Niños salvados

El mundo permaneció atento a la evolución del afortunado rescate de los niños tailandeses atrapados en la cueva, como si fuera una epopeya colectiva. La infografía desplegada por los medios de comunicación nos hacía sentirnos portadores de las botellas de oxígeno, empujándolos a salir. Finalmente fueron salvados: un logro de la acción coordinada, sin escatimar esfuerzos personales y recursos técnicos; así debe ser, pues la vida de los más pequeños es nuestro tesoro.

Frente al despliegue mediático de ese afortunado rescate se coloca el silencio informativo sobre los millones de niños y niñas afectados por las guerras o explotados como soldados –Unicef cifra estos últimos en 300.000–, los que viven en la calle –según la ONU, 150 millones–, vendidos o esclavizados como mercancías para trabajar –la OIT dice que superan el 23 %–, cautivos en África con excusas religiosas o fundamentalistas, etc. Olvidarlos es negarles su existencia, a la vez que recrudece la ignominia colectiva en los países ricos, convenientemente tapada por la menguada AOD (Ayuda Oficial al Desarrollo), que en España supuso el 0,19 % del PIB en 2017, casi la mitad del año anterior. En realidad es un fiasco si se compara lo entregado con lo comprometido; más todavía cuando los miembros de la OTAN, España entre ellos, están dispuestos a dedicar el 2 % del PIB a gastos militares, según les manda el señor Trump.

Vivir cada día es un reto personal en un espacio colectivo; diferente en cada lugar, muy complicado para mucha gente de toda condición, raza y religión, ahora y en el futuro, sobre todo en lugares pobres. Si quisiéramos palpar la conciencia social global se nos escurriría entre los dedos; en ocasiones levanta fronteras físicas o mentales, pero lo más grave es que la comparten muchas personas que tienen una incapacidad absoluta para convertirla en compromiso. Da la impresión de que el uso de esa conciencia queda a menudo circunscrito a una llamarada episódica, a un escenario concreto, pero apenas cuenta en la tan necesaria reestructuración social ante las crisis globales. Por eso está cada vez más devaluada; así queda reflejada en el espejo de ciertos gobiernos y personas. Menos mal que algunas de estas emplean su moralidad contra las injusticias y prestan ayuda desinteresada de diversas formas a los niños y niñas de cerca y de lejos, con actuaciones directas o socorriendo económicamente a las ONG.

Sorprende que algunos líderes políticos españoles expresen su rechazo a la intención del Gobierno actual de crear un alto comisionado de lucha contra la pobreza infantil, que se deberá ocupar de dar protección social a la infancia en riesgo de exclusión o de pobreza; que en España existe, como vienen denunciando Unicef y Save the Children. Queda por ver cómo lo hace y si se dota de recursos necesarios, pero queremos creer que la oposición política lo será por desconocimiento; sería obrar de mala fe si las trabas partidistas tuviesen más valor que las necesidades de una parte de la infancia y la adolescencia españolas. Además, la desatención de lo social lleva un mal ejemplo a la sociedad española; así resulta que esta parezca cada vez más una suma de individualidades e intereses, tanto que las personas se acomodan a vivir juntas y sentir separadas.

Para vencer esta atonía, la conciencia personal debería ir conectada al empeño social, al deseo de restañar la fragilidad de los vínculos humanos. Zygmunt Bauman nos previno de que tanto en la esfera pública como en la privada sería necesaria una mirada interna a la banalización de lo éticamente incorrecto, que se muestra a menudo en la indiferencia ante el sufrimiento de los demás, en los constantes despliegues de insensibilidad, como ocurre con los niños no salvados. En lo personal acudimos al “yo poco puedo hacer”; sin embargo, cada persona ha de crear su propia conciencia moral en un escenario colectivo. Debe ser muy aburrido pasar toda una vida satisfaciendo únicamente los propios intereses, ya sea como gobernantes o si se desempeña el papel de ciudadanos; también los medios de comunicación. Todos se explayan en hablar a menudo del bien común y de la justicia universal, pero caen en continuos renuncios. Toca practicar la conciencia y convivencia global con los niños y niñas olvidados, de aquí y de fuera.

  • Publicado en Heraldo de Aragón el 24 de julio de 2018.
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