Inclusión inclusiva

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¡Qué difícil ha resultado siempre la educación inclusiva! Los buenos deseos tardan en hacerse realidad; unas veces decae la insistencia, otras los recursos o resulta muy complicado organizar caminos de aprendizaje en aulas donde confluye alumnado diverso, en capacidades e intereses. Atender el día a día colectivo ya supone un esfuerzo, organizar una progresión individualizada resulta complejo porque en cada momento surgen nuevas demandas. Además, el profesorado, aun el muy comprometido, se ve desbordado y lamenta su falta de preparación o tiempo para acompañar a cada uno de los demandantes.

Por eso no es de extrañar que haya sorprendido el anuncio del Gobierno de trasladar a aulas de centros ordinarios a casi 40.000 alumnos matriculados en escuelas de educación especial. Este asunto divide a la comunidad educativa: no se ponen de acuerdo ni siquiera los profesionales entre ellos –algún estudio afirma que el 50 % es indiferente al asunto de la inclusión- ni con las familias más o menos afectadas. Los primeros alegan falta de recursos -el Ministerio anuncia la dotación de un millón de € para hacer bien ese traslado-. Entre las familias las hay a favor y en contra, con tendencias muy marcadas según las necesidades de sus hijos. También lo ven mal algunas opciones políticas pues dicen que atenta contra “la libertad de elección de centro” (sic).

Por cierto, en 2019 se cumplen 25 años de la “Declaración de Salamanca” de UNESCO, que llamó la atención sobre los derechos de todos los niños con necesidades educativas especiales a tener acceso a escuelas ordinarias, en el marco de una educación integradora. El asunto no debe seguir permanentemente en el “limbo educativo”.

Publicado en Heraldo escolar el 13 de marzo de 2019.