODS 16 desea la paz, la justicia e instituciones sólidas en todo el mundo. Paz que vale poco, justicia universal que se ve continuamente golpeada, instituciones internacionales que no saben qué hacer. ¿Quién se pone delante de las armas de Rusia? Como no somos especialistas aquí lo dejamos para que sea analizado.

Pasará un tiempo y todo lo acaecido a los habitantes de Ucrania caerá en el olvido. O no, porque los destrozos salpican por todos los lados, especialmente sentidos aquellos que distorsionas las relaciones comerciales. Se nos había olvidado que somos interdependientes y ecodependientes, que cualquier fenómeno o hecho de gran magnitud que ocurre en un lugar repercute en todo el mundo.

No hace ni siquiera un mes conmemoramos en los colegios e institutos el Día de la Paz. ¡Qué lejano queda todo! Ahora mismo es un buen momento para hablar con nuestro alumnado, en nuestras casas, de la paz, no de la impuesta sino de la pactada. La guerra siempre es traicionera, por acción u omisión. Quienes la sufren tienen marcados sus recuerdos con trazos discontinuos, tan gruesos que no pueden olvidar aunque se intente. Le sucedió al poeta Antonio Machado, otro damnificado por la guerra, que nos dejó composiciones dolorosas en su último libro La guerra. 

¡Ojalá esta situación no se prolongue! Ni la paz, ni la justicia se curan con unas simples tiritas. En nuestra terquedad, no queremos creer que sea imposible vivir en paz. 

Con(ciencia) ciudadana para valorar la biodiversidad

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Que la gente, urbana en este caso, está mejor informada que hace unas décadas es un hecho innegable. Conoce más detalles de las causas y consecuencias de fenómenos o tendencias sociales a las que antes apenas miraba. Menos aún se preguntaba dónde estaban la raíz y los frutos del tal o cual fenómeno o acontecimiento. La ciencia aplicada se ha acercado a la ciudanía para darle claves del origen y del proceso que siguen determinadas cuestiones. De entre todas estas, podríamos detenernos en algunas tan importantes como la contaminación o la movilidad urbana, etc., pero las dejamos para otra entrada.

Pensemos simplemente en la biodiversidad. Llevémosla al ambiente urbano porque en el natural parece condición implícita. La biodiversidad urbana no siempre se ve. Se diría que queda al margen del mundo natural. Sin embargo, basta un paseo para comprobar que no vivimos solos en la ciudad, que la vida se expande fuera de nuestra casa. Posiblemente, conocer la existencia de esa vida, identificar alguno de sus componentes, es un primer paso para despertar en interés individual. Observemos mientras paseamos, detengámonos frente a algo vivo, preguntémonos qué le permite vivir ahí y si desempeña un papel vital en el ecosistema que es la ciudad a la que pertenece.

Ciencia que acerca a un conocimiento más riguroso de la problemática ambiental, que puede llevar a una valoración crítica, valorativa y transformadora. Dicen que en eso se basan los aprendizajes servicio, conocer algo que nos mueve a actuar en beneficio de todos. Ciencia que abre la puerta a la conciencia de que la biodiversidad, en este caso urbana, es una de las variables de la sostenibilidad global.

Ciencia urbana es seguir la evolución de ciertas especies, apreciar si abundan o no en nuestras calles, tejados o parques. Ciencia es fijarse y anotar cuándo tal o cual especie vegetal florece, preguntarse por qué lo hace así y anotar los resultados año tras año; mirar a los árboles de otra forma para que no queden como estatuas que adornan nuestras calles. Ciencia es mirar al cielo para ver cuando llegan vencejos, aviones y golondrinas, dónde tendrán sus nidos. Ciencia es buscar y fotografiar, ahora que todos llevamos cámara en nuestro móvil, a los insectos que aparecen cuando hace menos frío, en particular abejas y mariposas que pasan por un mal momento. Ciencia es cultivar y anotar sus cambios de plantas en el jardín o macetas de casa. Ciencia es mirar al suelo para ver qué tipo de tierra hay en determinados lugares y aventurar cuáles sostendrán mejor a las plantas. Ciencia es reconocer lo que sucede en determinadas plantas cuando aparecen nuestras alergias. Ciencia es descubrir a los líquenes que se agarran en árboles, muros o suelos. Ciencia es apuntarse a un proyecto de investigación sobre los ríos urbanos. Y tantas otras acciones que pueden formar conciencia de que la malla que une a toda la vida está pendiente de unos factores que genéricamente se llaman sostenibilidad. Ciencia es dejarse llevar en un parque o en el entorno urbano para soñar emociones. Ciencia es hablar de todo con nuestra familia y amistades, avanzar en darle contenido a la sostenibilidad urbana viva.

