Ordesa mítico

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Una maravilla natural, pequeña o grande, es siempre un compendio de geología, historia y vida múltiple. Ambas características se cumplen en el P.N. de Ordesa y Monte Perdido, espacio delimitado para preservarlo y conservarlo, protegido por varias figuras (Reserva de la Biosfera y Patrimonio Mundial). Muchos caminantes recorren sus senderos: unos se sienten afectivamente cerca ante el regalo que supone la naturaleza, otros creen encontrarse en un escenario sagrado. Entre todos, junto con la biodiversidad y geología que los acoge, componen el sistema Ordesa, cualidad intrínseca que compone un conjunto multiforme y variable en su devenir, con el que los humanos establecemos una relación siempre pretendidamente amistosa. A veces la estética domina, en ocasiones golpea el sentimiento conservacionista y, también hay que reconocerlo, no faltan ni el escapismo urbano ni el aséptico recorrido, cual si fuera una carretera que conduce a la Cola de Caballo o más arriba incluso. Transitar por sus sendas es sinónimo de aventura, deporte, sentimiento e imaginación; a veces conocimiento y olvido; en ocasiones atropello multitudinario. Esto sucede cuando las voces del gentío y los colores de sus ropas predominan; así es muy difícil encontrar la esencia que uno iba a buscar: sentirse y ser una parte de Ordesa.

Seguro que en algún recodo de esa percepción compleja reside el gusto por cierto elemento concreto, el preciso conocimiento de lo observado, la profundidad de su significado conjunto y una buena parte de lirismo, verbalizado con quienes te acompañan o dirigido a algo que ves, a un animal que escuchas, a un simple ruido del agua o el viento, al conjunto de las paredes y barranqueras, al quebrado horizonte celeste, a ese sentimiento interno que el tiempo guardó.

Reúne muchas distinciones que lo hacen único: unas en forma de papeles internacionales, otras por la biodiversidad que acoge y exhibe para los visitantes. Aunque solamente sea porque sirve de espejo social para organizar un pensamiento crítico sobre lo que supone este enclave, y por qué hay que protegerlo, merece una mirada atenta. Las políticas públicas a veces no llegan al fondo del entramado biológico o de la presión social de los visitantes. Puede que a lo largo de los últimos 25 años haya acogido a más de 15 millones. Por eso, precisa el impulso permanente de un serio Plan de Gestión, con recursos y estrategias de respuesta rápida ante cualquier síntoma de una simple incertidumbre. Además, debemos estar atentos a ciertas amenazas de explotación que se ciernen sobre el conjunto de los parques nacionales españoles. Cuidado con las normas de uso porque cuando el objetivo es el visitante el enclave natural se desvanece. Ha pasado en ocasiones con otros lugares que han sufrido los embates especulativos, amparados en el pretendido disfrute universal, o en la potenciación económica de un territorio, que si se investiga bien se verá que no es tal.

Es mítico porque dicen que por allí se escuchan susurros de Hércules o de Pirene, acaso Atland; porque se ha mantenido en condiciones adecuadas para recordarnos geología, leyenda, algo de historia y vida múltiple. Lo es porque atesora especies vulnerables, como él mismo en su conjunto, y porque ejerce de faro permanente sobre los amantes de la naturaleza y es patrimonio de todo Aragón. Sin embargo, necesita aliados que sean tan persistentes como esos que focalizan su defensa de lo propio en una obra artística o una leyenda milenaria, que también merece atención pero no la exclusividad identitaria.

Cien años después de la declaración como parque nacional, los mitos confunden deseos con realidades, pero también se armonizan entre sí. Ordesa y Monte Perdido reúne unos y otras, pero además es pasado museado y futuro deseado, como otros muchos lugares naturales singulares. ¡Feliz cumpleaños, qué nunca la admiración empuje a la explotación! Asómese a conocerlo en la Web de Aragón virtual. Lo más probable es que la belleza de sus recorridos le atrape por su inmensidad, se convierta en reconocimiento afectivo y compromiso si se decide a visitarlo. Y no lo olvide: Todos somos imprescindibles para rescatar del olvido la riqueza natural de Aragón, no sólo Ordesa y los parques naturales, e incorporarla de forma activa a nuestra bandera.