Educación como cambio social

Ilusión imprescindible en un mundo en crisis. Pero los tiempos se han empeñado en demostrarnos que lo que parece evidente se desvanece demasiadas veces por acciones u omisiones. La creencia sobre este axioma de mejora colectiva se ha demostrado titubeante, dependiendo del matiz ideológico del sistema político de turno.

Viene esto a cuento de que los fallos educativos, testeados en pruebas internacionales, suenan en los medios de comunicación y son también visibles hoy en forma de desenvolvimiento en la vida cotidiana y de convivencia; incluso quienes nos mandan los airean para justificar sus actos. Alguien afirmó que un individuo que aprende no tiene la seguridad de que esté educado; otros subrayaron que bien poco vale lograrlo si no sirve como instrumento de reflexión para saber mirar, interpretar y actuar en la vida, solo o con los otros. No es atrevido decir que las ideas son algo cuando las convertimos en hechos. Toda acción viene precedida de una decisión, de un compromiso más o menos firme; hablamos de educación aplicada, la deseable para individuos y sociedades.

Por contra, las ideas no desarrolladas lo son casi siempre por excusas: que no se ve útil, que no es seguro, etc. Estos obstáculos pueden venir de fuera o de dentro -y estos últimos no son siempre los mejores-. La inacción tiene tantos seguidores porque, en cierta manera, protege del error. Hay que perder el miedo a equivocarse: dentro del ámbito escolar, para testear lo aprendido, y fuera, para mejorar la sociedad. Cada día, escuchamos que debemos hacer algo para resolver un asunto. Pero no sirve moverse sin más; si no ponemos en práctica lo que hemos oído, leído o aprendido corremos el riesgo de no saber nada, porque el conocimiento es verdadero si lleva a un cambio de comportamiento, a un posicionamiento para la acción real. Mientras se actúa se aprende.

Pero esta afirmación merece una explicación complementaria. Es posiblemente cierto que algo quede de lo aprendido en la escuela y no experimentado, que nunca resulte desconocido. Pero también es muy probable que, aunque así sea, no sirva para mucho más que para volver a recordarlo. Estonces aparece el absurdo: jóvenes estudiantes se lamentan de que les hagan aprender tantas cosas, a la vez que los adultos lo sienten por todas las que olvidaron, aquellas que no tenían relación con los asuntos que han transitado por su vida. Entonces, una parte del escenario escolar se derrumba, porque por allí transcurrieron muchos días de muchos años y no siempre el éxito acompañó; incluso a veces los miedos bloquearon ilusiones.

Podemos tener mucha información sobre algo, pero una parte seguro que se pierde; el cerebro no es un almacén sin fondo en el que cabe todo. La mente está en un proceso continuado de olvidos y recuerdos, de acumulación de nuevas informaciones que empujan o arrinconan a muchas anteriores, que tampoco sirvieron para actuar. Nos podemos atiborrar de datos y no saber qué hacer con ellos. En el complejo recorrido del aprendizaje es más cómodo conocer que hacer, implica menos riesgo personal. Pero el saber es hacer fluir actos y modular comportamientos. La capacidad que desarrolla la experimentación se convierte en estímulo para continuar, por más que al comienzo cueste.

Ahora que termina otro convulso curso escolar es el momento de preguntarnos si vamos por buen camino. Parece que no, a la vista de lo que se dice: la educación tiene fallos en la consolidación de conocimientos y cultura, en la felicidad de quienes estudian y en su desarrollo cotidiano; incluso el profesorado está desmotivado. Sin embargo, en un escenario de crisis, en un momento de cambios de gobierno, la educación puede contribuir a la transformación social. Lo hace cuando consigue ser un instrumento de difusión y reproducción innovadora del conocimiento y la cultura: asienta modos de vida en la ciudadanía democrática y social, logra insertar al individuo en el mundo que le rodea y, por último, y en una proporción nunca establecida, mejora el bienestar material y la felicidad de los sujetos. Hablamos de educación aplicada, la que acerca la mudanza colectiva a la realidad desde el escenario vivo de las utopías: contribuir a generar sujetos libres, con menos desigualdades y mejor ubicados en la cultura y el incierto universo social.

  • Publicado en Heraldo de Aragón, el 28 de junio de 2016, cuando la escuela española acababa un curso convulso, desorientado, quebradizo, etc., como resultas de su propia indefinición acumulada y del varapalo de la Lomce.
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