Limbos juveniles

Nuestra lengua se enriquece con las palabras polisémicas. Nos permiten jugar con ellas para la construcción de ideas y sirven de manera especial para la expresión de sentimientos, pues adquieren matices diferentes según la persona que las pronuncie y el lugar de la frase donde vayan emplazadas. Limbo es una palabra bonita, a la vez misteriosa y contradictoria. En la tradición cristiana era un lugar sin espacio, un sitio ignoto en donde reposaban quienes siempre se encontraban en el camino, por carecer del necesario raciocinio para disfrutar de la eternidad. También se emplea para designar el contorno aparente de un astro, como queriendo decir que se desconoce dónde este comienza o acaba la luz que proyecta. En la escuela aprendimos que es la parte ensanchada de las hojas, allí donde las plantas realizan con mayor destreza la función creadora de materia y transformadora del aire que nos rodea.

Ser joven es una expresión también rica en significados. Equivale a caminar desde la niñez a la madurez, a menudo en un mundo de inseguridades, en un limbo sin contornos fijos. A esa edad, los modelos de vida no están todavía definidos, por eso la construcción autónoma de la moralidad es siempre difícil. A lograrla contribuyen las relaciones con iguales (amigos y compañeros) y con diferentes (entramado social, medios de comunicación, etc.). En unas y en otras chocan los valores positivos fundamentales (tolerancia, respeto, etc.), con los negativos, como la no asunción de normas, el desprecio por el respeto hacia los demás o la ausencia de responsabilidad. Por eso se dice que es tan importante saber elegir al grupo de amigos y que la sociedad debe acompañar a los jóvenes en su camino. Lo saben bien los que tienen un grupo de referencia desviado, pues sus problemas son mucho mayores que los de quienes se fijan en modelos más consolidados.

Ser joven también significa estar más próximo a la fiesta, a la alegría y a la imprevisión. Se divierten en grupos de amigos o acuden a las macrofiestas, en las que muchos de ellos (demasiados) ven el escenario ideal para relacionarse con las drogas que matan. Esta morada temporal en el limbo lúdico soporta la indiferencia de sociedad y administración, que disimulan ante las drogas sociales como el alcohol y el tabaco. Así no es extraño que los riesgos en la salud por intoxicaciones (problemas coronarios, cirrosis hepática, etc.) sean considerables; que las urgencias pediátricas (menores entre 12-18 años) aumenten en los últimos años, debido sin duda a los “atracones etílicos” que tan equivocadamente bastantes jóvenes asocian hoy con diversión y placer. Esos jóvenes, que empiezan a ingerir alcohol antes de los 14 años, han de ser conscientes de que deben acabar con esas cifras terroríficas que nos golpean: una tercera parte de los que tienen entre 14 y 18 años se han emborrachado alguna vez en el último mes.

Estremece la alerta que da la Fundación de Ayuda a la Drogadicción (FAD) de que durante este verano un millón de jóvenes dedicaron una media de 144 horas a actividades donde el alcohol era el protagonista; de que de cada tres estudiantes de entre 14 y 18 años uno no consume, otro una sola sustancia y el último dos o más drogas. El último informe del Observatorio Europeo de Drogas y Toxicomanías advertía de la prevalencia del consumo de cannabis y de otras drogas entre los más jóvenes. No se dan cuenta de que, además de los riesgos para la salud, estos consumos estrangulan de forma creciente su libertad personal por la dependencia económica que crean. Si el dinero no se consigue mediante el trabajo se busca en el entorno familiar, a veces provocando tragedias en las relaciones. Cuando no se logra así, droga y conducta antisocial o delictiva aparecen frecuentemente asociadas.

Impliquémonos en la búsqueda de soluciones. No dejemos que estos jóvenes se aficionen al juego del limbo, esa vara que cada vez se coloca un poco más abajo y que pocos pueden franquear. Ayudémosles a que encuentren el camino en su tránsito personal hacia la madurez, para que su contorno sea nítido, para que puedan desarrollar la potencia creadora en ellos mismos y la transformación social que su juventud puede provocar. Son nuestros y los necesitamos a todos.

  • Publicado el 26 de diciembre de 2012, en vísperas de que muchos jóvenes disfrutaran de sus fiestas navideñas y algunos se acercaran peligrosamente al mundo de la drogas mientras los adultos continuaban con su memoria extraviada.
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