El cambio climático reprende a la ambición humana por crecer

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El planeta está condicionado por algo llamado entropía. Solamente los bichos raros prestan atención a semejante palabra. El concepto también importa. Más todavía si se topa con la ambición humana, con una generalización de esta virtud/vicio. La realidad climática nos está demostrando que es más delirante que cualquier ficción literaria o cinematográfica. La ambición humana por crecer prioritariamente en lo económico es tan ilusa que quiere tenerlo todo controlado. Tanto que muchas personas se creen invulnerables en un mundo que en realidad le es extraño, por extranjero y difícil de entender. Ya lo aventuraba Fénelon para quien «La ambición está más descontenta de lo que no tiene que satisfecha de lo que tiene», y debería conservar, añadiríamos nosotros. Tiempo antes, el gran Miguel de Cervantes escribió algo como que «pocas o ninguna vez se cumple con la ambición propia que no sea con daño de tercero», si bien ahora es también al cuarto, quinto y así hasta el infinito.

Quién sabe si puede haber cordura en este momento de locura. Queremos tener más en un mundo que necesita ser menos. La soledad de los predicadores del decrecimiento es patética. Se encuentran con que pocos de los destinatarios del mensaje quieren enfrentarse a la realidad, muchos menos aliarse con ella. ¿Cómo es el mundo de hoy?, cuando menos extraño a pesar de que sabemos mucho de él, del cambio climático por ejemplo. A la vez que queremos la libertad de ser y tener; somos un misterio en conjunto. ¿O no?

Cambio climático y ambición humana se deberían conjugar con ecología, economía ajustada, educación y ética universal en grandes proporciones. Cabrían también una larga dosis de salud propia y ajena y mucha dimensión social en medio. Parece que no nos preocupan las sociedades futuras, aunque continuamente digamos lo contrario. Bueno, cada cierto tiempo sí porque para eso están las cumbres climáticas y los informes del IPCC, que son una reprimenda muy seria. En estos documentos encuentro mucho cambio climático y propuestas ambiciosas con beneficio universal. ¡Qué decir!

A veces de la impresión de que cuando nos cansemos/destruyamos esta Tierra nos iremos a otra. Hasta ahora quienes nos mandan/engañan con los PIB y el consumo nos están demostrando que la ambición humana y el cambio climático no se pueden coordinar. ¿Podría ser al contrario? Antes o después tendremos que reconocerlo. ¿Será tarde ya?

Mientras, estemos atentos a lo que predican o se comprometen la gente poderosa en Glasgow, COP26; más que nada por si se acuerda de los compromisos de París, si de ella salen ambiciosos acuerdos para detener el cambio climático. Al tiempo, pero nos falta tiempo como diría Benedetti.

Pesadumbres de la pasión electrónica en tiempos de cambio climático

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Más de una vez me sucede que miro al horizonte mundial y de allá lejos viene Orwell resucitado y aumentado; también se aprecian las siluetas de otras mujeres y hombres que le dieron vueltas al asunto de pensar. En esta ocasión me cuenta, o me imagino, que una maraña electrónica ha capturado nuestras mentes, casi de manera universal. Las puertas de la inteligencia y el pensamiento están continuamente abiertas. Por allí se cuela todo. 

Me avisa de que la araña tejedora de Facebook, cual Gran Hermano, se ha aliado con trece universidades y centros de investigación para desarrollar el proyecto Ego4D”. ¡Vaya nombrecito más aparente! Con su desarrollo, si tienen suerte y dinero (esto parece que les sobra), construirán algo que logre enseñar a las máquinas a entender lo que ve y escucha, como si fuera uno mismo. Mas bien que uno deje de serlo. Algo así como si nos quitasen los ojos, oídos y lo que es peor: el pensamiento autónomo. Cuando leo cosas de este estilo me acuerdo de aquella la frase de Juanjo Millás de “llevar la  cabeza en el bolsillo”, o tenerla encima de la mesa o en el bolso; a veces pegada permanentemente a las manos. Incluso he visto a algunos bebés ir en sus carrito jugando con el móvil, en lugar de tener en la boca el chupete para entretenerse. Así empiezan a sujetarse a la maraña electrónica. Me digo: ¡vaya penuria!

Porque pasión rima con apasionados-as pero también con padecimientos. ¿Cómo mantener la coherencia?

