Elegía de los refugiados

Nos gustaría que tras el prolongado episodio de los refugiados, quedase al menos el recuerdo intacto de una emoción sincera, de un detalle de sentimiento global suspendido en la eternidad. Pero nos tememos que no sea así, que la capacidad de olvido nos sepulte el ánimo y la memoria esconda todo. La mayor parte de esta historia de huida tumultuosa no ha tenido nada de gloriosa para casi nadie, sino que ha contribuido a alimentar los peores defectos de eso que se llamaría acción humanitaria.

Quién sabe si la soledad sufrida es lo que confiere valor a los asuntos de los desplazados, tengan o no débil el espíritu, pues el tiempo ha cargado de pesares su existencia, y más desde hace unos años. Quisieron ser otros, vivir diferentes. Poco les queda de antaño. Lo cambiaron por apenas una leve luz de vida, acaso creyeron escuchar una promesa de ayuda de algún organismo internacional; los países callaron. Si la hubo, detrás de ella, parapetada, sigue amasándose la oscuridad, si bien de vez en cuando surgen luces de auxilio. Entonces los desplazados valoran un poco más las cosas: las que tienen junto con las que desean. Si las ven llegar, los individuos, particularmente los niños, se liberan de las somnolencias. Ya no les parece todo hueco, como cuando abrumaba el discontinuo ruido de las palabras portadoras de promesas.

El día en los campos de internamiento ve pasar las horas. Llega la noche fría e inhumana; el mundo de los sentimientos se disuelve una vez más, y con él la ilusión de encontrar la luz al día siguiente. Más que nada debido a la repetición de promesas incumplidas. Una vez más, continúan los grandes desacuerdos entre los desplazados y sus deseos, los que ya ven satisfechos esos otros que apenas los miran. Otra nueva razón de melancolía y de nuevo parecida pregunta: ¿Qué significa esto?

Su vida refluye lentamente hacia sendas silenciosas, esas que les empujan a perder la conciencia de sus actos. El sopor general amenaza con diluir del todo la esperanza. Las cabezas se vacían, el cerebro amenaza con dejar de ser el centro rector de la vida, porque ahora dudan hasta de si existe el más allá. Se adivinan corazones oprimidos. En su silencio triste, claman constantemente. Sus caras parecen una calavera del abatimiento; será por mirar obstinadamente al precipicio sin fondo. Detrás de ellas se parapetan los que son prisioneros de sí mismos, que apenas recuerdan cuándo iniciaron aquel penoso viaje dispuestos a encontrar la felicidad desconocida en la tierra prometida. Al alma colectiva se le gastaron ya sus rebeliones, porque perdió tantos apoyos que se siente sola.

Quienes solo los miramos, demasiado tensos para escuchar sus plegarias, sentimos que algo se nos quiebra en nuestro decorado interior. Vemos a los que viajan lejos de los suyos, teniendo que entenderse en lenguas distintas, separados de quienes les podían echar una mano. Los vemos anclados en la superficie de ellos mismos, en esa periferia ética que ahora mismo simboliza su vida, sumergida en una corriente de lentitud sin límites y barreras múltiples, dentro del juego europeo de las apariencias.

De pronto surge en algún lugar una pequeña ayuda y el acogimiento. Pero siguen sintiendo miedo, porque en cualquier instante puede desmoronarse todo. Y a pesar de eso -quizás sea lo peor-, el mundo proseguirá púdico, irónico, ceremonioso o festivo. La deseada pasión social es silenciosa, por eso se escapa en forma de amargura. El mundo del siglo XXI no está hecho a la medida de la humanidad; se cierra sobre ella. No responde a sus preguntas, o las convierte en inútiles. Al final de todos los comentarios, escritos y declaraciones, a los refugiados apenas les quedan unas palabras cantarinas, pero suenan muy lejos. Cada hora que pasa es un robo a la existencia; claman sin hablar los 300.000 niños que comenzaron en 2015 la odisea del viaje de su vida.

La distancia entre conducirse según la ética y ser ético no es siempre medible, porque la injusticia está continuamente en marcha. Por eso, hay que tratar de hacer lo segundo. En el fondo, la mayoría tenemos necesidad de parecer gente de honor, al menos por un rato, en particular con alguien; no solo con 18. Porque en tiempos cercanos formamos un pueblo de desplazados por la guerra y otras miserias; refugiados con penurias.

*Publicada en Heraldo de Aragón el 19 de febrero de 2016, cuando el desastre humanitario se acrecentaba en la Europa avanzada, para su vergüenza.

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