La educación encierra un tesoro

Hace 20 años la Unesco publicaba, con este mismo título, lo que con el tiempo se ha conocido como “Informe Delors”, porque fue este político quien coordinó el grupo de expertos que aconsejaba cómo debería ser la educación del siglo XXI. Habían transcurrido apenas un par de años desde que, en una conferencia mundial de Ministros de Educación celebrada en Ginebra, estos consideraron que la educación obligatoria, obsesionada por los contenidos conceptuales, había dejado aparcado el desarrollo integral del individuo, por lo que se hacía imprescindible recuperar la dimensión humanizadora y el fomento de valores como su contenido esencial.

El simple relato de los apartados del informe constituye un ejercicio de sabiduría global que, de haberse llevado a cabo, sin duda hubiera mejorado nuestra perspectiva como comunidad; incluso puede que ahora no nos viésemos sepultados por las intransigencias de convivencia que fracturan Europa y el mundo entero. Empieza en su introducción atribuyendo a la educación, que ha de ser permanente en toda la vida, el carácter de utopía necesaria, que debe superar tensiones para pensar y edificar un futuro común, reconsiderar y unir las diferentes etapas que siguen separadas. Habría que hacerla cooperativa, para sentirla propia de la sociedad en su conjunto, para que sea el verdadero camino hacia la paz, democracia y justicia social.

El capítulo que habla de los horizontes no puede ser más deseado, más necesario; por un lado debido a su trascendencia, por otro por la fragilidad en la que coloca a la sociedad global si no se logra. Son deseos ecuménicos: transitar de la comunidad propia a la dimensión universal, necesaria en un planeta cada vez más complejo, con múltiples caras, que necesita conocer y comprender a los diferentes; comprometerse por la cohesión social a través de la participación democrática, que ayuda a recuperar los vínculos convivenciales rotos, que lucha contra las exclusiones porque la educación se convierte en una dinámica social básica, con prácticas de civismo ciudadano.

No se olvidaba el informe de recordar que el crecimiento económico -deseable e imparable en aquellos años en forma de economías globales, del empuje de los países emergentes o de la esperada eclosión china-  no siempre lleva al desarrollo humano. Por eso, preconizaba que ese fuese el argumento educativo básico, mediante el apoyo a las diferentes capacidades del alumnado, ayudando a las mujeres en aquellos lugares en los que sus trayectorias educacionales son discriminadas.

Para llevar a cabo este tránsito, teniendo en cuenta los diferentes puntos de partida y ayudar a que las personas construyan su propia educación, apuntaba el trabajo que se deberían consolidar cuatro escenarios, imprescindibles y complementarios: aprender a conocer, aprender a hacer -que obliga a pasar de la superación de unos estándares para ser competentes-, aprender a vivir juntos y con los demás, y aprender a ser personas que encuentran su razón de ser por ellas mismas en una construcción interactiva.

Pero claro, toda esta buena perspectiva educadora no puede ser exclusiva de la escuela porque si es así se interrumpe la trascendencia, corremos el riesgo de que la sociedad no entienda estos postulados y todo el esfuerzo quede en vano. Dice también el informe que solo podemos entender la educación a lo largo de toda la vida. El imperativo democrático que debe guiar nuestras sociedades, la educación pluridimensional que el mundo interconectado nos exige hoy, así como los tiempos nuevos en las relaciones de cada sociedad y con el conjunto del mundo, exigen que la educación se sitúe en el centro mismo de la sociedad.

Ha pasado ya suficiente tiempo para que nos formulemos una serie de cuestiones que ilustren si en la educación del siglo XXI existe una conexión entre la básica y la universitaria, si el personal docente busca nuevas perspectivas, si el papel político es coherente en la toma de decisiones sobre ella, o si se da la cooperación internacional para educar en el desarrollo humano en esta compleja aldea planetaria. De todo esto, y mucho más, hablaba el Informe Delors. ¿Alguien duda, ciudadanos o dirigentes, a la vista del convulso panorama de hoy, de que encontrar el tesoro que es la educación no debería ser una utopía permanente?

*Publicado en Heraldo de Aragón el 3 de mayo de 2016.

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