Envidriados

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No sé por qué pero las botellas de vidrio siempre han tenido un reconocimiento especial. Su historia ya es apasionante. Como muchos de los antiguos adelantos, las vasijas de vidrio nacieron en Egipto o Mesopotamia hace más de 3.000 años. Fueron los fenicios, un pueblo al que todavía no se le ha reconocido suficientemente su aportación a la cultura, quienes utilizaron el soplado del vidrio unas centurias más tarde. Así llegó la revolución para la cosmética, que después los romanos adoptaron para servir sus vinos en la mesa de los ricos. Nos da por imaginar que esta función (ser contenedores de perfumes y vino), además de su transparencia, es el motivo de la alta consideración que las botellas de vidrio han tenido siempre. Unos cientos de años después el arte y el vidrio se encontraron en Murano o Bohemia, y complacieron a la aristocracia. Solo faltaba poner a las botellas un buen corcho; de eso se encargó Dom P. Pérignon, el del champán. Nuevas mejoras colocaron al vidrio en la vitrina de la vida actual, de la que ni siquiera los polímeros plásticos han logrado desplazarlo, aunque hay que decir que hubo un tiempo en que nos temimos que lo lograrían.

Pero la sociedad se empezó a hacer ecologista –o realista, pues veía que no recuperar los envases era un dispendio energético y de materiales– y hace 30 años los contenedores de vidrio inundaron las ciudades y pueblos: ya son casi 211.000 en España, lo que supone una ratio de uno por cada 220 ciudadanos. Tales presencia y cercanía al usuario han podido facilitar el auge de la recogida de los envases. Lo que demostraría que, si el sistema de organización social para la recogida de residuos mejorara, se lograrían magníficos resultados con otros productos. Aquí queda una propuesta para que los materiales tóxicos o peligrosos no deambulen por ahí como todavía hoy lo hacen.

Según datos de Ecovidrio, el año pasado se recogieron en los contenedores verdes más de 750.000 toneladas de residuos de envases, lo cual supuso un incremento de un 4% con respecto al año anterior. Felicitémonos porque de media reciclamos unos 62 envases, lo que se sustancia en casi 16 kg de vidrio. Estos resultados –el incremento sostenido de los últimos años– nos hablan claramente de una progresión de la sensibilización ciudadana en este asunto, porque llegar a una tasa de reciclado del 73 % no es fácil. A escala regional domina claramente Baleares (26,5 kg por habitante); detrás de ella el País Vasco, Navarra, La Rioja y Cataluña. En Aragón (13,6) tenemos todavía un amplio margen de mejora pues estamos claramente por debajo de la media.

Todo esto se ha conseguido por la implicación de la gente en recuperar los envases y reducir su huella ecológica. Solamente con los datos de 2016, han dejado de extraerse más de 900.000 toneladas de materias primas, no se han emitido 500.000 toneladas de CO2 a la atmósfera –equivalentes a retirar 120.000 coches de nuestras carreteras durante un año– y se han ahorrado más de 1.500.000 megavatios/hora de energía. Semejante logro da sentido a lo que en nuestra sociedad es una tarea pendiente: la economía circular. Hay que educar a los ciudadanos en este nuevo modelo de producción y vida.

La economía circular –que, dicho de forma sencilla, es el cambio para hacerla más eficiente en el uso de recursos– asegura la intersección de aspectos ambientales y económicos; es una necesidad de vida global que se concreta mejor hoy en las ciudades, donde mañana vivirá la mayor parte de la población. Necesitamos reorientarlas porque en ellas podría hacerse realidad un modo de organización adecuado de los flujos de materia, energía y servicios; se mejoraría el reciclaje, se potenciaría el uso y la reparación frente a la posesión, así como los servicios, que darían empleo, frente a la posesión de bienes, que serían compartidos. No es una quimera: el reciclado del vidrio, también el del resto de los envases o del papel, pueden servir de ejemplo. Pero fallamos –incumpliendo directivas comunitarias– en la recogida de materia orgánica, que supone más de la tercera parte del total de la basura. Para convertir los deseos en realidad –cambiar el mundo a mejor– necesitamos el efecto acumulado de millones de decisiones éticas, pequeñas y grandes, individuales y colectivas. Es nuestra única salida.

  • Publicado en Heraldo de Aragón el 31 de octubre de 2017, pág. 25.