Para explorar más visite Ciencia ciudadana, naturaleza urbana y educación ambiental. Desarrollo de observatorios ciudadanos para la conservación de la biodiversidad y la transformación ambiental de las sociedades metropolitanas.

Ríos medicados, alarma sanitaria

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Hemos reconocido estos días algo que hace tiempo que sabíamos: los ríos están cada vez más medicados. La cosa es grave, más que nada por las afecciones a la salud de las aguas y a la biodiversidad que albergan. El agua que sale de los inodoros y otros usos domiciliarios, no vamos a decir nada de los residuos industriales porque hablaremos en otra ocasión, lleva cada vez añadidos. Recordemos que las aguas residuales, que al final van al río o al mar por muchas depuradoras que pongamos, se utilizan para saber la carga que hay en una ciudad de coronavirus.

Pero es que la cosa de la medicación se está poniendo fea. Acaba de publicarse en la revista cien tífica PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences) que la contaminación farmacéutica representa una «amenaza global para la salud humana y ambiental». No es un estudio más, sino que se refiere a ríos a los que van los impactos de 470 millones de personas en todo el mundo. Ya se sabía que los productos farmacéuticos y otros compuestos biológicamente activos utilizados por los humanos dañan considerablemente la vida silvestre, que los antibióticos en el medioambiente aumentan el riesgo de resistencia a los medicamentos, una de las mayores amenazas para la humanidad. Según cuenta The Guardian “las regiones que sufren el mayor impacto de la resistencia a los antibióticos en ese estudio se alinean estrechamente con las del estudio con la peor contaminación por medicamentos, lo que sugiere que la contaminación de los ríos puede estar jugando un papel en el aumento de la resistencia.” Trae una lista de los ríos analizados. Lahore (Pakistán), La Paz (Bolivia), Adis Abeba (Etiopía), Nueva Delhi (India) y Túnez se encuentran en los primeros lugares. Podemos imaginarnos la salud que tendrán los humanos que viven en sus orillas. 

En España, el río Manzanares es el más contaminado de los ríos europeos. Claro que aquí el asunto estriba en que lleva siempre tan poco agua que incluso se lamentaba  de tener tan gran puente en el poema de Lope de Vega «¡Quítenme aquesta puente que me mata,/ señores regidores de la villa;/ miren que me ha quebrado una costilla;/ que aunque me viene grande me maltrata! . “Manzanares, Manzanares, arroyo aprendiz de río, practicante de Jarama, buena pesca de maridos. Muy hético de corriente, muy angosto y muy roído, con dos charcos por muletas, …”, y más poemas que sobre él escribió don Francisco de Quevedo. Su “amigo” Luis de Góngora acuñó aquel chascarrillo de que los orines den salud al río. Y algunas descripciones más: Bien es verdad que dicen los doctores./ Que no es muerto, sino que del estío/ Le causan parasismos los calores;/  Que a los primeros del diciembre frío,/ De sus mulas harán estos señores./ Que los orines den salud al río.” Es que muchas veces todo el caudal procede de las residuales, que a la misma cantidad de medicamentos en un hilillo de agua mayor concentración. Despejemos una duda para la gente bien pensadas: las depuradoras solo se tragan lo gordo o fácilmente capturable. El resto de contaminantes se les escapan y vuelven otra vez a los ríos.

Son las aguas medicinales de las que nos habla El Roto. A quien no hemos pedido permiso, y nos disculpamos, para publicar su viñeta, pero expresa con pocas palabras todo lo que nosotros queremos decir.Imagen

Así pues, aquí tenemos una tarea pendiente: reducir la medicación para que el agua limpia permita que más seres vivan en ella sin peligros acumulados. Por cierto, en algunos tramos renaturalizados del Manzanares al menos se ha recuperado en parte la flora y la fauna visibles.

