Mochilas rotas

El nuevo curso escolar debería haber empezado ya en Siria, pero no va a poder ser. Allí la maldita guerra impide a los niños coger la mochila para ir a clase. Los periódicos de estos días cifraban en 2,8 millones los escolares de ese país a los que la contienda alejó de uno de los resortes que les pueden ayudar a salir de la miseria. En estos momentos la guerra sigue, como también en Palestina, Afganistán, Irak, Chad, Mali y tantos otros países, desde hace ya años. Quien no esté al corriente de la catástrofe puede acudir a las imágenes y los artículos del blog de Gervasio Sánchez en este periódico. Allí se recoge la mirada crítica de un testigo de la violencia que sufren los niños, sea porque se les emplea como soldados, porque carecen de escuela o por muchas otras causas.

He revisado un informe del programa “Educación para todos en el mundo” (EPT) de la Unesco de 2011 que lleva un título acusador para quien lo sepa leer: “Una crisis encubierta. Conflictos armados y educación”. Decía que en el decenio anterior la guerra había asolado 35 países, en los que 28 millones de niñas y niños estaban sin escolarizar. Denunciaba que apenas un 2% de la ayuda humanitaria internacional iba a parar a educación, que el gasto en educación primaria en 21 países era menor que el que dedicaba a comprar armamento. ¿A quién? A los países poderosos de nombres conocidos. España también figuraba en la lista, en el puesto número 8, y de hecho sus ventas habían crecido en los últimos años un 25%. Hoy tenemos que decir que los escolares afectados por situaciones bélicas no han hecho sino aumentar. Los niños y las escuelas están en la primera línea de fuego de los contendientes. Además se ven sometidos a diversas agresiones violentas, incluidos los fanatismos religiosos -como los actuales de Nigeria- y las persecuciones sexuales -en la R.D. del Congo, un tercio de las violaciones las sufren menores de edad-.

La situación necesita ser reversible. El informe citado apunta a los organismos internacionales y países donantes, que deben ajustar sus investigaciones para saber dónde y cómo se producen las violaciones del derecho a la educación. Habría que mejorar mucho el modo de concebir la ayuda humanitaria, dotándola de más recursos y priorizando la educación, sobre todo la que ahora no reciben los millones de desplazados. Se deberían perfeccionar y agilizar las ayudas para la reconstrucción  y priorizar servicios sociales como escuelas y hospitales. Hay que desterrar las deficiencias actuales en la construcción de la paz mediante el aprovechamiento del potencial que tiene la educación para sustentar estos procesos. Los gobiernos y los países donantes deberían considerar que las escuelas son, ante todo y sobre todo, lugares idóneos para adquirir aptitudes tan primordiales como la tolerancia, el respeto mutuo y la capacidad de convivir pacíficamente con los demás. Malala, que sufrió el castigo talibán por querer ir a la escuela, se lo dijo bien claro.

Las escuelas de todo el mundo son lugares en donde las exclusiones no deben existir y las diferencias raciales o religiosas no deberían tener acomodo nunca más. En los países más desfavorecidos la educación de las niñas salva muchas vidas, reduce el número de matrimonios de menores, acrecienta las oportunidades de hombres y mujeres, aumenta la tolerancia colectiva; en fin, transforma la vida. Así lo recoge el informe EPT de Unesco del 2013 con datos contrastables, sobre todo en términos de salud. Aunque no será fácil, debemos apostar por esa educación como la mejor mochila que pueden portar a sus espaldas quienes en este momento carecen de escuela o la tienen de baja calidad.

Nuestros hijos ya están preparando sus mochilas, contentos por volver a la escuela. Los niños y niñas que sufren las guerras u otros episodios violentos en el mundo no las tienen, las rompió el odio o las sepultó alguna bomba. Unicef cifra en tres millones los menores desplazados en Siria dentro o fuera de sus fronteras y en medio millón en Irak, muchos más en África. De todas formas, en muchos países tampoco tendrían útiles escolares para meter dentro. Escasea lo más básico: un cuaderno, algún lápiz y un libro de lectura. Hemos de hacer lo imposible para que lo tengan. Ya es hora de que luchemos para que la injusticia deje de reinar en el mundo.

  • Publicado el 26 de agosto de 2014. Por aquellos días, muchos niños seguían sin escolarizar. Una más de las vergüenzas globales del siglo XXI.
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