Con más frecuencia de la debida me pregunto si esto de la dependencia electrónica será bueno para el devenir ecosocial del año 2030. Y en el caso de que así sea, si servirá para que el medioambiente y sus habitantes reduzcan una parte de sus problemas. Por eso, desde mi humilde despiste me atrevo a pedir a los gigantes de la electrónica que van a construir esos programas tan «inteligentes» que consideren también la posibilidad de que los aparatos, los chips y los algoritmos apuesten por la sostenibilidad social y natural: antes, durante y después de su utilización. Total, unos cuantos algoritmos más. Aun así nos nublarían las mentes, pero al menos el rastro que dejamos en asuntos como el cambio climático, que está de promoción estos días, se aminoraría. Por cierto, se me nubló el horizonte y no veo a Orwell pero sí a otra gente que quiere conservar la facultad del pensamiento no electrónico, por más que esté sometido siempre a errar e ir contracorriente y le genere alguna pesadumbre que a lo mejor el algoritmo le solucionaría. Habría que ver en qué dirección y con qué sentido.

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Medioambiente saneado como derecho humano

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El Consejo de Derechos Humanos de la ONU acaba de aprobar una resolución que reconoce que “vivir en un medio ambiente sin riesgos, limpio, saludable y sostenible es un derecho humano sin el cual difícilmente se pueden disfrutar de otros derechos, como la salud o incluso la vida”. Hay que congratularse de esta decisión. Sin embargo, en el texto no queda totalmente explícito que no tenemos ese derecho por ser nuestro el medioambiente sino por formar parte de él. Por tanto, habrá que extender ese derecho al planeta en su conjunto y a cada una de sus biodiversos habitantes.

Los derechos humanos se ejercitan en interacción con todos los pobladores de la Tierra, vivan donde sea y ocupen un estadio u otro en el entramado de la vida. Si se desea construir un mundo que se articule con el disfrute universal de cada uno de los derechos humanos, incluidos algunos tan prioritarios como la salud y la vida, solamente puede conseguirse en el contexto de una ecodependencia amigable, dedicada en primer lugar a cambiar interpretaciones erróneas del uso del espacio y a restaurar desastres previos, a valorar que el medioambiente es una interrelación compleja. Decir saneado significa no estar expuesto a alteraciones graves inducidas por la acción antrópica. Hecho que sí sucede ahora.

Lo saben bien quienes no disfrutan de esos beneficios. El pasado 16 de octubre la FAO lo dedicaba a recordar que la alimentación también es un derecho. Señalaba que más de 3.000 millones de personas, casi el 40% de la población mundial, no pueden permitirse una dieta saludable en un medioambiente que muchas veces les resulta poco acogedor, o está muy deteriorado. Salud y vida se construyen en correlación con la alimentación, además de otros vínculos. En su Web se puede leer que «También deben considerar los diversos vínculos existentes entre las áreas que afectan los sistemas alimentarios, incluida la educación, la salud, la energía, la protección social, las finanzas y demás, y hacer que las soluciones encajen. Y deben estar respaldados por un aumento considerable de la inversión responsable y un apoyo enérgico para reducir los impactos medioambientales y sociales negativos en todos los sectores, especialmente el sector privado, la sociedad civil, los investigadores y el ámbito académico.» Ojalá podamos decir dentro de un año que ha habido avances significativos.

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Toca aclimatarnos a una vida ecosocial en un planeta inestable

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Julio Verne decía aquello de que la Tierra era cada vez más pequeña porque podía recorrerse más rápida que hacía cien años. Nos gustaría poder preguntarle qué piensa ahora del asunto. Quién sabe cómo calificaría el que hayamos tardado tanto en darnos cuenta de que todas las colonizaciones también entrañan riesgos para el ejército invasor, a pesar de que cada vez tiene más poder tecnológico y cuenta con más atacantes. Más todavía si todo se desarrolla en un espacio cerrado, por ahora, como es la Tierra.

