Los re(s)tos de la pobreza

Suenan las alarmas sociales, en muchos sitios, para demasiada gente. Nos las traen las cifras de desigualdad y pobreza que proporcionan distintos indicadores. Cualquier informativo está plagado de números; tantos que, acumulados, mezclados una y otra vez, corren el riesgo de abocarnos a la indiferencia, porque las cifras son evanescentes, máxime si llevan muchos dígitos y se reparten por extensos territorios. Esa apariencia de mensurabilidad universal nos tranquiliza con engaño, nos dice que ya tenemos cuantificado el suceso o hecho, aunque la mejoría del dato se antoje lejana. Pocas cifras como las de la pobreza merecerían tanta atención. Mal que nos pese, nos hablan de fracasos colectivos, y eso siempre duele.

Resulta preocupante que aquella tendencia a nivelar ingresos que marcaba el espíritu colectivo consolidado a lo largo del siglo XX se haya visto sepultada desde los años 80 por los empujes de crecimiento de la economía global, que paradójicamente margina a demasiada gente. Las cifras delatoras de la desigualdad y pobreza son tremendas. Dice Oxfam que las 62 fortunas más ricas del mundo acumulan 1,76 billones de dólares, la misma cantidad que poseen los 3.600 millones de personas más pobres del globo; suena muy fuerte, hiere cualquier conciencia, dispuesta o no a actuar. Pero hay más. El último Eurostat “income quintile ratio” asegura que España bate el récord de desigualdad en la UE, lo mismo dice la OCDE en su “Government at a glance 2015”. Semejantes afirmaciones se sustentan al analizar el famoso coeficiente Gini, que mide el nivel de desigualdad en las sociedades, o el Arope –que recoge los porcentajes de personas en riesgo de pobreza por bajos ingresos, que sufren privación material severa en los ítems definidos y/o que viven en hogares con una intensidad de empleo muy bajo-. El INE publica en la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) que el porcentaje de población en riesgo de pobreza aumentó al 22,2% en 2014.

¿Qué hacer ante estos números delatores? Lo menos acertado es esconderse en la contundencia de las cifras y alejarse de ellas. Hay gente, incluso hasta hace poco el gobierno central y alguno autonómico, que niega la existencia de la pobreza en su territorio. Hace unos meses, un humorista europeo, crítico con el desapego humanitario que se extiende por el mundo rico, dibujó a ciudadanos y gobiernos atribuyéndoles la sensibilidad de una escoba. En la viñeta, el sencillo artilugio inmemorial barría los re(s)tos que deslucían el orden establecido; un recuadro señalaba que la pobreza ensucia la coherencia de cualquier sociedad. Al margen de la ironía gráfica -no basta con recoger los restos que siempre deja cualquier acción inacabada y depositarlos en el cubo del olvido- parece claro que eliminar la pobreza, el reto, requiere una gran implicación emocional.

Todavía duele que mientras se rescataba hace unos años a los grandes bancos se condenase a vidas peores a muchos de los pobres. Por entonces se escribió en “The Economist” que grandes diferencias en los ingresos eran ineficientes porque generaban trabas educativas y resentimientos difíciles de encauzar. También se avisó del error de que quienes todo lo tienen olviden que su bienestar depende del resto, que nada más puede perder si reclama lo suyo.

Nos encontramos ya en 2016, el año de la larga marcha hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS) y sus 169 metas. Estas buscan, entre otras cuestiones, acabar con la pobreza extrema y el hambre, reducir la desigualdad en y entre los países, y eliminar todas las formas de violencia contra las mujeres. Pero tienen su espejo en España, que se comprometió a sacar de la pobreza a 5 millones de personas para cumplirlos (1,4 millones hasta 2020). Oxfam nos acaba de descubrir que los 20 españoles más ricos atesoran tanto como se reparten el 30% de los más pobres, y que el patrimonio de las grandes fortunas (que apenas suponen una de cada cien personas) creció un 15% el año pasado, el mismo porcentaje en el que descendió la riqueza -es un decir- de las 99 restantes que entrarían en la centena. La vida es una amalgama de sensibilidades, querámoslo o no. Los retos de la pobreza deben mantenernos en acción permanente, para evitar los restos sociales que dejan, que son mucho más que unas abultadas cifras.

* Se publicó en Heraldo de Aragón el 9 de febrero de 2016, al tiempo que los pobres lo eran más y muchos más.

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