Educación politizada

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La educación es, básicamente, el método que la sociedad emplea para que los nuevos llegados sigan la estela del grupo. En ciertas ocasiones aspira a ser escenario de cambio cuando se detecta un problema, bien sea en el entorno próximo o en el contexto social. Las actuaciones educativas, también las meramente formativas, las sustentan unas veces la necesidad práctica y otras los ideales, si bien estos son casi siempre impuestos; rara vez tienen un principio colectivo. La educación escolarizada es extremadamente concreta, por su estilo o finalidad en un momento o escenario determinados; incluso se ha hecho tan reglada que pretende uniformar a todos los niños y jóvenes, algo de entrada imposible. La escuela se ha convertido en una institución al servicio de una serie de intenciones y valores supuestos marcados por las élites, casi siempre a su beneficio; si bien estas la han presentado a menudo, incluso en regímenes totalitarios, como una apuesta de renovación social. Sin embargo, la educación debería ser multiforme e intemporal, no perder nunca su idealización ética ni su vigencia permanente en el contexto social, siempre cambiante y diverso.

Los años pasan pero la estructura permanece inamovible: la sostiene el sistema. A pesar de su pretendida universalidad, incluso en el supuesto de que así fuese, no todas las personas la disfrutan igual ni acuden a ella con la misma intensidad. En este momento de crisis múltiples, con un contexto social cada vez más complejo, la educación podría ser un revulsivo colectivo. En buena parte de los países avanzados, crece y se desarrolla estable porque entre todos –sociedad en su conjunto y gobiernos sucesivos- la nutren; además, eligen los suministros y las estrategias de acompañamiento necesarios. Quienes la aderezan son aquellos especialistas (pedagogos y técnicos, maestros y maestras) que se empeñan en diseñar futuros; de ellos son copartícipes las familias. En España no: cuando un partido gobernante lanza su proyecto educativo, la oposición carga en contra, tanto que la posible ley se convierte en un campo de tiro político. Quizás sea porque todas –las siete de la democracia- han nacido demasiado supeditadas a intereses doctrinarios o políticos. Así nos encontramos con que ninguna ley orgánica educativa se ha aprobado con los votos de la oposición, con el consiguiente cortoplacismo y la falta de relevancia. De esto se queja hasta Andreas Schleicher, director de Educación de la OCDE, que algo sabrá o le habrán contado. Cómo verá la magnitud de la politización para hablar tan claro, con lo tenue que es este organismo a la hora de hablar a los gobiernos

¿Quién puede aprender ante esta falta de proyecto colectivo, de múltiples efectos negativos en una sociedad moderna que debería ser compensatoria? La víctima de todo este asunto es la calidad de la enseñanza y su imposible disfrute por todos los escolares. Los presupuestos menguan, los currículos están al servicio de la tradición epistemológica a base de su función acumulativa; para nada se cuestiona el sistema. En este capítulo no podemos olvidar un ministro de turbador recuerdo que hizo de la educación politizada su primer argumento. Tampoco ayudan las presiones de ciertos colectivos, o las leyendas historiadas convertidas en símbolo identitario, que han servido para adoctrinar a los escolares de muchas comunidades autónomas en asuntos varios, vía currículo o libros tendenciosos.

Dentro del marco común de la educación como servicio público, y de la natural libertad para ponerla en escena en las diferentes redes, es urgente una despolitización educativa, cambiarla por una “poliética” para que sea una educación universal, multidimensional, ecosocial, compensadora de desigualdades, consensuada, progresiva, duradera, sin doctrina, adaptada a las necesidades de los escolares. Hoy la politización de las ideas convive con el tormento de los hechos provocados: cada vez menos dinero en los presupuestos para atender a más necesidades. Así, no debe extrañarnos que un tercio de la infancia esté en riesgo de exclusión por la manifiesta desigualdad de oportunidades en una educación que se dice gratuita, y que muchos estudiantes se aproximen al fracaso escolar. Llevamos ya tantos años con parecida esencia educativa que la aflicción nos nubla.

  • Publicado en Heraldo de Aragón el 14 de noviembre de 2017, pág. 29