A este derecho de soberanía que es la apropiación múltiple le surgieron siempre problemas. Quizás se debe a aquello que decía Bárbara Ward, economista y periodista que hacia 1960 empezó a hablar del desarrollo sostenible: nos hemos olvidado de ser buenos huéspedes, de cómo caminar ligeramente sobre la Tierra como hacen sus otras criaturas. Fue ella la encargada de elaborar  junto a René Dubos –científico investigador reciclado al mundo de la ecología del que se dice que se inventó aquello de “piensa globalmente, actúa localmente”- el informe previo a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano, celebrada en Estocolmo en 1972. Aquel documento, que supuso un hito en el pensamiento global sobre el medioambiente, se publicó en forma de libro con un título premonitorio La Tierra es única (“Only One Earth”). También se divulgó con la marca de Sólo tenemos una Tierra. Este axioma, que se repitió en la Cumbre de Río en 1992, fue recordado con aquello de que “no tenemos un planeta B”, enunciado por el Secretario General de la ONU Ban Ki-Moon hace unos años. Una parte de las inquietudes de B. Ward fueron recogidas por el IIED  International Institute for Environment and Development que fundó en 1971.

No tenemos otra solución que aclimatarnos. La crisis climática es la punta, cada vez mayor, del iceberg ecosocial en el que estamos inmersos. Ya constituye un problema de salud colectiva, como nos recuerda el Instituto de Salud Carlos III. Luego está la cuestión ecológica, económica, de biodiversidad, de dinámicas poblacionales, desigualdades, etc. 

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El examen de la educación española en 2030

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Es un año tan nombrado en todo el mundo que parece que tras él comienza una nueva era. ¿Quién sabe? Por lo que afecta a España, además de otras muchas transformaciones ecosociales y económicas pendientes, debería suponer la consolidación de una educación diferente, desde la Primaria hasta la Universidad. Deberíamos llegar a ese año con las hechuras firmes. Sin embargo, estamos contemplando que las variables ecosociales hasta ahora se «resuelven» con argumentos frágiles, basadas sobre todo mercadotencia. Señal de que falta una lectura crítica y un debate reposado sobre lo que significa el Espacio Europeo de Educación para 2025.

En 2030 y en los años siguientes no habrá sociedad posible, entendida en sus interrelaciones favorables, si la educación no se toma en serio. Recordemos que la educación de calidad es uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS. 4). En torno a ella se nos ocurren proyecciones transformadoras tan delicadas como el respeto al prójimo, las crecientes desigualdades, lo que suponen unos derechos humanos universales, la pertenencia a un conjunto multidiverso, la ecodependencia social, el complejo mundo de las emociones, las variables vitales ligadas al cambio climático, las incertezas que van y vienen, etc. 

Lo exige el mundo cambiante actual; no podemos anclarnos en la escuela de hace décadas. Pero por ahora, nuestros representantes políticos se enfrentan por casi todo y desatienden la educación para 2030. No es una escena nueva. Cada vez que se quiere revisar la Educación, suponemos que para mejorarla, se origina una esporádica tragedia nacional en forma de ideologías contrapuestas, que poco tienen que ver con el sentido social y transformador que le sería propio. Pasa ahora con la Lomloe, la reforma educativa que corre el riesgo de no llegar al año 2030. Nos gustaría tener una visión renovada de lo que sucede en otros países.

Podrían reflexionar si para esa fecha no sería más conveniente darle alguna vuelta a aquello que afirmaba Emilio Lledó sobre el hecho de utilizar la bandera ideológica como única señal para educar, de que lo que consigue es entorpecer el futuro de la generación. Apostillaba que valdría más tener como referencia una enseña bordada con hilos de “de justicia, de bondad, de educación, de cultura, de sensibilidad, de amor a los otros, de los que formamos parte nosotros”. En todo el mundo se espera mucho del año 2030, si se llegará a él por la pasarela de la ética global. ¿Quién sabe si en España lograremos superar el examen?

Ver artículo completo sobre esta cuestión en el blog «La Cima 2030» de 20minutos.es

Olímpico(D)s en 2030 a pesar de todo

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Ya se cumplen seis años desde que aparecieron los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Durante este tiempo han sobrevolado la acción política, la propaganda mediática, el verdeo empresarial y la atención ciudadana. En una reunión que mantuvieron los mandamases mundiales en septiembre de 2019 en Nueva York se dieron cuenta de que poco habían hecho hasta ahora. Se dijeron que debían relanzar políticas para atender propósitos enunciados hace seis años. 

Si la cosa andaba lenta se empeoró con la pandemia. El Secretario General de la ONU reprendió en Nueva York a los líderes olvidadizos. Sirva como muestra el ejemplo del hambre mundial: puede que el 7% de la población mundial se encuentre en pobreza extrema en el año 2030. Y muchas más cosas que de partida ya no eran nada buenas.

