La madeja de la ira

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La convivencia nunca tiene una estructura simple y definitiva; menos todavía en estos tiempos tan complejos en lo social. La convivencia es compatibilidad, entendimiento, tolerancia y diálogo por eso se trata de una encomienda colectiva a la cual aportan su empuje quienes pueden y quieren. Pues aunque alguien se embarque en el empeño no siempre lo consigue, por la dificultad intrínseca de la tarea o acaso por el poder magnético que ejercen otros para llevarnos por caminos no pensados ni deseados. Quienes condicionan las coexistencias por todo el mundo son los amos del universo anímico, que se empeñan en diseñar futuros para los demás, aunque muchas veces el beneficio sea propio. Se dice, y puede que no falte razón, que el impacto que ejercen las élites políticas y los grupos organizados es trascendente, mientras que los afanes del conjunto de los ciudadanos comunes tiene escasa influencia, por más que en ocasiones esos acudan en tropel a convocatorias públicas. Así transcurre el tiempo social en España y Europa, demasiadas veces supeditado a intereses doctrinarios, políticos o económicos, y por tanto escasamente colectivos.

La vida es un tejer y destejer con madejas de relaciones, con más o menos enredos y nudos. Ya lo era cuando Penélope esperaba a Ulises. Pero desde hace unos meses en nuestra convivencia los hilos los proporcionan emociones identitarias –Reino Unido, Europa del Este, Cataluña, ahora Alemania) que además se intentan tramar con la verdad. Esta nunca suele ser completa en cualquier maniobra de la vida, por eso cunden más las verdades a medias. Nos encontramos con que lo afectivamente hermoso para unos no lo es tanto para otros; pero ambos deberían esforzarse en encontrar lo universalmente bello si desean convivir. Sin embargo, casi nadie parece querer buscarlo. Se dicen muchas frases y palabras, algunas tan concluyentes que lo único que consiguen es oscurecer todo aquello que nos ayudaría a observar mejor. Apenas podemos ver lo que está ocurriendo ante nuestros ojos, o no nos molestamos en entenderlo; así no es sorprendente que los hechos que suceden a una cierta distancia resulten del todo ininteligibles. Además, o por eso mismo, las emociones negativas han oscurecido las positivas en las relaciones territoriales y no presagian nada bueno.

En España, ahora mismo, la mirada se alejó de los valores universales. No debe extrañarnos que afloren tan crecidas la tristeza por el presente, el miedo al futuro y la ira hacia aquellos a quienes no entendemos. En esta tesitura, la convivencia pierde las emociones ilusionantes y la marca la mirada sancionadora. Se barrunta que en la trastienda se deben estar amalgamando muchos intereses; la mayoría de las decisiones políticas se muestran opacas, al menos perdieron la transparencia que las haría inteligibles para la gente, que aún no decide aunque le parezca que sí. La inteligencia colectiva plasmada en convivencia emocionada resulta hoy un muro elevado difícil de remontar, o un murete cerca del suelo que parece puesto para que muchos tropiecen y caigan. A menudo, la desconfianza y el engaño forman parte de la madeja de la vida, en la que los enredos tienen forma de temores y castigos, y en la que sobran esos hilos de ira que tejen hoy demasiadas personas públicas. Al menos eso se sobrentiende cuando se las escucha; por eso mucha gente está desorientada, preocupada por el día siguiente.

Ahora la convivencia parece una representación teatral en donde se espera que alguien caiga, aunque sea de culo. Después la gente reirá o llorará el tropezón, o ambas cosas a la vez. Se dice, referido a tránsitos vitales, que es una lástima entrar en el paraíso en una carroza fúnebre; o permanecer en él con el fango hasta el cuello. Da la impresión de que lo bueno para todos, que algo de eso habrá incluso aquí, interesa a pocos. No podemos seguir tejiendo con la inflamada intolerancia. Para salir de este atolladero deberemos compartir ideas, habiéndolas despejado antes de ciertas ideologías que las enredan; de estas, alguna habrá que barrerla con respeto pero agarrando muchos firmemente la escoba. La solución dialogada no tiene fecha de caducidad pero apremia construirla. Lo que logremos entre todos es lo que no puede nadie solo, y admite ser expresado en cualquier idioma.