Arde París

París se ahogaba con la contaminación hace unos días. Un periódico de la capital utilizó la metáfora de un gran incendio global. Solo así se explicaba que los parisinos sufriesen  dificultades respiratorias, restricciones de tráfico, imposibilidad de hacer deporte en el exterior, etc. Soportaban como podían el pánico del posible apagón existencial. Un incidente crítico, en cierta manera como aquel que cuenta la novela “¿Arde París?” de Collins y Lapierre, y la posterior película que tanto éxito tuvo, sobre los momentos angustiosos de la Liberación de París durante la Segunda Guerra Mundial. El “agorero mediático de turno” llamaba a la participación colectiva para liberarla de la tiranía, como en la guerra, pero en este caso de la que provocaba la contaminación del aire. Así contado parece un episodio bélico. Es lógico.

La noticia tuvo cierto impacto en España. París está cerca y seduce más que ninguna otra ciudad. No es lo mismo ahogarse en esta urbe (¿o sí?) que escribir la crónica que se vive casi a diario en otras muchas. Esto es normal en China, arquetipo del aire urbano contaminado, pero también en Japón, a pesar de lo organizados que son los nipones, y en otras urbes del mundo, como sucede estos días en Londres. Aquí todavía no sufrimos esos episodios tan violentos. HERALDO publicaba recientemente (31-3-2014) que en Zaragoza la emisión de 3,35 millones de toneladas de CO2 en 2012 supone volver a los niveles de 2005. Por lo que parece, la crisis económica y una mayor conciencia social pueden estar detrás de esas mejoras. Como el tráfico rodado ha descendido, nuestro aire está un poco menos sucio. Por ahora, y gracias al cierzo, todavía no arde Zaragoza. Pero no debemos relajarnos. La OMS acaba de denunciar que la contaminación mata de forma prematura a siete millones de personas al año, lo que supone que uno de cada ocho fallecimientos en el mundo se debe a la mala calidad del aire. Es la guerra más mortífera; la tenemos delante sin verla.

Europa no se rinde todavía en este conflicto. Ha logrado avances en la gestión industrial pero ha fracasado en la carga ambiental que provoca el tráfico y la regulación térmica de los edificios. Los europeos somos poco cuidadosos, o no nos creemos del todo lo que nos dicen. Como disponemos cada vez de más información ambiental, nos preocupamos de episodios puntuales como el de París. Acatamos la restricción de la circulación durante unos días, pero no muchos, porque el sistema se nos tambalea. No nos queremos enterar de que lo que importa es la acumulación de contaminantes que provocan los coches en un año, por ejemplo. La gente de las ciudades, avisa la OMS, muere cada vez más por enfermedades respiratorias, cardiovasculares, ictus y cáncer ligados al aire sucio.

Se consumió a fuego lento este episodio y los parisinos volvieron a la rutina, como nosotros. Da la impresión de que vivimos en islotes dispersos, en soledades más o menos gratas, pero que no dejan de ser soledades. Algún día dejamos el coche en el garaje y utilizamos el transporte público; intentamos integrarnos en la corriente ecológica. Pero el impulso dura poco, o se le ponen tantas dificultades que dudamos en seguirlo. Dentro de unos días, los catastrofistas ambientales nos amenazarán de nuevo con que el caprichoso cambio climático acabará por sepultarnos. Volverán unos días de retención contaminante, pero se necesitan más esfuerzos para desmontar la incertidumbre. Nos apuntaremos al Plan Renove de calefacción o de los coches, compraremos bombillas de bajo consumo. ¡Bien hecho! Pero el problema es mucho más complejo. Vivimos en un largo ahora en el que el cambio mental no es posible.

Antes, de la contaminación del aire solo hablaban los ecologistas. Después alertaron sobre el clima la ONU y su panel de expertos, que fueron acusados de catastrofistas. La Agencia Europea del Medio Ambiente avisa de que en 2013 el 90% de los europeos estuvo expuesto a contaminantes muy nocivos. Ahora la OMS da una y otra vez voces hasta desgañitarse. Quiere proponer que la calidad del aire sea un bien público global, un derecho humano universal. Responsabiliza principalmente a los estados de la inacción actual. Es verdad, firman muchos compromisos pero se comprometen poco. Mientras, los ciudadanos continuamos en “llamada en espera”.

  • Publicado el 15 de abril de 2014. Por aquellos días la capital francesa soportaba uno de los episodios más serios vividos nunca de contaminación del aire. Otros muchas ciudades de otros muchos países se encontrarán en situaciones similares. La respuesta siempre será débil hasta que…
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