El año 2030 habrá que hacer un repaso serio de lo realizado. También en España, que por ahora tiene muchos deberes pendientes: hay gente que pasa hambre y vive en la pobreza, no hay trabajo digno al alcance de todos y muchas más tareas pendientes que subrayan los ODS; no digamos cómo va el asunto del cambio climático. Por eso no deja de sorprendernos que ahora algunas CC.AA., anden ocupadas en celebrar unas olimpiadas de invierno en 2030. Además, con lo que llevamos hablado del calentamiento global y la crisis climática, del deterioro de la salud relacionado, y de otros asuntos inciertos. Hay que leer este artículo de María Gilaberte- Búrdalo y Nacho López-Moreno del Instituto Pirenaico de Ecología CSIC que manda un mensaje claro: el esquí y los esquiadores deben adaptarse a la disponibilidad de nieve, y no al revés. 

Si apetece, en el artículo del Blog La Cima 2030, encontrará algunos argumentos para poner en cuestión semejante empeño. Podría pensarse que no nos afecta el asunto, que se traduciría en un crecimiento económico fundamental y en más cosas buenas y bonitas. Esperemos acontecimientos pero la complejidad ecosocial y la incierta carretera de la economía exigen hacer mucho caso a la voz de la prudencia.  

P.D.: Ahora Madrid parece que resucita su pretensión olímpica, varias veces fracasada, para los JJOO 2036, se supone que con todos ODS completados. ¿O el asunto es un bulo o un pulso político? Vivir para ver.

Ecodependientes, para siempre

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La mirada triste, el lamento amargo de quienes lo pierden todo ante un grave episodio natural, ahora mismo en la isla canaria de La Palma  con la erupción del volcán, expresa en cierta manera la ecodependencia que siempre nos acompañará. Un hecho de estos supone una quiebra en el calendario social de quienes se ven más afectados.

A lo largo de este año hemos visto como ardía California y el noroeste de América, Siberia, Brasil, Australia, grandes extensiones aledañas al Mediterráneo. Antes la borrasca Filomena nos hizo tiritar en enero y convulsionó la vida cotidiana, además de producir graves daños. Haití volvió a temblar. Inundaciones en EE.UU., Alemania, China, India, Brasil, etc. Terremotos en América del Sur o Indonesia. Huracanes y ciclones azotan las zonas costeras de todo el mundo. Qué decir de las danas que se acumulan ahora cerca del Mediterráneo con una frecuencia nunca vista. Por ahí se dice que los desastres naturales se han incrementado casi un 50% en los últimos diez años.Todos estos episodios no hacen sino recordarnos una y otra vez que vivimos en un inestable equilibrio. Por fortuna, los sistemas de alerta han logrado salvar muchas vidas.

Pero hay catástrofes silenciosas, que van minando sin llegar a ser percibidas por la población porque no son tumultuosas. Buena parte de estas están incentivadas por la acción humana. Por no hacer prolija la lista nos referiremos solamente a la contaminación del aire. Las concentraciones atmosféricas de GEI han alcanzado récords en 2020 y van camino de superarlos en 2021. Ayer mismo, la OMS lanzaba una alerta mundial sobre la contaminación del aire y revisaba varios parámetros que afectan gravemente a la salud por sus efectos acumulativos. Hay una crisis climática de incentivación antrópica que tardamos en asimilar y tratar de mitigar sus efectos en la salud. Ver https://twitter.com/WHO/status/1440671322602819596 

Dado que siempre vamos a ser ecodependientes, e interdependientes, no dificultemos más las condiciones que marcan nuestra vida actual y el futuro global. Sería una muestra de la inteligencia humana teñida de ética global.

