Incógnitas energéticas

Energía es una palabra solemne. Saramago diría que tiene un aire pomposo porque nos interpela con sus qués, sus cómos y sus porqués. Quienes se atreven a explicar su significado hablan de la capacidad de producir algún efecto, sea trabajo o movimiento, o transformaciones en las cosas. El diccionario de la RAE la define como la fuerza de una persona para actuar física y mentalmente. Actuar, pensar, no son sino sinónimos de vivir. Aristóteles ya dedicó mucho tiempo a encontrar el alcance de esta palabra griega. Sin duda más que nosotros, a pesar de ser tan dependientes de ella en la vida cotidiana. Sea por su dificultad de comprensión o porque todavía no falta, la gente se desentiende de los usos energéticos sin preocuparse de si podrá recurrir siempre a ellos.

La indiferencia nos protege del momento ignoto pero nos nubla el futuro. El Año Internacional de la Energía Sostenible pasó en 2012 sin pena ni gloria. Bonitas palabras las que la ONU empleaba para justificar su celebración. Decía que los servicios energéticos tienen un profundo efecto en la productividad, la salud, la educación, el cambio climático, la seguridad alimentaria e hídrica y los servicios de comunicación. Alertaba de que la falta de acceso a la energía no contaminante y asequible obstaculiza el desarrollo social y económico, tanto más para los 1.400 millones de personas que carecen de electricidad, los otros 1.000 millones que solo tienen un acceso intermitente, o los cientos de miles que no pueden pagarla aun estando disponible en sus localidades, también en España. Además, recordaba que casi 3.000 millones de personas dependen de la «biomasa tradicional» al carecer de energía sostenible, lo que les está llevando a asfixiarse con el humo y a talar todo árbol que se encuentre cerca, convirtiendo en desiertos sus territorios. A quienes vivimos en la cúspide del mundo nos cuesta entender que una pequeña bomba solar sea tan importante para la irrigación, para instalar un pequeño negocio o para que funcionen los centros de salud comunitarios. Quizás desconocemos que ese sencillo artilugio también reduce el tiempo del pesado trabajo de recolectar leña, proporciona iluminación para que los niños puedan estudiar por la noche y permite que en las casas haya una bombilla o se pueda cocinar.

Cuando finaliza ese año, comienza el cierre programado de la central de Santa María de Garoña. La nuclear -otra palabra solemne y a la vez pomposa- constituye para muchos la máxima dificultad para comprender las incógnitas de la energía. Porque las otras fuentes quedan más o menos cercanas y notamos cómo alumbran, calientan o irradian. Por eso no debe extrañarnos que la mayoría de la gente acoja con indiferencia su clausura. Sin embargo, su funcionamiento y su cercana ubicación suscitaron recelos en varios colectivos sociales de Castilla y León, País Vasco, Aragón y Cataluña, pues vertía su agua recalentada al Ebro y podía emitir partículas indeseables que los vientos no tardarían en acercarnos. Cuando se debaten estas cuestiones en los parlamentos regionales o en las Cortes generales los diputados exhiben una ideal general de la nuclear pomposa, si el mínimo cuestionamiento. Preguntas que sí se formulan los ciudadanos que no entienden por qué ahora Nuclenor cierra Garoña cuando había obtenido una prórroga del Gobierno. Puede ser que esta maniobra se deba a un pulso para obtener otros favores o al intento de las eléctricas de ahorrarse los gastos en seguridad que les exige el Consejo de Seguridad Nuclear tras Fukushima, que solo en el caso de esta central sumarían 150 millones de euros.

Mientras desciframos el concepto de energía, la electricidad sube y sube en España. El resto de energías lo harán una y otra vez, impulsadas por el negocio de las grandes compañías, que buscan un mayor consumo aunque en su publicidad empleen palabras amables y mensajes teñidos de sostenibilidad, que no practican ni aquí ni en el resto del mundo. Así nunca aprenderemos el concepto de energía ni sabremos qué intentaba la ONU al dedicarle un año.

  • Apareció en Heraldo de Aragón el 22 de enero de 2013. Poco que celebrar tras el Año Internacional de la Energía Sostenible. Varios meses después, la pantomima sobre Garoña continuaba -se aprobaba el cierre temporal con apertura retardada-, el recibo de la luz para domicilios seguía subiendo y desaparecían las primas para las energías renovables.
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