Educación hacia el infinito

Acostumbramos a mirar la educación asociada a números; los concretamos en fracasos o éxitos que nos atañen personalmente o que vemos en otros. Afectan a determinados colectivos y etapas educativas, en particular la Secundaria. Al final, la tiranía de las cifras nos lleva a comparar lo nuestro con otros países, sin considerar circunstancias diferenciadoras pasadas y presentes. Como salimos malparados, no acertamos a acceder con un criterio compartido al sentido y finalidad de la deseada educación. Quizás esta, a modo de hipótesis, podría ser un compendio de emoción y esperanza, proceso y fin en sí misma, igualadora si se aplica particularizada, enseñanza que se aprende o no, reproductiva y creativa, personal y colectiva, instructiva y formadora de personas, organizada y participativa, neutral en parte y a la vez ideológica en su esencia ética, transmisora de conocimientos y muy innovadora, presente y futuro.

En consecuencia, es normal que aumente la indefinición colectiva acerca de la escuela que necesita la sociedad, o que querríamos los profesionales. Dudamos si su diana formativa está en la persona o en la naturaleza y la finalidad de su formación. Si es básicamente en la persona, habrá que cambiar los contenidos y los métodos de enseñar; que nos desmientan los entendidos si no es así con razones demostradas. Si está en la naturaleza de la formación, aplíquense dudas de su necesidad pues enseñamos casi lo mismo que hace 50 años –la estructura epistemológica de la ciencia de las materias, sean o no científicas-, más algo de idiomas, educación física e informática. Si nos fijamos en la finalidad, todavía no sabemos si preparamos para aprobar un examen que haga bueno al libro de texto, para que los escolares salten con comodidad al curso o etapa siguientes y no abandonen, o para comenzar la carrera que haga a los individuos aptos para la sociedad de la que forman parte. Así puestos, este largo preámbulo nos lleva a preguntarnos qué es la educación (¡a estas alturas!) o, más bien, cómo debería ser.

En el alterado momento en que vivimos necesitamos alumnos que, adornados con más o menos excelencia en conocimientos curriculares, aspiren a mejorar su formación y se empeñen en ello, sean poseedores de valores como la solidaridad humana y el respeto por la paz, desarrollen una autonomía para gestionar adecuadamente la libertad, se muevan con delicadeza en cuestiones ambientales y vean en la crítica fundamentada y en el debate responsable de ideas una forma de relacionarse con los demás. ¿Puede la educación, obligatoria y postobligatoria, llegar a tanto? Hasta ahora no lo ha conseguido del todo porque los fines buscados, por su multiplicidad o inconcreción, la han embarcado en atolladeros de los que no ha logrado salir, a pesar de que se supone que los cambios estaban impulsados por buenas intenciones. Solamente debemos releer las leyes educativas y los miles de libros escritos sobre cómo enseñar en los últimos 40 años, para calificar el trayecto y el resultado como poco eficaces para demasiados alumnos.

Tras la acertada, y obligada, reorientación de las reválidas, no se acaba todo. Por eso, bienvenidas sean las intenciones expresadas por algunos partidos –es necesario el consenso de todos- de “sustituir” la aciaga Lomce y sentarse a pactar una educación española perdurable. Quienes la negocien –apóyense en los profesionales- habrán de reinventar su sentido y sus fines, para que sea útil y formativa para el conjunto del alumnado y a la vez atienda a las diversas capacidades. Una educación universal gratuita y de calidad necesitará el abandono de doctrinas y la superación de privilegios, así como el compromiso de destinar los recursos necesarios y evaluar con sentido su desarrollo, gobiernen unos u otros. Para ello deben mirar hacia ese imperecedero infinito que agrupa a gentes y tiempos –que va más allá del comprometido “Marco Estratégico: Educación y Formación 2020” de la UE-. Si no lo hacen terminarán por anestesiar la vida escolar, anodina en este momento. Esta hechura, ya conocida y por eso no deseada, inhabilitará a quienes lo intentaron, enrarecerá las relaciones sociales y nublará el futuro apetecible para muchos alumnos, que serán quienes formen la sociedad del mañana. ¿Querremos? ¿Podremos? ¡Suerte en el intento!

*Publicado en Heraldo de Aragón, pág. 23, el 6-12-2016.

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