Nostalgias veraniegas

Vuelven a su lugar de origen por unos días, porque la emigración los llevó lejos. Aquí comparten besos de bienvenida y sonrisas amplias aderezadas con algunas arrugas y temblores por los dilatados alejamientos; se encuentran con otras soledades retornadas, recuperan rostros que los adioses habían borrado. El verano se convierte así en un periodo complaciente, alegre, festivo. Mayores o jóvenes, ¡qué más da!, vuelven para recuperar algo de lo que dejaron aquí. Unos marcharon en busca del desarrollo hace 50 años, otros persiguieron recientemente horizontes laborales acordes con una buena formación porque se les negaban aquí. Todos guardaron en su memoria postales de un pasado ahora revivido; con él participan de las fiestas locales, que es una buena forma de recuperar sentimientos largo tiempo arrinconados.

Comparten con otros nativos, resistentes en sus localidades o emigrados, varios de los sueños que imaginaron; quizás los inventen porque es la única manera de que las nostalgias veraniegas no les nublen los ojos. Intercambian miradas con sus seres queridos, cargadas de otros universos vividos o desdibujadas por sentidas ausencias. No dirán nada, o sí, de sus áridas soledades, de sus realidades perdidas, y también hablarán de sus buenas colocaciones. Porque siempre resulta difícil compartir el desarraigo con los éxitos, el pasado con el presente, ya que el futuro no se sabe si está escrito. En cualquier caso, recuperarán acentos perdidos, frases conocidas e innumerables sentimientos.

El Aragón rebosante del verano es una imagen ficticia. Frente a ella, la despoblación continuada actúa como una rémora para cualquier proyecto social. Se fueron los de los pueblos en tiempos pasados, acosados por una vida difícil, atraídos por oropeles costeros o capitalinos; lo hacen nuestros jóvenes hoy ante la falta de expectativas de vida. Por cada emigrante aragonés que regresa salen casi cuatro al extranjero.

La forma en la que desde hace tiempo se contempla la emigración debería causar preocupación. Parece que ni los números sirven a los políticos -anteriores y actuales- para contar. Para darse cuenta de la tragedia demográfica solo hace falta echar un vistazo a los datos del INE: España perdió 150.000 habitantes en 2015; el mayor número desde que comenzó la maldita crisis, que ya acumula casi medio millón de salidas. Aquí en Aragón cada vez somos menos (se pierden 32.000 habitantes en tres años) y más mayores (el 21% supera los 65 años); un mal escenario de partida para conectarnos con el futuro.

La deliberación en torno a este tema dura poco en los proyectos colectivos. Las ideas para la acción se disuelven al día siguiente, aunque se hayan aprobado numerosas resoluciones en los Parlamentos de Bruselas y Madrid, e incluso aquí. No existe un encaje natural del espíritu de las leyes con la realidad, pero nos resistimos a creer que sea imposible. Al tiempo, aquí mismo, estamos dejando de ser un espacio común social, abierto al futuro, que podríamos aprovechar para reforzar nuestras identidades. Aliviados por la nostalgia, a veces enfermos de ella, nos agarramos con insistencia al pasado. Corremos el riesgo de que nos satisfagan demasiado los halagos de la historia de reyes y señores. En estas maniobras se ocupan a menudo nuestros políticos, incapaces de avanzar el futuro porque están anclados en las grandes hazañas o en defender sus dominios. Pero siempre, ser aragonés, fuera del verano, es un sentimiento de definición escurridiza. En cada uno de nosotros interacciona de distinta manera sobre el solar territorial, con el tiempo y el espacio social, en ocasiones hacia la melancolía. Da la impresión de que Aragón es una emoción histórica, que nos acerca a un lamento por el tiempo pasado, distinto. Aunque en ocasiones la actualidad política hace de catalizadora, algunos de sus representantes se despistan y nos desorientan en un exceso de representación en sus simulacros de patriotismo.

En todo caso, evitemos que la identidad social mute en olvido y desvanezca el argumento vital de una sociedad: la conciencia crítica sobre cómo el futuro se puede construir. Es más conveniente emplearla como metáfora creativa, basada en esperanzas posibles porque las compartimos todos. Los veraneantes se fueron ya; nos dejaron el pasado revivido.

  • Publicado en Heraldo de Aragón el 6 de septiembre de 2016, cuando algunos visitantes se volvían a ir de sus lugares de origen.
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