Pequeñas Copenhages

La larga travesía de la incertidumbre sobre el cambio climático que se nos anunció en Kyoto en 1997 hace una parada en la Cumbre de Copenhague, acto inevitable de reflexión colectiva y escenario de participación. Acostumbrados como estamos a los actos grandiosos, se ha publicitado la cita como la solución a nuestros problemas. El tiempo dirá si ha sido relevante. Para unos se habrán logrado compromisos trascendentales, para otros solo modestos planes nacionales; mientras, la incógnita del futuro global crece sin cesar.

En este mundo acosado por lo efímero de las cosas, pasados unos días puede quedar poco más que el efecto mediático y algunas buenas intenciones pendientes de desarrollar; es un juego peligroso. Por fortuna hay gente noble, incluso gobiernos, que muestran su disposición a la acción. Ya se han formulado estrategias estatales y autonómicas contra el cambio climático plagadas de buenas intenciones que deben concretarse en compromisos, que hay que vigilar cómo cristalizan. Mucha gente en todo el mundo manifiesta estar preocupada. Habrá que esperar para comprobar si las posibilidades de mejora, de las que hablaba Edgar Morin recientemente, se convierten en probabilidades, habida cuenta de lo volátil que es la memoria cuando de preservar las condiciones ambientales se trata.

La cumbre llega en un momento trascendental para España porque según publica el INE en “Desarrollo sostenible 2008”, desde 1994 los consumos energéticos han aumentado mucho en todos los sectores de la actividad productiva y crecen sin cesar las emisiones de gases de efecto invernadero. El panorama que dibuja la Agencia Internacional de la Energía (AIE) en su último informe no es mejor. España es uno de los países más dependientes del exterior pues solo es capaz de generar el 20% de la energía que consume. Ignorancia, despiste colectivo, acaso desidia; todas son malas estrategias para asegurar un futuro. Para superarlas, hay que eliminar ya el inacabable debate sobre si existe o no el calentamiento global.

El futuro se fortalece peor con grandes proclamas que con muchas pequeñas acciones. Hay que celebrar varias cumbres en lugares más próximos. El Gobierno central debe sacudirse el sostenido despiste que le impide configurar una economía sostenible que ayude a acabar con la impunidad de algunos sectores. Hay que decir bien alto que no son los gobiernos los únicos responsables. Los ciudadanos de los países ricos tampoco estamos dispuestos a renunciar a ciertas prácticas que conllevan emisiones elevadas ligadas sobre todo al transporte y al consumo. Es preocupante la atonía social, quién sabe si provocada por la repetición de promesas incumplidas, que impide actuar a ciudadanos potencialmente concienciados, según evidencian los últimos ecobarómetros de la UE. Hay que organizar pequeñas reuniones familiares para concertar un mejor uso del transporte colectivo, para disminuir el consumo de lo superfluo, para regular la calefacción y el uso de la iluminación, para convertirse en hogares verdes. Las administraciones (gobiernos autonómicos y municipales, universidades, centros educativos, etc.) deben sentarse con sus trabajadores para revisar los derroches de energía en sus edificios y en algunas actividades que promueven. Va siendo hora de que los agentes sociales se encuentren y concierten líneas para reducir consumos sin recaer en nostalgias de sistemas productivos pasados. También de que los comercios dejen de derrochar energía en invierno y verano.

¿Por qué esa resistencia al cambio de modelo de vida, si como parece salvar el clima generaría empleos y ventajas económicas? No solo lo dice Greenpeace o iniciativas sociales como la Coalición Clima. La AIE confirma que la inversión en energías limpias resultará a la larga mucho más barata que las tendencias actuales y que el ahorro es la mejor fuente de energía. Subraya que cada día perdido significará un importante aumento de los costes, de los riesgos. La ONU advierte que se ha acabado el tiempo de las declaraciones. ¿Seremos capaces, tantas personalidades e individuos concienciados, de remover el egoísmo acumulado? Como afirmaba Ramón y Cajal, que el interés individual ignore el colectivo es una de nuestras mayores desdichas.

  • Publicado en Heraldo de Aragón el 12 de diciembre de 2009, coincidiendo con el Día de Acción Social ante el Cambio Climático. Mientras, la fracasada Cumbre de Copenhage demostraba la desidia de los países ante las consecuencia climáticas de sus políticas depredadoras. Cuatro años más tarde, en Lima, más de lo mismo. Próxima estación: París 2015. Nos acercamos peligrosamente al final del recorrido.
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