Humboldt

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La observación científica, la curiosidad y la intrepidez, las ganas de saber y experimentar han movido a la humanidad en su camino hacia la cultura. Pocas veces coinciden todas juntas en una persona; es el caso de Alexander von Humboldt (1769-1859), el gran naturalista berlinés. Enamorado de América antes de haberla pisado, organizó una aventura personal y científica por América de Sur –escaló el Chimborazo, por entonces se creía que era el pico más alto del mundo-, México y Cuba; aún le quedó tiempo para atravesar Rusia. La simple lectura de sus relatos es una magnífica lección de ciencia, geografía y ecología; así sucede cuando anticipa la teoría de la tectónica de placas -por la similitud que encuentra entre algunas plantas costeras de África occidental y Sudamérica-, habla de la biodiversidad como riqueza natural y social o aconseja a los humanos que si intervienen en ella lo hagan conociendo y respetando sus leyes.

Su coleccionismo no era depredador sino que estaba al servicio del descubrimiento científico para hacerlo llegar a todos los lugares del mundo, a las universidades. Clamó contra la deforestación de los alrededores del lago Valencia en Venezuela y aventuró que esas técnicas agrícolas podrían tener efectos devastadores con graves repercusiones en el cambio climático. Fue de los primeros en comprender el clima como conjunto de interrelaciones entre atmósfera, océanos y masas continentales que deberían soportar generaciones futuras, anticipando la interacción y la reciprocidad de cualquier intervención en la naturaleza. Se alarmó en Rusia ante los riesgos de las enormes emisiones de gases de los centros fabriles. Sus ideas chocaban con el pensamiento de entonces, alentado por muchos, entre ellos Buffon que afirmó años antes que la naturaleza del Nuevo Mundo era deforme y lo que valía era la naturaleza cultivada.

Que alguien apreciase en aquellos tiempos que la naturaleza es un conjunto vivo, que los fenómenos concretos solo son importantes por su relación con la totalidad, explica que no estuviese muy interesado en descubrir nuevos hechos aislados sino en conectarlos, “todo estaba interconectado con  mil hilos”. De hecho, si bien todo lo fiaba a la toma de datos, dibujos, anotaciones, etc., era un científico, tras su periplo americano se dio cuenta de que la naturaleza debía concebirse como una red y había que experimentarla a través de los sentimientos. Su “Ensayo sobre la geografía de las plantas” publicado en 1807 es considerado por muchos un libro  científico universal, pues la obra citada sería el primer libro ecologista del mundo. No es extraño que interesase a Charles Darvin –se dice que no hubiera podido escribir “El origen de las especies” sin lo que aprendió del berlinés- o Julio Verne –el Capitán Nemo tenía en la biblioteca de su Nautilus las obras completas de Humboldt-.

Concibió lo que él sabía como algo que debía compartir, por eso no tenía problemas en divulgar y mandar copias de sus trabajos a todo el mundo que las solicitaba, aunque alguna vez incurrió en exageraciones y se aprovechó de los trabajos de otros sin citarlos. Creía en el poder del estudio y por eso se animó a escribir unos “Cuadernos de la naturaleza”, eminentemente divulgativos. Aunque no lo sepamos, está visible en la escuela y en los mapas del tiempo pues él fue quien parece que inventó las isotermas e isobaras. ¡Qué decir de sus observaciones para el descubrimiento del Ecuador magnético!, del que seguro hemos oído hablar menos, pero que de tanta ayuda ha sido para la navegación marítima. Por estas y otras razones se le considera uno de los padres de la geografía moderna. Su último libro, el inconcluso “Cosmos” trataba de la relación entre humanidad y naturaleza que compendiaba en cierta manera muchas de las ciencias conocidas hasta entonces; sorprende que una buena parte de lo que allí decía sirva hoy. Muchos lo relacionarán solamente con esa corriente marina que baña las costas pacíficas de América del Sur. Por eso, se puede utilizar el 5 de junio, Día Mundial de Medio Ambiente, para comenzar “El Año Humbodlt”, pues en 2019 se cumplen 250 años de su nacimiento. Podrían celebrarlo leyendo el libro que sobre él ha escrito Andrea Wulf. Por cierto, ¿Qué nos diría acerca del desastre climático en el que nos hemos metido?

  • Publicado en Heraldo de Aragón el 29 de mayo de 2018.