Senderos de duda

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La vida, un día cualquiera, está cargada de experiencias que solventamos con recursos propios o con la ayuda de otros, aunque el azar también cuenta. Cada jornada nos embarcamos por elección en asuntos varios, o nos encontramos con otros que no habíamos buscado. Ambos tipos hemos de resolverlos; no cabe volverse atrás, el tiempo acelera por momentos. El pasado –en otro tiempo sólido– nos sirve parcialmente, pues solo es aprovechable en pequeñas parcelas. Con este se mezcla el presente y nos confunde el viaje hacia el futuro, que ya no es sinónimo de esperanza y progreso. Al mismo tiempo, el sistema social se nos ha hecho extremadamente complejo. Estar atento a los medios de comunicación sumerge en el desasosiego permanente: las preguntas dominan sobre las respuestas, los problemas no conducen a soluciones, las corruptelas ensombrecen las necesidades. ¿Cómo explicar que, a pesar de la mejora de las grandes cifras macroeconómicas, el 22,3 % de la población española esté en riesgo de pobreza o exclusión social? Es lo que afirma el INE en la última encuesta sobre condiciones de vida. Añade que es especialmente grave en los menores de 16 años (28,9 %) y en las familias monoparentales; también, que uno de cada diez hogares tiene problemas cada mes para pagar recursos básicos. ¿Cómo salir de la encrucijada?

En lo personal, el camino a seguir plantea dificultades; las seguridades se nos han vuelto frágiles y están expuestas a continuos malentendidos, a permanentes vacilaciones. Dudamos si conseguiremos nuestros propósitos, si lo que tenemos es suficiente, si lo que a nosotros nos va bien a otros no les llega, si nuestro beneficio perjudica al vecino; si la libertad del diferente coarta la nuestra y es una amenaza, como está difundiéndose por la demócrata Europa. Esas contrariedades se convierten en temores y nos descolocan; olvidamos que las certezas no siempre son firmes. Pero si buscamos habrá un resquicio, una puerta más o menos entreabierta por donde podamos entrar en la duda y razonarla, contraponerla con las de otras personas en escenarios sociales en los que reine la ética y así alejarnos un poco del suspense.

En lo colectivo, encontramos tantas lejanías entre lo que se hace y debería hacerse, lo que de verdad es importante y lo que solamente entretiene, que nos sumergen en la incertidumbre. Los mensajes políticos y mediáticos todavía nos confunden más. La diferencia entre el bien y el mal obrar, que debería ser un argumento que nos reconfortase para mirar hacia el futuro, ahora se percibe desdibujada; incluso lo que debería ser denuncia y advertencia en asuntos tan graves como la insolidaridad apenas tiene ecos, pues apenas conmueve de verdad a unos pocos. Es más, si surge una mínima controversia sobre lo que sería necesario afrontar se toma a veces como una agresión personal; es casi virulenta en el ámbito parlamentario, allá donde la interrogación debería ser más compartida que en ningún otro sitio. A quienes detentan el poder les iría bien concentrarse de vez en cuando en el dilema, para recorrer juntos senderos de salida. Al otro lado, los gobernados observamos los discursos políticos alejados de la realidad y conjeturamos si lo que vemos no es tal, si la forma de las ideas oculta su verdadera intención. Porque al final se trata de mejorar la vida de todos –los otros y nosotros–.

Hemos de utilizar la duda compartida como punto de partida, haciendo caso a Descartes, para resolver la situación de los más débiles, de esos perjudicados que cita la encuesta del INE. Se trata de caminar a través del diálogo –tan ausente hoy de la vida pública– hacia la equidad social, que nos pertenece a todos, para no caer en la pesadumbre que llevó a la ruina al asno de Buridán, que de tanta actualidad política está en España y Europa. Como lo más probable es que los resultados no sean inmediatos, siempre debería permanecer la luz de lo inacabado, para alumbrar su mejora. De todos es sabido que la perfección en el obrar no existe y que nada escapa a la complejidad, más todavía en la acción pública; aun así, habrá que ocuparse de rescatar para el pensamiento crítico algunas utopías, aunque nos cueste reconocernos hoy en ellas. Aplazar la actuación hasta que todo se presente claro es un pretexto para no hacerlo. Sobre eso hay pocas dudas.

*Publicado en Heraldo de Aragón, pág. 25, el 25 de septiembre de 2017