Movilidad sostenible en un mundo hiperviajero dominado por los objetos

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Movilidad sostenible es permanecer un rato sin moverse, pensando lo viajera que es o no nuestra vida. También preguntarse cosas tan sencillas como; a dónde nos vamos a dirigir después y en qué medio de transporte; si utilizamos a menudo los pies y piernas que nos llevan a muchos lugares o acaso preferimos hacerlo en un medio de locomoción; a dónde va esa camiseta que tiramos a un contenedor que a su vez hizo un largo viaje hasta llegar a nuestra casa; de dónde vienen las cosas que comemos y el viaje largo o corto que hemos hecho para aprovisionarnos; anotar las veces que compramos por Amazon y esos sitios aunque sea una bagatela que no necesitamos; si en alguna ocasión el deseo de aventura nos ha llevado lejos en low cost; si cierto día nos dedicamos a contar el número de personas que viajaban en un coche y calculamos la media; las veces que utilizamos el vehículo personal para cosas innecesarias; si nos parece bien o mal esos megaaeropuertos que hay por el mundo y ahora quieren construir en Barcelona y Madrid; si pagaríamos la gasolina al precio que fuera con tal de tener la libertad de ir donde queramos en cada momento; si la movilidad tendrá algo que ver con lo del cambio climático; si la salud y la movilidad están relacionadas; si el lugar donde vive aprobaría o no en movilidad sostenible; si le cuesta mucho poco practicar la ciudadanía sostenible en una movilidad responsable; si antepone el disponer de cualquier cosa de inmediato al desplazamiento sostenible para lograrlo, etc. Por último, ¿cómo definiría movilidad? Lo de responsable es cosa suya.

Seguro que después de responder a estas preguntas y otras muchas podremos participar con más fundamento en la Semana Europea de la Movilidad. Tenga siempre en cuenta  cuando acabe el sonido de las bellas intenciones y el ruido del lavado de cara de la semana si la vida seguirá en un circunloquio permanente.

Caso de que no le apetezca, le invitamos a leer despacio y pensar aquello que dijo Jean Baudrillard, filósofo y sociólogo francés (1929 – 2007) y feroz crítico de la sociedad de consumo, que veía la movilidad desde la esfera de los objetos y necesidades:
„El mundo de los objetos y de las necesidades será así el de una histeria generalizada…, en el consumo, los objetos se convierten en un vasto paradigma donde se declina otro lenguaje, donde habla otra cosa. Y podría decirse que esta evanescencia, que esta movilidad continua que hace imposible definir una especificidad objetiva de la necesidad …, que esta huida de un significante al otro, no es más que la realidad superficial de un deseo que es insaciable porque se basa en la falta y que este deseo, por siempre insoluble, es lo que aparece representado localmente en los objetos y las necesidades sucesivas.“

Se nos ocurre una pregunta después de leer esto: ¿La movilidad se consume o se consume movilidad?

Amargores veraniegos para el mundo ecosocial

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Nos refugiamos en el verano para huir de los desastres anteriores. Pero sin darnos cuenta se asomó el apocalipsis del mundo. El colapso no viene en forma de meteorito, como aquel que se llevó a los dinosaurios hace unos 66 millones de años. Hoy las amenazas son más sutiles o distintas. Las advertencias del tiempo pasado ahí están en forma de dilemas del presente: olvidos éticos, desastres ambientales, récords de temperaturas que se quedarán en anécdotas, evidencias científicas, disgresiones políticas y desigualdades crecientes, entre otras. El miedo atenazó meses pasados por momentos con episodios muy sonados por su intensidad y recurrencia. Pero en verano los nubarrones se disipan pronto, aunque descarguen tormentas y agobios por el calor. Las emisiones olímpicas alejaron al medioambiente de nuestras ataduras mentales.

El verano no consiguió limpiar la(s) crisis ambiental(es). Quedaron en forma de incendios en los países ribereños del Mediterráneo, en California o Siberia y sequías varias. Anteriormente en inundaciones porque los ríos quisieron recuperar sus cauces usurpados. Las máximas mandatarias europeas Der Leyen y Merkel se acordaron momentáneamente del cambio climático. Pero pasó el ruido mediático y la preocupación se disipó.La malla mediática apenas se hizo eco del deshielo de Groenlandia o de las liberaciones gaseosas del permafrost en Siberia. Otros iconos veraniegos acapararon la audiencia, como la publicación del informe del IPCC culpando a los humanos del desatino climático, pero su eco se apagó enseguida. O el caso anunciado de Mar Menor muerto.

Lo que dicen los aguafiestas, por más que sean científicos o ecologistas razonadores, no es bien recibido. No hay nada mejor que taparlo con todo un santoral de iconos placenteros alejados de los daños ambientales. La gente recuperaba la playa y las vacaciones en la liberación pospandémica. Casi al final ha estallado el drama social de Afganistán, que también es medioambiente con borrones humanitarios difíciles de digerir.