La calentura de los océanos nos puede socarrar

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Poseidón, en latín Neptuno, y sus cohortes anduvieron muchos tiempos protegiendo los mares. Empezaron en el Mediterráneo, que visto lo conocido hasta entonces debería parecer un océano. La tarea se tornó complicada pues los descubrimientos de los hombres añadían masas y masas de agua. Empezaron Colón y compañía. Puede que antes los vikingos ensancharan las aguas libres en grandes masas, pero estos ya tenían a Njord y a su diosa Ram para modular las aventuras de esos individuos. Después Magallanes y Elcano tuvieron su aventura de circunvalación marítima y la cosa se complicó. A todos estos se añadió el inglés James Cook  que igual se iba, en barco, a la isla de Terranova que al Océano Pacífico, se pasaba años viajando por los océanos durante los cuales estableció el primer contacto registrado de los europeos  en Australia o las islas Hawái. En fin, que los dioses de los mares y océanos no pudieron llegar a proteger tanta masa de agua. Además tenían enfrente un enemigo poderoso: los humanos y sus afanes de conquista.

¡Así estamos ahora! La OMM (Organización Meteorológica Mundial) avisa que el calentamiento de los océanos está alcanzando niveles de récord, y lo más grave es que dice que lo peor está por venir. El nivel de los mares del mundo ha aumentando 15 cm por cuestiones de deshielo glaciar y otras. El calentamiento global acelerado por nosotros lo está debilitando. Más nos valdría ser cuidadosos al menos para agradecer que en los últimos 40 años al agua marina haya absorbido entre el 20 % y el 30 % de las emisiones de dióxido de carbono que flotan por los aires, lo cual se traduce en que se ha «tragado» una buena parte del calentamiento global».  

Las consecuencias del calentamiento marino, en particular de los 500 metros superiores, pueden ser devastadoras, según cálculos del IPCC. Y no hemos dicho nada de la contaminación de las aguas y sus consecuencias, que colaboran en un desastre anunciado. Ya se empieza  a notar el socarrado en algunos territorios terrestres (sequías, hambres, migraciones, incendios, etc).

Algo se podría hacer para frenar semejante desastre, pero los países que podrían liderar el cambio de tendencia andan ocupados preparando guerras, como ahora sucede con el caso de Ucrania. 

España pierde el primer lugar de los infractores ambientales en la UE

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La Unión Europea, lenta para casi todo por los múltiples papeleos y presiones diversas, elabora cada año unos listados de las infracciones ambientales abiertas a los países miembros.

Nos habíamos resignado a ver a España en primer lugar pero mira por donde en el último informe aparecemos, con 24, detrás de Grecia (27) y Francia (25), aunque a corta distancia de estos y de otros muchos. Que si medimos las infracciones, con lo que cuesta abrirlas, podemos afirmar que los países miembros pueden hacer bastante mejor las cosas para mejorar su calidad ambiental.

En la estadística de infracciones abiertas por la UE correspondiente a 2021, pensemos que la pandemia habrá tenido su incidencia en el número de investigaciones en curso por causas diversas, aparecen 373 casos, muy alejados de los 451 del año 2020. Si analizamos los sectores donde hay más expedientes abiertos vemos que son gestión de residuos (79 infracciones que representan el 36 % del total), contaminación del aire (60 y 16 % respectivamente), en la naturaleza (86  son el 14 %), agua y otras.

Por cierto, en el año 2020 éramos los primeros detrás del Reino Unido, que por lo que se veía «pasaba un poco o bastante de lo que dijera la UE. Ojo a los datos de 2018, cuando ciertos gobiernos andaban en manos de algunos. ¿A qué habrá sido debida esta pérdida de España en la lista del horror ambiental en la UE? Hagamos cábalas. Además, pensemos que estas listas recogen las infracciones grandes abiertas, por ejemplo Doñana, el Mar Menor y compañía, y se pierde la contabilización de muchos golpes ambientales que en cualquier región se están soportando con los usos del agua, la contaminación del aire, la gestión de residuos y el reciclaje, etc. 

Nada se dice ahora del Algarrobico y otros atentados ambientales en nuestras costas. La entrada daría para mucho pero la dejamos aquí.

Las sequías marcarán el futuro, o lo negarán

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Nadie sabe cuando va a llover. Los trigales salen en romería para encomendarse a los campos, los frutales tempranos miran hacia arriba. El conjunto de la biodiversidad se sorprende de la despreocupación humana, cual si vivieran en un tiempo transitorio. Unos y otros se conforman, o mejor prefieren no decir nada, esperando que la diosa Naturaleza los socorra.

A la vez, la gente escucha un día tras otro los noticiarios del tiempo. Pero para saber si la lluvia le fastidia sus previsiones del fin de semana o vacaciones.  España es una tierra de sequías pero no lo parece. Los embalses se vacían aún más por servidumbres agrícolas y desembalses para generar electricidad cuando la luz estaba por las nubes.

