Deberes no saludables

En educación, la tarea social por excelencia, sucede a menudo que nos despreocupamos de las acciones básicas. Las certezas que la fundamentan se nos esconden y no entran en el necesario debate. Suenan más las periferias que el fondo, la forma en que se perciben los detalles del aprendizaje que las maniobras que lo aseguran. Un ejemplo de este despiste puede ser la polémica que sobre las tareas escolares reaparece año tras año. Esta vez se ha visto animada por la alerta que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha lanzado sobre la incidencia de ciertas prácticas educativas en la salud de los estudiantes. Estos dedican en España una media de 6,5 horas semanales a trabajos escolares en casa y se sienten muy presionados, en particular en Secundaria (70% de las chicas). La OMS asegura que es un excesivo peaje para su salud, física y mental.

A pesar de la recurrencia de la cuestión, poco se hace por resolver el dilema: deberes sí, deberes no. Se dice desde la escuela que ahora solo se proponen tareas en casa para afianzar ciertos contenidos, investigar de manera autónoma en Internet, recuperar retrasos, completar ejercicios no acabados en clase, ejercitarse en la lectura o escritura, preparar exámenes, etc. Se argumenta su necesidad en que el alumnado, siempre heterogéneo en capacidades e intereses, no responde de igual forma en clase, y por eso debe prolongar su jornada de aprendizaje. Pero ni siquiera entre el profesorado de Primaria hay una postura concreta: una parte sostiene que aumentar la ejercitación equivale a una mejor enseñanza, porque aporta disciplina y esfuerzo personal. Otra parte está en contra, porque en las tareas no se utilizan formatos diferentes a los de clase. El profesorado de Secundaria, que tiene que manejar muchas heterogeneidades, recurre a menudo a los deberes o trabajos externos. En pocas ocasiones se pone de acuerdo con sus colegas de materias diferentes, lo que ocasiona un sobreesfuerzo puntual al alumnado. Además, no todos los trabajos realizados fuera del aula se corrigen en clase, ni se da explicación detallada de su solución, lo cual origina que los escolares vean las tareas como un castigo, y elimina por tanto la motivación para el aprendizaje.

De hecho, bastantes profesionales de la didáctica opinan que prolongar la jornada fuera de las aulas en la enseñanza obligatoria supone un fracaso del sistema educativo, que no previó la heterogeneidad de los escolares ni la dimensión de los contenidos propuestos para cada curso. Así, no es extraño que bastantes familias se hayan alarmado por el informe de la OMS, aunque hay que decir que otras ven bien las tareas externas.

Por otra parte, como en cualquier hecho educativo, hay muchos factores particulares y sociales que condicionan la conveniencia de los deberes, entre ellos la misma organización social. Algunas familias querrían ayudar pero no pueden, o no disponen de tiempo. Otras prefieren ver a sus hijos ociosos en casa antes que sometidos a un trabajo escolar, grande o pequeño, con disciplina o sin ella, acompañado o autónomo.

Si este asunto podría no ser de los primordiales para educar bien, ¿qué justifica tanta controversia? Quizás se deba a que la enseñanza en España sigue, en su mayor parte, los modelos tradicionales: programas sobrecargados, aprendizaje por repetición, agrupamientos del alumnado poco flexibles, escaso fomento de la autonomía para saber aprender, poca conexión entre Primaria y Secundaria, etc.

Hay que desmenuzar con sosiego el fondo de nuestra escuela. Imaginemos, como hipótesis, que la distribución curricular en Primaria se hiciese en torno a proyectos de trabajo, o ámbitos de desarrollo y participación en la vida diaria, para fomentar el aprendizaje autónomo en una clase con ritmos diferentes; que en Secundaria se seleccionasen mejor los contenidos de las asignaturas y el alumnado aprendiese a resolver problemas. Los posibles deberes, limitados, encontrarían mejor encaje y podrían ser motivadores, y disminuir la dañina presión a la salud. En fin, aquí tenemos el asunto de nuevo, a la espera de que se ponga énfasis en la verdadera finalidad de la educación y en la estructura escolar que la desarrolle, para, entre todos, restaurarla de una vez y adaptarla al complejo escenario social del siglo XXI. Todavía es posible.

  • Publicado en Heraldo de Aragón  el 17 de mayo de 2016, cuando sonaba, una vez más, la controversia deberes sí/deberes no.
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