Los vuelos de la esperanza

En la sociedad tecnológica, las estaciones todavía enmarcan la vida; el cielo se torna diferente con la llegada de la primavera y el verano. La meteorología dominante, que proyectaba un cielo dormido, queda superada por la vida. Los pájaros irrumpen y dibujan trazos móviles, que adornan con sus cantos y colores. Por momentos, apetece ser uno de ellos. Los hay que surcan el aire en presencias cortas; otros se mantienen volando, en inverosímiles equilibrios, mientras la luz alumbra, buscando el sustento alimenticio propio y aquel que les permite sacar adelante a sus crías. Entre esos, cada año distinguimos a los pequeños migrantes de plumaje negro, vencejos y golondrinas. Son nuestros, por familiaridad estacional y cultural, pero también africanos, es decir, mestizos. Desconocemos cómo se sentirán ellos, qué adornos patrióticos tendrán sus ganas de vivir. Recorrer cada año unos 4.000 kilómetros para llegar hasta aquí debe tener detrás una motivación muy fuerte. Someterse a los peligros del viaje, dominar los movimientos de las cambiantes masas de aire, supone tal esfuerzo que su recompensa será algo más que procrear y mantener la esperanza de vida de la especie, que ya es suficiente. Aunque cada vez vienen menos; la naturaleza tiene sus misterios.

La migración como esperanza de vida es también el argumento de partida hacia Europa para otros paisanos suyos que recorren tantos o más kilómetros, que también aprovechan el buen tiempo para dar el salto. No migran por una simple propensión a los sueños; las guerras y el hambre los expulsan de su tierra. En su viaje caerán muchos, pero no hay listas de embarque. El desierto reduce sus posibilidades de alcanzar la tierra de la esperanza; tanto que el tiempo ya no lo miden los calendarios, sino el día superado. En su periplo desde el África subsahariana, pero también desde Siria, Eritrea, Irak, etc., los traficantes los someten a todo tipo de vejaciones, indignas de la condición humana. Algunos viajan, al contrario que los pájaros, con sus retoños inmaduros; nuevos peligros añadidos y otras esperanzas frustradas. Los contemplarán los pájaros negros en sus vuelos mediterráneos, en escenas de dolor, sometidos a esa horrenda tragedia de 2016, repetida y escandalosa, muchas veces asesina. Por eso, sus trinos se tornarán tristes, portarán estrofas de pena.

Pájaros y personas atraviesan un lugar en donde dos mundos se unen y confrontan: el de la esperanza de los que llegan y el de la sobreprotección excluyente de los que estaban, condicionada por los gobernantes de los países europeos que dicen proteger la vida colectiva. Mientras, cuando llegan a la orilla norte del Mare Nostrum, suenan silencios, apenas rotos por lamentos fugaces de ciudadanos que intentan llevar algo de aliento a quienes sufren. Detrás quedaron los que no lograron salvar la frontera marina, extenuados de sufrimiento y de sombras. Solamente un número, inconcreto, lejano; se especula que 5.000 este año, de los cuales no conocemos ni un nombre. ¿Qué contarán los pájaros cuando retornen a sus países de origen, tras el estío? Seguro que hablarán de que han encontrado gentes migrantes, como ellos, en Europa. Puede que relaten cómo viven los que llegan, o avisen a los subsaharianos de las penalidades que observan desde el aire, pero sus trinos utilizan lenguajes difíciles. ¿Los entenderán quienes se disponen a partir hacia el paraíso imaginado que se llama Europa?

Llegaron muchos en pésimas condiciones, hubo explosiones pasadas de solidaridad, que se quedaron en pequeñas apariciones en las noticias mediáticas. En conjunto, formaron algo así como una sopa de intereses. De ahí nacieron los sucesivos bloqueos y crecieron opciones racistas en la política. Siempre será difícil que se colmen las expectativas de todos los que llegan; la ilusión se torna débil visto el estado actual de las cosas. Pero algo positivo queda cuando ayudamos a mantener la esperanza de otros; es como un símbolo que proyecta la excelencia humanitaria, que debiera acompañar la vida de las sociedades democráticas, libres y participadas, cuyos gobiernos firmaron muchas convenciones de los derechos humanos. Para tramitarlas se apoyan en el silencio y la nada. ¿Qué dirán de nosotros, del paraíso europeo, los vencejos y las golondrinas? Siguen llegando.

*Apareció en Heraldo de Aragón el 12 de julio de 2016 cuando la tristeza se acumulaba por las muertes de los inmigrantes que intentaban cruzar el Mediterráneo. La tragedia continúa; se compone de innumerables actos que se desarrollan en escenarios diversos.

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