Acaso es que la lluvia se ha cansado de llover, de ser un remedio sin tiempo ni colores, de figurar como una esperanza a caer en el olvido. La lluvia vivió siempre en el escenario de las incertidumbres; tanto que se llevó con su ausencia civilizaciones enteras. 

La sequía en España es un fenómeno recurrente, pero ojo cuando se inmortaliza la sequía. Al principio es una anécdota que el tiempo de días o meses se llevará por delante. Y vuelta a empezar. Pero ahora no sucede tan sencillamente. Dicen que se va intensificando por eso del cambio climático. Pero ojo, con negarla por olvido. Por muchos embalses que queramos hacer la lluvia no se retiene, se olvidó de llenarlos. Sequía prolongada es sequía vivida, aunque los urbanitas no la lleven dentro de sus preocupaciones. Poco les importan las sequías hidrológicas y agrícolas.

¿Qué haremos si no llueve pasado un tiempo? Un buen tema de debate social. Un asunto prioritario para ser tratado con coherencia en los parlamentos, allá dónde los políticos soportan aguaceros de verborrea sus sesiones y pocas veces sacan a relucir la lluvia fina. Esa que esperan sobre todo la gente rural y la biodiversidad en retroceso, muchas veces por falta de agua. Quienes sí tienen miedo a la sequía. Los parlamentarios deben hablar de la lluvia. Máxime cuando se pronostican años más secos. Apetece entrar en el hemiciclo y recitarles el poema de Federico García Lorca (1919):

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable.
Una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.
Es un besar azul que recibe la tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.
Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.
La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de una mañana imposible
con la inquietud cercana del dolor de la carne.
El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales.
Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre.
Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.
¡Oh lluvia silenciosa sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacífica que eres la verdadera,
la que amorosa y triste sobre las cosas caes!
¡oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres.
El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentágrama sin clave.
Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosas irrealizables,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarle.
¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante,
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje!

¿Quién sabe si será el detonante parlamentario de la sensatez compartida?

Los mayores carbonizadores del aire «se acercan» al ecologismo

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Me ha hado por introducir descarbonización en el buscador de Internet y en los primeros lugares aparecen una industria energética, un gran banco que tiene parte de su dinero en fondos de inversión poco beligerantes con el intento de hacer el aire más respirable, seguidas de otras dos multinacionales de la energía, amén de marcas de coches excelentes. A poco que alguien sea avispado y piense, entenderá que si semejantes empresas se promocionan como líderes en la descarbonización es por algo. Apuntemos que quizás actúan así porque que sienten remordimientos por sus antiguas y nuevas prácticas o, muy probablemente, porque necesitan presentar su teñido de verde a la ciudadanía. Así venden más.

Leemos en la prensa y escuchamos muchas veces cada día que nuestra tarea de habitantes de 2022 consiste en impedir que el mundo ecodependiente se deshaga. Albert Camus sigue vivo, a pesar de haber fallecido en enero de hace ya 62 años. Nos quedamos con aquello de que “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizás sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”.  Será que, como él y otros muchos filósofos, poetas y escritores han lamentado que “todas las desgracias del hombre provienen de no hablar claro”. Suficiente material para la reflexión de si somos o no los principales, o algo, responsables del cambio climático.  Si lo conseguimos se lo iremos a contar a Camus al cementerio de Lourmarin. 

Por cierto, hace 125 años, allá por 1896, Svante Arrhenius, premio Nobel de Química unos años más tarde (1903), predijo que los niveles de COatmosféricos podrían alterar sustancialmente el clima de la Tierra. Desde aquí vaya un merecido homenaje.

A pesar de haber transcurrido tanto tiempo y de tener muchas evidencias, los mayores contaminantes siguen sin creer del todo aquella predicción. Por eso hay que descarbonizar la mente y la vida con urgencia, cada cual en sus responsabilidades, que todos las tenemos.  “La verdad, como la luz, ciega. La mentira, por el contrario, es un bello crepúsculo que realza cada objeto”. También lo expresó con dulzura Albert Camus.

Leer artículo completo en el blog La Cima 2030, de 20minutos.es. 

Por cierto, dediquen unos minutos a enterarse del estado real de los humedales en su territorio. Hoy es su Día Mundial. Por ello duele más el estado de los Parques Nacionales de Daimiel y Doñana, en España. También el hecho de que en los últimos 50 años se haya perdido el 50 % de su superficie.