Continuará aumentando la fragilidad del medioambiente ecosocial y después…

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«Helibike» en la montaña y otras ligerezas deportivas

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La práctica deportiva es una medida saludable como pocas. Pero realizarla en cualquier lugar tiene sus conques. En particular para el enclave donde se lleva a cabo. La gente del Pirineo aragonés está muy airada por la maniobra «deportiva» que supone subir a gente a bordo de un helicóptero a un pico para que desde allí se lance cuesta abajo en bicicleta. Imaginamos que las personas que se deslizan a toda marcha verán satisfecho un reto determinado. Eso defienden las empresas que publicitan estos cuestionados viajes. Existe el precedente de aquel «descenso brutal» que realizaba el conductor de un programa televisivo por Benasque. Dicen que contaba con permisos del Gobierno de Aragón.

El respeto a la naturaleza y sus biodiversos habitantes debe primar antes que la descarga de adrenalina en los enclaves singulares. Durante este verano, la gente se ha lanzado a tropel por ciertos lugares de los Pirineos que gozan de fama por su riqueza natural. Casi se formaban colas como aquellas del Everest. Las afecciones que provocan en los enclaves pesan más que el posible beneficio para la salud humana. Por supuesto que la naturaleza está para disfrutarla, pero con algunas prevenciones. De hecho, una parte de quienes van por allí a expansionarse o superar un reto personal lo hacen sin el equipamiento adecuado, incluso por el glaciar del Aneto. Aumentan año tras año los rescates de la Guardia Civil de Montaña en toda España. 

Para nada es una veleidad deportiva transitar por las redes de senderos que existen en todas las comunidades. Permiten una captura emocional sosegada de la naturaleza y sus habitantes. Hoy se puede obtener suficiente información en Internet sobre ellas. Si vienen a Aragón dense una vuelta antes por «Chino Chano«. Allí encontrarán explicadas de forma amena rutas para todas las edades, gustos y necesidades. Esto sí que es deporte saludable sin prisas. Un reconocimiento desde aquí a sus responsables y al guía senderista. Somos conocedores de que hay otros canales, televisivos o no, que enseñan recorridos pausados en otras comunidades autónomas y en Europa.

Al paso que vamos, nada quedará en paz con eso del deporte extremo, tan de moda últimamente. Nos nos extrañaría que se programasen carreras de drones que surcasen todos los picos famosos del mundo (o lagos, o cuevas, o lo que sea) para poner un banderita. Por cierto, las autoridades que deben regular toda la expansión lúdica en la naturaleza, sea deportiva o no, han de estar atentas. 

Sí al derecho a la práctica deportiva en la naturaleza, pero según y cómo.

Desde el espacio, el clima terrícola despierta curiosidades y lanza amenazas

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Vuelo muy alto para ver el planeta entero. Para imaginar el reto cambiante de lo vivo. Para entender un poco las imágenes que dicen que demuestran lo del cambio climático. Desde tan lejos no veo personas, pero sí sus rastros en el suelo. El aire se me hace imperfecto en su comprensión. El Planeta se mueve, lo sabía Galileo. El planeta en una conjunción que se conjuga consigo mismo. Pero no solo. Al mismo tiempo tiene complementos humanos, más o menos concordantes. ¿Lo verían de igual modo los dioses griegos que sabían alejarse hasta el infinito?
El planeta de El Principito resultaba enigmático. Tan pequeño y difícil de abarcar. La Tierra, con sus ropajes de agua y aire resulta bella. Así es para quien la mira en positivo porque la belleza se busca dentro de sí mismo. La Tierra acoge el mundo de las relaciones, que le confeccionan sus ropajes. Cambia de moda y a la vez permanece desnuda. 
Desde lejos, esta esfera parece querer decir algo. La miro una y otra vez en las imágenes de la ESA, sin salir de ella. Me paseo por sus distintas entradas y no dejo de maravillarme. A cada una de la imágenes, alarmantes o no, le pongo un título de película: Amanece que no es poco, Apocalipsis trescientos, Los grandes dictadores del consumo, Alicias maravillándose, El amor en los tiempos del cambio climático, Gravity pero mucho, La conquista del oeste de algo que gira hacia el este, En busca del fuego, La quimera del agua, Odisea 2030, El clima del carbono no es para el verano,  y así hasta llenar la infinita página de los deseos no satisfechos.
¿Dónde estarán los dioses que “crearon” el planeta sin asegurarle un clima perfecto, universal y para siempre?  Se olvidaron de que debían acondicionarlo para las personas y las otras biodiversidades. La sucesión temporal hizo de las suyas; millones de años es mucho tiempo. Ahora tenemos delante un menguante calendario. Los humanos se pusieron en su contra. No se sabe la razón.
Con todo me pregunto qué hago yo para cambiar el clima. ¿Quedarme en el espacio o volver a la Tierra? Personas y meteoros se miran con desconfianza.

