Del derecho y del revés

Rebeliones con honestidad, de las de verdad, hay varias. Las provocan gentes dedicadas a que la vida de todos mejore algo. Se lanzan, sin pensarlo dos veces, a ayudar a dependientes, emigrantes, chicas y chicos marginados, enfermos graves, mujeres maltratadas, etc. Es un viaje que cuesta emprender, pues el recorrido siempre es incómodo. Pongamos que entre ellas nos encontramos cualquiera de nosotros. Nos animamos; no nos perdonaríamos llegar tarde a la llamada del corazón. Pisamos el acelerador, pero viajamos despacio. Suena a la vez el claxon de otros, que van o vienen, dando ayuda o buscándola. No es casualidad, las palabras de auxilio suenan para todos. Apetecería pararse a hablar con mucha gente sobre el papel simbólico de la ética, pero no hay tiempo.

En la vida social, cambiamos a menudo de carril emocional. Por él transitamos, penosamente en ocasiones, sin estar seguros de alcanzar el fin deseado. Porque la ayuda a los demás es siempre un espacio fronterizo, donde se sutura la vida propia y la de los otros. Será por eso que está sujeta a bastantes decadencias. Ante ellas nos rebelamos aunque sepamos, como dijo el filósofo, que el tránsito de los valores a los actos recorre caminos que se difuminan con frecuencia.

Seguimos en acción; de repente escuchamos un ruido aparatoso. Miramos hacia atrás. Parece que se acerca una comitiva; intuimos que un hecho puntual ha motivado a mucha gente, empujada por las ONG o entidades sociales, a socorrer la desgracia acumulada. Reflexionamos: el derecho y el revés de las vidas no los escribe cada persona, sino que los programan otros o los decide el azar. Conversamos con gentes que se detienen. Avanzamos culpabilidades: la mala suerte, la servidumbre del poder político a los amos del dinero. Corroboran nuestras hipótesis. Añaden que demasiadas personas deben recorrer el camino de la vida por rutas subterráneas, sin encontrar ningún ser custodio que les eche una mano. Blasfeman, echan la culpa a esa maldita manía de crear la sociedad más eficiente y productiva de la historia. Asentimos, pero hay que reanudar la marcha, deseando que corriente no sea un ensayo.

A partir de determinada distancia, no hay casi nadie a quien contarle hacia dónde vamos y que nos acompañe. A veces sí. Entonces nos fijamos en la cara de ese rostro humano, que nos devuelve la mirada como una especie de ritual. Parece que está al otro lado de una ventanilla de peaje. Nos incita a pararnos, a preguntarnos si el tiempo ha provocado en los otros una detención enigmática. Nos hace pensar en el sentido oculto de la vida; quizás esta no tiene ninguno en particular, porque en cierta manera todos nos parecemos en que mostramos o escondemos afectos. Nos repetimos que hay que cumplir con el encargo, con nuestros semejantes. Ahora mismo nos confunden especialmente los sentimientos hacia los desplazados y emigrantes, máxime si los tenemos cerca. Nos acordamos de los políticos, pero también de la gente que es como nosotros y permanece quieta. Ahí los tenemos dando forma a una sociedad estática, ¡qué contrasentido!

Nos encontramos frente a ellos; nos gusta ser voluntarios. Estamos dispuestos a repartir energía ética. Pero no nos engañemos, alguna vez todos dudamos: los que sí hacen, los que no dejan hacer y quienes nunca emprendieron el camino. En todo esto, ¡qué difícil es coexistir con la culpa! Por eso a menudo preferimos negarla, dijo alguna vez Kafka. La vida diaria nos muestra síes y noes, risa y pena, acción y omisión, ética frente a estética, individuo y sociedad. Cada pareja forma ideas inseparables, como la cara y la cruz de una moneda; incluso no es raro que coexistan en una misma persona. Son el derecho y el revés de un territorio social fronterizo (hasta el sentido de culpabilidad lo es). La gente parece que se individualiza; la sociedad también. Ahora mismo desconocemos cuál es la identidad europea. Nadie sabe precisarnos con certeza qué nos pasa, ni siquiera de qué estamos hablando cuando decimos sí o no. Los seres humanos nos movemos a menudo en contradictorios contextos de valor, motivados por el bienestar personal o el bien común, confundidos en un marasmo de mensajes. Mientras, los derechos universales se escapan de las personas olvidadas, un nuevo revés para el humanismo global. ¡Hagan algo, rápido!

  • Publicado en Heraldo de Aragón el 31 de mayo de 2016 cuando en España, Europa y el mundo se deterioraban los derechos universales.
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