Mediterráneo plastificado

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Los romanos lo bautizaron como Mare Nostrum, por aquello de que bañaba los países conocidos hace unos dos mil años; creerían que en cierta manera les pertenecía. Hoy es más nuestro que nunca pues enormes barcos lo surcan, baña a los turistas y además una parte de lo que contiene se lo hemos añadido; nos referimos a los millones de vertidos que van hacia allí cada día, y en especial a los plásticos, la plaga ecológica de la que no podemos culpar a la naturaleza, como solemos hacer con esas otras amenazas ambientales que tenemos pendientes.

Con motivo del Día Mundial de los Océanos, el 8 de junio pasado, WWF publicaba el informe “Una trampa del plástico. Liberando de plástico el Mediterráneo”, en el que alertaba de que España -que ocupa el cuarto lugar de la UE en el consumo de plástico, el quinto en su producción- es el segundo país que más vierte. También decía que los plásticos suponen  el 95 % de los residuos totales que los países ribereños lanzan al Mediterráneo; resulta inaudito siento tan “nostrum”. La salud ecológica del mar, de sus habitantes, pero también de las zonas costeras y su atracción turística están en peligro por el masivo uso de los plásticos, por una pésima gestión global de los residuos en las poblaciones que vierten al mar (a la cabeza Turquía, España, Italia, Egipto y Francia) y por la adición de residuos que provoca el masivo turismo. Así, en ese mar semicerrado, entre trozos grandes y microplásticos –de estos se dan concentraciones 4 veces superiores a las que se encuentran en el llamado mar de plástico del Pacífico- matan la biodiversidad y entran en la cadena alimentaria. Es posible que dentro de pocos años las especies marinas que desde allí nos llegan a la mesa estén plastificadas, que los pescadores dejen de serlo y los turistas, si fuesen un poco exigentes, no aparezcan por las costas mediterráneas.

No es nada exagerada la afirmación de Greenpeace, que publicaba recientemente “Un Mediterráneo lleno de plástico. Estudio sobre la contaminación por plásticos, impactos y soluciones” de que el plástico ha monopolizado nuestra vida diaria en forma de envases, cosméticos, ropa y calzado, materiales de construcción y un largo etcétera. Un gran avance, dirán algunos, si se contempla desde el extremo de los beneficios que procura, de las tareas que facilita, etc. Sí, pero hay que mirar algo más en él. Su creciente producción y uso amenazan con colonizar cada rincón del planeta, incluso ya han llegado al Ártico y la Antártida. La contaminación actual, debido a su fácil dispersión y su lento proceso de degradación, es preocupante en la superficie y en los fondos marinos pero también en las aguas superficiales, así como en nuestras calles y plazas, en los montes cercanos e incluso en áreas de importancia ecológica. Pero lo será mucho más dentro de pocos años debido al elevado incremento de producción de plásticos y nuevos usos.

Hay que actuar urgentemente, y esto no compete solamente a las administraciones. Estas deben dictar normas de uso que limiten la producción y el consumo, potenciar la reutilización –actualmente solo se reciclan el 30 %- y prohibir el sobre empaquetado –el nuevo signo de los tiempos en las áreas comerciales que plastifican hasta una patata-; habrá de incentivar económicamente la reducción de su uso. Los productores han de asumir sus responsabilidades utilizando alternativas ecológicas para los de un solo uso, y la recuperación del resto. Los comercios habrán de avanzar en la eliminación de las bolsas. Los consumidores deben ser consecuentes con el problema y rechazar de una vez por todas las malas prácticas a la hora de comprar y gestionar los plásticos en sus domicilios; olvidarse de esa nefasta cultura del usar y tirar.  Por cierto, hace falta mucha más transparencia a la hora de informar sobre qué productos de limpieza, cosméticos y de aseo personal contienen o no microplásticos, esferas limpiadoras y exfoliantes los llaman en los spots publicitarios.

Una cuestión preocupante que merece medidas contundentes, como la reciente desaparición de bolsas de un solo uso de los comercios, y una participación generalizada de los consumidores. ¿Seguirá siendo el turismo un vector importante de la economía en las zonas costeras de un posible Mediterráneo plastificado? Al tiempo.

  • Publicado en Heraldo de Aragón el 10 de julio de 2018.