 

Un mar de fábula en su génesis que acabó no siendo, ni menor

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Lo llamaban Mar Menor pero no se sabe si lo era. En la costa sureste de la península Ibérica se cerró una parte de un mar abierto y nació otro. Una fábula sencilla de la naturaleza: crear y renovar, con algo de destruir. Para ello se alían las fuerzas naturales y el tiempo. El mar que no se sabe si lo era, en la interacción entre aguas saladas y otras llamadas dulces procedentes de la tierra. Daba un punto de arte a los mapas de España: azul apenas separado de azul, como en los cuentos en los que los dioses se reservan espacios peculiares. Acaso una copia de la Talasa griega.

 Pero llegaron los hombres y fabularon, mejor especularon con él. La riqueza entusiasmó en sus orillas. El suelo dejó de ser uno y pasó a otras tareas. El agua dulce llegada de muy lejos se llenó de sales. Qué ironía que ni aun así la llamasen salada. Los hombres lo convirtieron en un sumidero al que vertían las inmundicias de sus actividades económicas y vivenciales. Alguien protestaba pero era poca gente porque el dinero ganado a su costa tapaba muchas bocas.

En una fábula atribuida a Esopo, “El granjero y el mar”, se cuenta que la diosa Talasa podía adoptar forma humana. Cierto día los dioses fluviales se reunieron para quejarse de Talasa, porque ellos le ofrecían el aguadulce, en tanto que ella, que tenía amargos dones, solo contenía agua salada, estéril para la vida. La fábula, sea cierta o no su atribución, tiene su reverso imaginado. Porque los dominios marinos de Talasa siempre eran menores que los de Neptuno o Poseidón. 

El mar clamaba su abandono con el altavoz de los ecologistas pero la escucha llegó tarde. Ahora el Mar Menor es poco más que un estanque muerto, no es ni siquiera mar. Lo dicen las toneladas de escombros de biodiversidad que se recogen en sus orillas y se ven dentro de él. Nadie se hace responsable; parece que en aquella tierra no ha habido ni gobernantes ni gobernados.
Mientras esperan que los dioses arreglen los desperfectos, el turismo sigue llenando hoteles, la agricultora circundante abona hasta el aire. Las autoridades de allí piden a las del Estado la declaración de “zona catastrófica”. Suponemos que será para mostrar a Europa y al mundo entero lo que no se debe repetir: la especulación con algo que es libre y debe quedar para el futuro. Más que nada para que aquellos ecosistemas únicos que quedan no acaben muertos. Por obra y gracia de la catastrófica acción humana. 

La fábula inconsistente del botón arreglatodo

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Érase un mundo difícil de verdad. Costaba entender la magnitud de cada esquina de la vida. El singular oscurecía al plural, cual capa mágica al estilo Potter. Una mirada alrededor desvanecía a los seres incómodos, esos que forman el ejército de los transparentes del pensamiento. En realidad no eran grupo, venían y se iban sin ton ni son. El desorden se convertiría en rutina. El pensamiento prefiere encasillar. Así se evita las nostalgias.
Alguien miraba. Veía a las personas como deberían ser frente a como son. Quería llegar a ellas 
para plantearles como podrían ser si pensasen en plural. Antes de abordarlas se pensó por qué decir del mundo lo que no hay, cuando ya se hacen esfuerzos imaginativos para desfigurar lo que hay. Quería asegurarse de hablarles con propiedad. Si es que se puede estar seguro de la objetividad realista. Dudaba si apoyarse en la plasmación de la alienación social como punto de partida para lanzarse a experiencias colectivas que renovasen el futuro. Incluso se le pasó por la mente recurrir a la variopinta naturaleza presentándola en forma de compleja simplicidad. Se ilusionaba pensando que eclosionaría una avalancha realista como en la segunda mitad del siglo XIX. Acaso demasiado fabulada y poco fabulosa.
Se lanzó en busca de la reconciliación de la gente con la existencia colectiva. No lo tenía claro. Otros muchos intentos habían fracasado. Al final se decidió. Pulsó el botón arreglatodo, ese que soluciona de inmediato los problemas del planeta y sus criaturas. El mismo que sirve para olvidar las guerras,las desigualdades o el cambio climático, las hambrunas y pobrezas, xenofobias y otras lacerantes menudencias, etc. 

