Educación para la ciudadanía

Andaba ocupada Victoria Camps hace unos años en mostrarnos los factores que habían podido deslucir la trascendental función de ser ciudadano en nuestra sociedad democrática. Decía que quizás el declive de la ciudadanía, título de su libro, se debía a la reciente consecución de una serie de normas jurídicas y la garantía de ciertos derechos fundamentales. Lo que ella llamaba ciudadanía distanciada se aprecia hoy en la creciente falta de compromiso de demasiadas personas con una serie de valores éticos y políticos. Por aquel tiempo el Ministerio de Educación incluía en la enseñanza obligatoria una materia, “Educación para la ciudadanía y los derechos humanos”, sobre los principios cívicos de la vida en comunidad en sociedades democráticas y en el mundo global que, en cierta manera, sustituía a la antigua Ética de 4º de ESO. Su andadura ha sido polémica. En la severa crítica del enemigo que ha imperado en el quehacer político de los últimos años, los partidos y grupos sociales que no estaban de acuerdo con sus contenidos vieron en la asignatura una intención totalitarista dedicada a moldear conciencias y lucharon contra ella. Sin duda, entre el Ministerio y los opositores falló estrepitosamente el rédito social y la cultura del diálogo (fundamentos de la asignatura propuesta), lo que ayudó a que la palabra ciudadanía se convirtiese en una alegoría de la desidia. Costará mucho restaurarla ahora para la convivencia cotidiana porque el lenguaje perverso ha especulado demasiado con las ideas y las ha contaminado.

El tiempo no ha demostrado la bondad de la intermediación educadora de aquella materia de la LOE, ni de su predecesora la Ética, en las relaciones sociales globales. Queda por ver su efecto cuando los alumnos que la cursaron lleguen a ser protagonistas de la vida pública. Será por eso que los intentos de formación cívica continúan. El Ministerio de Educación, en la Lomce, quiere incluir en 2º de ESO la “Educación cívica y constitucional”, que podría ser realidad en el plazo de unos meses. Posteriormente se han defendido otros postulados con intenciones similares. Tanto esta como las anteriores materias están llenas de buenas intenciones. Palabras casi divinas: ética, ciudadanía, derechos humanos, civismo, etc. Se diría al verlas escritas en el título de una asignatura que los administradores no buscan otra cosa que acudir al rescate de aquel declive ciudadano del que hablaba la filósofa.

Algunos sectores religiosos sostienen que la ética que se enseñe sea la de su confesión, incluso que tenga valor evaluatorio. Otros proponen, frente a estas posiciones emotivas, una intervención compartida escuela-sociedad, empeñada en el desarrollo de actitudes globales. En su interrogación por el futuro defienden una educación cívica que busque recuperar -y aprender- los mínimos éticos colectivos que cualquier persona debería sentir como propios. Una y otra vez repiten que esa nueva (vieja) aspiración nacería mal si se limitase a ser una mera asignatura. Porque ahora los alumnos aprenden teóricamente en estas asignaturas algo muy diferente a lo que aprecian en el que debería ser su campo de experimentación de lo aprendido: la vida pública. El dietario social tiene demasiados tachones: miradas opacas carentes de ética, maniobras defraudatorias, desprestigio de las instituciones, olvidos intencionados de los derechos humanos, incivilidad cotidiana, etc. Por eso, si se quiere dar valor a cualquier materia de este tipo, los agentes sociales deberían hacer suyos los principios que las forman. Si no es así, dado el actual distanciamiento, lo más conveniente es que los responsables educativos la eliminen, a no ser que busquen la formación de ciudadanos críticos que participen en la demolición de los privilegios y las malas prácticas.

Razones hay para que toda la sociedad curse una asignatura plena de “moral y cultura de la democracia”. Para ello será necesario estudiar a fondo, hacer muchas prácticas de diálogo y compromiso. Quizás haya que acudir a clases particulares para revisar si la aplicación de la ley del Talión que vemos acertada para castigar a los demás se compagina con las amnistías morales con las que juzgamos nuestras acciones.

  • Publicado el 5 de febrero de 2013 cuando las ciudadanías ideológicas amenazaban con restringir opciones de pensamiento de amplio consenso social.
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