Soberanía alimentaria

Solo una palabra. Casi cinco millones de entradas en Google sobre soberanía. Una palabra icónica. Los pueblos no han dudado en enzarzarse en cruentas guerras para defenderla. Los políticos la han utilizado muchas veces. Ahora mismo está presente en el conflicto territorial español, porque su significado de espacio físico prima sobre todos los demás. Acaso también pesa en exceso la acepción que la liga al ejercicio de la jerarquía en un territorio, porque por desgracia las autoridades han sido muchas veces impuestas. En cierta forma, soberanía y autoridad se pelean, al menos cuando las personas no las interpretan en su dimensión ética global.

Soberanía alimentaria. Dos palabras trascendentales unidas, 350.000 entradas en Google. Se pronuncia en todos los idiomas. Tiene su acepción material, porque dota de recursos que aseguran la pervivencia de un grupo social. Por eso, todas las civilizaciones antiguas se proveían de recursos alimentarios para asegurarse el futuro. Cultivaban o criaban varias especies vegetales y animales, por si algunas fallaban en un momento determinado. Si así ocurría, la civilización se tambaleaba. Apreciaban la biodiversidad aunque no la llamasen así.

Pero la soberanía alimentaria hoy se basa bastante en lo inmaterial, en su papel impulsor de las generaciones que nos siguen. Este distintivo le confiere una autoridad moral, cercana a la excelencia social. En la España no capitalina, ese proyecto de futuro se apoya en unos sentimientos, a veces intangibles, que pueden hacerse realidad en forma de pueblos vivos. Pasaron los tiempos de cultivos extensivos, encaminados únicamente al beneficio económico de las grandes redes comerciales. En cierta manera, esos nuevos métodos tuvieron algo que ver en la despoblación rural. Hoy, en nuestras comarcas, se elaboran productos ligados a la pervivencia de los territorios. Trazas del pasado enganchándose al futuro, que de otra forma se antoja difícil. Productos de la tierra, elaborados con mimo por los campesinos, agrupados en asociaciones de productores o criadores, que tienen el auxilio de nuestra universidad y de los consejos reguladores. Cada vez están más impregnados de calidad, del distintivo ecológico. Han logrado incrementar el valor añadido de un territorio. Por eso, muchos horticultores y ganaderos recuperan razas y especies diversas que aseguran la biodiversidad, que no necesitan tantos incentivos químicos para crecer, que les ayudan a soñar con seguir viviendo en sus pueblos.

Lejos de aquí, muchos países de África, pero también de fuera de ella, pierden a pasos agigantados su soberanía alimentaria porque sufren la presión de las multinacionales y padecen la colonización de empresas de cultivos industriales, a las que venden sus tierras fértiles. En los últimos 5 años ha cambiado de manos allí casi el doble de la superficie cultivada en España. También América Latina y el Caribe sufren esa codicia. Mientras, los productores de esos territorios obtienen cada vez menos renta, pues los precios se marcan en capitales lejanas de los países ricos. La FAO, que denuncia que 900 millones de personas pasan hambre, aprobaba hace unos meses una ley marco de “Derecho a la alimentación, seguridad y soberanía alimentaria” para poner coto a los desmanes en los territorios más castigados. Los productores, que han perdido la biodiversidad cercana, son rehenes alimentarios de las grandes compañías. Estas se marcharán cuando ya hayan agotado las tierras. Las hambrunas no harán sino crecer.

En estos días de proximidad afectiva a los nuestros y al territorio natal, en los cuales el consumo alimentario crece, es bueno mirar en nuestras mesas. Consumir alimentos de temporada es ayudar a la biodiversidad de especies, que nos salvará de momentos críticos si las maniobras comerciales de los depredadores multinacionales arrecian. Consumir alimentos de proximidad no es solamente hacer soberanía territorial. Es combinar el placer de lo auténtico, la reeducación del gusto y de los sentidos, con la responsabilidad social y la biodiversidad alimentaria. Es recompensar a quienes intentan acercar a los consumidores lo mejor que nuestra tierra puede dar con unas propiedades climáticas y unos suelos determinados. Pero, sobre todo, es luchar para que el medio rural aragonés no muera definitivamente.

  • Publicado el 7 de enero de 2014. El mundo caminaba a la brutal dependencia alimentaria de otros, muy alejados, demasiado aprovechados.
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