¡Qué pena que se le olvidase dejarnos escrita la(su) moraleja!

 

La trascendente necesidad de la acción humanitaria

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Hoy nos llaman la atención sobre la acción humanitaria, a la que se le dedica este día. El panorama mundial no puede ser más desolador. La necesidades crecen de manera exponencial mientras que los recursos menguan. Si no fuera por la personas y organizaciones que se dedican a paliar las graves carencias de millones de gente, el mundo hubiera perdido ya totalmente su ética, si es que existe algo que se pueda llamar así.

Hoy se honra a hombres y mujeres que ponen su vida al servicio de los demás. Por ejemplo desde Save the Children, ACNUR, UNICEF, Oxfamtantas entidades bajo cuyo nombre están las personas comprometidas, nacionales o extranjeras, que socorren allí donde se necesita. Las hay que surcan los mares para rescatar a quienes huyen de graves penurias. Otras como Cruz Roja y organizaciones locales menos conocidas prestan ayuda básica a los recién llegados a los puertos. También merecen ser recordadas las personas que desde las instituciones dirigen una parte de los recursos presupuestarios al socorro de los vulnerables. A menudo teniendo que luchar contra partidos políticos que predican xenofobia y otros que la permiten. Hablamos tanto de España como de Europa.

Ahora mismo nos llaman especialmente a la acción humanitaria desde Haití o Afganistán, por poner solo dos ejemplos. Pero qué podemos hacer a escala personal. Seguro que algo se nos ocurrirá. ¡Qué el Día de la Acción Humanitaria sea permanente!, hasta que las desigualdades queden reducidas a la mínima expresión. Cueste lo que cueste. Deberíamos comenzar redefiniendo cada cual lo que significa “humanidad” y “humanitarismo”, en todas sus dimensiones. Pero urge darle contenido práctico y comprometido.

 

El mundo social se hace pedazos en un verano catárquico

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Cuesta mirar los informativos o leer las noticias. El verano ya no es anodino. Siberia y California siguen ardiendo; en Europa mediterránea España se suma a Grecia, Turquía e Italia. Olas de calor convertidas en océanos. Groenlandia perdiendo aceleradamente sus hielos fósiles. Más razones para creer en el calentamiento global. Tiembla de nuevo Haití a la espera de un nuevo ciclón que haga más difícil la vida. Parece que la corteza terrestre tiene una lista de lugares malditos que quiere eliminar. Afganistán entra en demolición; en realidad nunca salió de ella. Ya dudábamos que las potencias occidentales recompondrían el puzle étnico de aquella zona. La pandemia sigue campando a sus anchas en países más o menos ricos. Los inmigrantes continúan su calvario, aunque sean niños. Se anuncian nuevas riadas por el dominó afgano.

Un noticiario televisivo se ha convertido en una película de terror, en un escaparate de la negrura. Si sigue así la cosa dudaremos del futuro. Más todavía para esa gente que se acumula en el aeropuerto de Kabul y la que no se ve de Afganistán, donde mujeres e infancia serán quienes más pierdan. Las vacunas atemperan la vida de los países ricos a la vez que desesperan la mirada de los pobres, en una mezcla de miedo y petición angustiosa. A este paso deberemos dejar de hablar del mundo y escribir sobre los muchos mundos, que son la conjugación del verbo vivir con muchos complementos detrás. Malo será cuando el grito unánime se lamente de la situación y suene mucho el ¡tanto para tan poco!

La economía parece que se recupera, aunque no sepamos hacia dónde va. La gente rica o media rica sale de vacaciones más o menos largas hacia lugares más cercanos, pero se mueve. Las petroleras aprovechan para hacer su agosto elevando el precio de los combustibles fósiles. En España y otros países la luz sube sin parar; dicen que por el precio del gas. Casi nadie lo cree.

El verano ya no es la estación del relax sino un paréntesis ocupado por la preocupación: salud, economía, ecología, ética universal, educación, sociedad, infancia, etc. Incluso la gente positiva u optimista duda del futuro. La maniobras de quienes dominan el conjunto de los mundos se mantienen oscuras, puede que lleguen a ser perversas.

Por todos los lados surge la pregunta: ¿Qué vendrá después? Ojalá el fin del verano nos despeje alguna de las muchas incertezas, y que sea para bien.