Vivimos tecnológicamente

La administración pregonó hace unos años que el uso de los ordenadores iba a asegurar tal mejora en la educación que iba a terminar con el fracaso escolar. A todas luces, fue una ilusión con trazas de descaro temerario. La red es un almacén extraordinario de cosas que interesan a gente muy diversa, de cualquier edad, hoy y mañana, para bien y para mal. Nos sirven para tener interlocutores, para divertirnos, para organizar una ficción, para inventar algo. Confieso que la esperaba con muchas impaciencia, con ese deseo feliz de que uno se imagina que va a gustar a los alumnos y servir para mejorar sustancialmente sus aprendizajes. Pero el progresivo uso metodológico de la tecnología en las aulas está siendo cualquier cosa menos asentada.

Conocimos hace unos días una investigación de la OCDE en la que cuestionaba las ventajas pedagógicas de las nuevas tecnologías en el aula -ampliamente difundida por quienes están en contra de las apuestas tecnológicas para la educación obligatoria de algunos gobiernos anteriores-. Así, sin más, parece fuerte. Pero si alguien se molesta en leer el informe constatará que un uso limitado de las pantallas en el aula tiene evidentes ventajas educativas. Es imposible ignorarlas; no es buena idea pretender que no existen. La controversia sigue. Algunos centros están poniendo en marcha los libros online. No es fácil generalizar algo entre los escolares por imposición, porque una parte de su vida sigue siendo analógica. Qué decir del profesorado. Sorprende que una parte importante tenga todavía una aversión a la nueva tecnología educativa. Pesa su creencia de que debemos inquietarnos por los efectos de Internet. Ya expresó Platón (en Fedro) que la nueva tecnología de entonces –la escritura- provocaría el abandono de la educación basada en la memoria. Se equivocó. Además, el uso de las pantallas en las aulas –moderado, bien gestionado y entrenado- puede generar otras formas de leer, de pensar y de escribir; de hacer memoria. Si bien siempre debe ser el alumno quien sostenga la atención, no la máquina.

* Publicado en Heraldo escolar el 20 de enero de 2016

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