Anhelos por la sostenibilidad

De vez en cuando toca soñar que es posible vivir todos juntos, aunque el devenir diario se empeñe en despertarte. Asistimos a procesos sociales y ecológicos que dificultan nuestro entendimiento y complican la búsqueda de soluciones. Debe ser que nos encontramos ante un ciclo de vida nuevo, mucho más complejo de entender, que además va desbordando las capacidades de la Tierra. Para reconducirlo necesitamos estrategias de vida diferentes a las que nos han llevado a él, apoyadas únicamente en el desarrollo sin límites alentado por el consumo acumulado. Sabemos que no podemos esperar a que la solución nos llegue de quienes nos han metido en este lío, que perseverarán en sus intereses; por eso los ciudadanos debemos responsabilizarnos de obligarles a rectificar. Los hechos nos dicen que la situación global –nos afecte más o menos en este momento en algún aspecto- es de emergencia en el ámbito social, ecológico y económico. La pena es que no empezamos el año nada bien, azotados por los vientos huracanados de sinrazón ambiental y social procedentes del ya máximo mandatario americano.

Para reducir los efectos del ciclo amenazante toca soñar. Lo pequeño puede ser hermoso para quien intente verlo así, se dice desde hace tiempo. Podemos limitar los destrozos si acopiamos deseos y gestos; lograrlo o no es otra cosa, pero siempre queda algo de satisfacción por haberlo intentado. Cada vez que truenan los desastres globales o locales nos recuerdan aquella reflexión de Mario Bunge que nos advertía “Evolución sí, destrucción desaforada no”, para recordarnos que no es inevitable que sigamos destruyendo aposta la biosfera, como consecuencia de la absurda y acelerada depredación de los recursos naturales con la excusa del desarrollo; argumento estrella del personaje que han elegido 60 millones de norteamericanos para que sea su presidente. Debemos prepararnos –pronto le saldrán aplaudidores en otros lugares que se sumarán a sus tropelías- para luchar todavía más por la sostenibilidad global. Ese cometido quiso ser firme una vez cuando, a finales de 2015, se ratificaron los Objetivos para el Desarrollo Sostenible (ODS); su cumplimiento iba remiso pero ahora incluso será cuestionado como argumento. Por cierto, España lleva mal la tarea a la que se había comprometido, según el reciente informe “SDG Index & Dashboard 2016” (Índice de los Objetivos de Desarrollo Sostenible). Situada en el puesto 30, por detrás de casi todos los países de la OCDE, su desempeño promedio es muy bajo, entre otros, en alianzas para lograr los objetivos (Ayuda al Desarrollo), vida submarina, hambre cero, trabajo decente y crecimiento económico, innovación e infraestructura, enseñanza superior y reciclado de residuos urbanos.

En todo el mundo somos ya 7.500 millones de habitantes, lo cual hace imposible vivir sin estropear un poco el planeta. Pero, si queremos mantenernos, habremos de pasar de ser sus torpes explotadores -dentro del género humano hay demasiados- a convertirnos en sabios administradores, pues una parte importante de él somos nosotros. A los primeros, bien sean quienes dominan el mundo o simples despistados, los empuja la creencia de que los humanos, como seres excepcionales, pueden dominarlo todo. Frente a ellos, hagamos sonar cada vez más fuerte el mensaje de que el principio básico de la vida es la asunción de un código ético que supone la aceptación de la finitud de los recursos del planeta y la interconexión entre todos los seres vivos que lo habitan, sean personas o no, vivan cerca o lejos. Ante esta tesitura, solo cabe implicarse en la participación social y armarse de educación para la sostenibilidad, aunque este proceso será lento y siempre dejará algo pendiente. Debemos envolver en esta tarea a nuestro Gobierno -despistado o interesado en no ver lo evidente- presionándolo desde dentro para mejorar los ODS aquí, lanzarse con argumentos hacia fuera y hacer ver la incoherencia de destruirlo todo. Porque en este asunto de la sostenibilidad global se cumple aquello que dijo Saramago: “La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva”. A veces los anhelos se transforman en sueños: vemos un mundo ligeramente maltrecho, pero al menos hemos derrotado/convencido a los malos.

  • Publicado en Heraldo de Aragón el 21 de febrero de 2017.
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