Silencio en las aulas

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El periodo escolar toca a su fin. El curso que ahora termina tuvo sus momentos señalados para el profesorado y el alumnado: más o menos exitosos, reflexivos o no, compartidos o individuales, novedosos o monótonos, etc. En realidad, la educación obligatoria transita en el silencio social para quien no la viva en directo; acaso alguna vez se la menciona, pero tiene escasa persistencia en día a día social. Después de tantas controversias políticas como las que hemos vivido en el último año, no ha quedado claro si existe en los distintos partidos un compromiso de prestar este servicio social; ni siquiera conocemos los principios éticos que lo moverían. Poco importa, llegó el silencio veraniego que hará olvidar lo bueno o malo que haya acontecido en nuestras escuelas.

Podría ser noticia ilusionante, o centro de debate, en las múltiples tertulias con las que entretiene a la gente. La sociedad que se vuelca con la educación obligatoria se educa ella misma. Aprovechen todos, políticos y gestores educativos, familias y escuelas, sobre todo, para imaginar una nueva educación: algo que busque la comprensión de la creciente complejidad social, que transite hacia una sociedad menos desigual, y muy comprometida tanto con el medioambiente como con los más vulnerables. No nos atrevemos a invocar al pacto educativo, pero es hora de que pactemos la singladura de la educación del siglo XXI; llevamos 20 años enmarañados por visiones partidistas y ataduras curriculares. En fin, felices vacaciones a todos; el silencio les guardará algunas ilusiones y se las susurrará en septiembre, para que las asuman o las hagan llegar con fuerza a los referentes políticos y a la administración educativa.

Publicado en Heraldo escolar el 12 de junio de 2019.