Sociedad con nombre gastado

Hay gente experta que habla de esta desorientación en tertulias radiofónicas o televisivas. Tras escucharlos, uno no sabe a qué atenerse, pues detrás de tantas palabras adivina mucha especulación. La vida se nos presenta hoy híbrida; la podríamos calificar en cierta manera como polifónica,  pero con voces sin armonía. Es difícil estar a la altura de estos tiempos, ensanchados en el espacio; parece que los agentes que lo mueven habitan lejos de nosotros. Será por eso que les cuesta tanto a políticos y partidos -que dicen representar a los votantes- reunirse para escribir un devenir colectivo. Surgen brotes de conciencia social mientras se habla, pero no se logra compartirlos y hacerlos crecer. Llevamos meses y meses de promesas y choques verbales. Quién sabe si, a semejanza de Proteo, entre unos y otros agotamos todas las apariencias del ser, quizás porque ninguna nos convence o nos sentimos incómodos con ciertas metamorfosis, pues las hay que nos exigen mucho, y preferimos caminar por otras vías, aunque a menudo nos sepulten los sentimientos hechos vida.

Da la impresión de que importa más la anécdota, y cómo se cuenta, que la verdad que se esconde detrás de ciertos disfraces políticos. Sin embargo, las peleas verbales acusatorias entre quienes aspiran a gobernarnos incomodan cada vez a más ciudadanos. Estos ven que la existencia colectiva choca con la maquinaria de los privilegios y ocultaciones, intentando confundir; de tal forma se cambia la imagen de la vida, que lo que debería ser complementario se trueca en opuesto. Estos ciudadanos activos, aunque les apetezca, tardan en dejarse llevar por un necesario impulso para cambiar las desigualdades. Será porque se asustan de ir contracorriente y de que otros los miren con mala cara.

Se ha dicho que toda la filosofía aplicable a la vida podría llevar una referencia de alguno de los diálogos de Platón. Puede que sí. Varias de sus reflexiones tienen una perenne modernidad porque invitan al contraste de ideas. En verdad, este complejo momento de la España del presente podría ser a la vez realidad y pensamiento, combinados en proporciones acordadas con los deseos éticos, universales. Quienes así lo proponen acusan ser minoría; deambulan furtivos, asombrados de que los políticos no se pongan a resolver ya las penurias de la gente.

Pronto habrá elecciones de nuevo. A los habitantes críticos de esta sociedad gastada se les achica el espacio vital ante lo que observan: la abolición de la voluntad de vivir colectivamente, que intrínsecamente es lo más propio del ser humano. Afirman una y otra vez que aún aspiran a recuperar utopías colectivas, esos suspendidos deseos y derechos reducidos, a limitar esas líneas rojas que al cavar tales trincheras han deteriorado tanto a muchos españoles. El trueque político de palabras a realidades debe materializarse tras las nuevas elecciones; no podemos negar esa esperanza. Para alcanzarla, los despistes sociales y las peleas partidistas han de buscar la paz con los compromisos acordados. Restañemos los lazos sociales deteriorados. Por si acaso tarda en convertirse en realidad este deseo, que quede una moraleja final de todo este escrito: Intentémoslo, la sociedad aún conserva trazas del concepto que justifica su nombre.

*Publicado en Heraldo de Aragón, pág. 27, el 14 de junio de 2016, en plena campaña electoral en España para el 26J.

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