Desbarajuste mundial

El título es prestado, algunas de las ideas también. Podrían pertenecer a cualquiera que se pregunte si esta civilización occidental, que ha logrado imponer su modelo hasta a los chinos, ha triunfado, o si su victoria parcial significa un fracaso. Pero uno y otras son de Amin Maalouf, el libanés galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2010. Su discurso en la entrega de los premios supuso una llamada de atención existencial. Se lamentaba el escritor de la falta de respuestas a cuestiones trascendentales para el devenir global. Alertaba de que no nos preocupa conocer el tipo de sociedad que queremos construir, en qué valores la vamos a sustentar y cómo vamos a utilizar los recursos para saber vivir todos juntos, para que nuestra diversidad deje de ser calamidad y se convierta en provecho.

Parecía que el siglo XXI iba a ser el de la madurez, auxiliado por la cultura universal de la mano de las nuevas tecnologías. Pero hemos consumido trece años del nuevo siglo y seguimos sin brújula, más o menos como lo empezamos. Hemos enarbolado muchas banderas, más bien la nuestra muchas veces, sin reparar siquiera en el color de la de nuestros posibles interlocutores. A la hora de poner remedio a los males futuros, la supervivencia excluyente ha podido demasiado. Cuesta creer que todavía haya gente que niegue la evidencia de unas alteraciones climáticas -llamémoslas cambio o como queramos- que van a provocar tragedias y desplazamientos masivos de población en un futuro cada vez más cercano. Como algunos no tenemos la completa legitimidad científica, no podemos añadir certezas absolutas a estas previsiones. Nos cuesta abandonar todo en manos del porvenir. Nos preocupa que cada vez haya más gente afectada por episodios dramáticos relacionados con pulsiones meteorológicas. Y en eso no erramos, solamente hay que revisar lo que día tras día recogen los medios de comunicación.

Qué habrá sucedido para que, en noviembre del 2013, el Banco Mundial recomiende a las grandes economías del mundo adoptar un sistema de ayudas urgente –el llamado mecanismo de pérdidas y daños- para socorrer a los países afectados por fenómenos climáticos extremos (sequías, inundaciones y tifones). Querríamos pensar que ha aumentado la conciencia global, pero parece que no; al menos la Cumbre de Varsovia no lo reconoció. Puede que existan otros motivos más económicos: hay que ahorrar una parte del dinero destinado a paliar los efectos de las catástrofes. El Banco Mundial cuantifica en unos 150.000 millones de euros anuales lo que destina a la preparación para paliar efectos y a reparar los destrozos. Su presidente incluso señala que el mundo no puede “permitirse el lujo de poner fuera de su plan de acción la reducción de las emisiones de efecto invernadero, la ayuda a países para prepararse para el cambio climático o los riesgos de los desastres”. Porque además pueden desatarse grandes cambios de repente.

A quien esto escribe le cuesta creer algunas voces premonitorias que dicen que nuestra civilización se agota. Se resiste a reconocer que entidades y personas públicas hayan sobrepasado el nivel de incompetencia ética, que los ciudadanos no tengan memoria y no piensen en sus hijos y nietos. Siempre es un buen momento para recuperar la credibilidad ética y poner en marcha actuaciones correctoras del despiste ambiental que nos aturde. Si el cataclismo climático no se produjese, habríamos conseguido beneficios por la adaptación de hábitos y la reducción de emisiones a la atmósfera, y una clara mejoría en la salud global. En ese caso, tendríamos que pedir disculpas por haber sido tan insistentes. Pero si llegara, es mejor haber cambiado nuestros comportamientos. Se habrán reducido sus efectos y nos adaptaremos mejor a las nuevas situaciones.

Porque en verdad, lo que nos honrará a todos será, como nos recordaba Maalouf, la apuesta por comprender las complejidades vitales de nuestra época y el deseo de imaginar soluciones para que sea posible seguir viviendo en nuestro mundo. El escritor acababa el citado discurso alertando de que no disponemos de un planeta de recambio, “sólo tenemos esta veterana Tierra, y es deber nuestro protegerla y hacerla armoniosa y humana”. No olvidemos Filipinas, ni Haití (4 años ya y siguen padeciendo las mismas penurias).

  • Publicado el 21 de enero de 2014. La desigualdad mundial no dejaba de crecer.
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