Un jardín llamado Tierra

Cada cierto tiempo surgen personajes que sobresalen en la vida cotidiana. Por desgracia hoy destacan más los ligados a maniobras especuladoras o a actividades deportivas estelares que quienes nos enseñan el camino de la ética, de la ciencia o de las artes. Aún así, dentro de éstas, la música proporciona autores e intérpretes que logran conectar con la gente. Las melodías expresan como pocas artes la pulsión del alma, porque sentir la música no es privilegio de unos pocos sino que anima la vida de la mayoría de las personas a todas las edades; incluso se formaliza como un atributo social en las diferentes culturas.

Cuando la música se acompaña con palabras se torna en mensaje íntimo. Ya no solo emociona sino que es capaz de remover voluntades. Cuando utiliza ideas universales para expresarse, denuncia injusticias o incita a la participación en la mejora colectiva, adquiere una dimensión grandiosa. La palabra de los cantores europeos contribuyó a generar un ideario social durante el último tercio del siglo pasado que consiguió remontar el desecho moral de las últimas guerras. Durante los años finales de la dictadura y los primeros años de la democracia, los cantautores españoles fueron quienes impulsaron palabras tan renovadoras como libertad, participación y futuro.

Hay canciones que se olvidan enseguida pero otras nunca mueren porque encierran sentimiento y nostalgia. En particular nos llegan al alma las que cantan a la tierra que nos acoge. Así las percibimos cuando escuchamos a Labordeta lamentar que el polvo, la niebla, el viento y el sol empujaban a la gente por caminos de nada hacia la incertidumbre. Lo mismo nos sucede al volver a oír a Georges Moustaki, que en 1970 cantaba que existió un jardín llamado Tierra, un lugar mágico que no habían conocido los niños de aquellos años, que siempre caminaban sobre el asfalto o el hormigón. Un jardín lo suficientemente grande como para acoger a todos los niños, nietos de unos abuelos que lo cuidaron porque lo habían heredado a su vez de los suyos. Seguro que el poeta no quería que les pasase como a aquellos hombres “voraces manufacturantes” de los que hablaba Pablo Neruda, que tomaron un planeta desnudo y lo llenaron de lingotes de aluminio, impulsados maquinalmente por unos intestinos eléctricos. Pronto se cumplirán 40 años de la muerte de Neruda, tres de la de Labordeta. Acaba de dejarnos el poeta y cantor francés, mestizo e inmigrante, que quiso hacer de cada día toda una eternidad de amor con “Le métèque”.

La ONU avisa a las instituciones de gobernanza mundial de que deben promover un mundo más justo e igualitario: les pide más transparencia y rendición de cuentas, y resalta el papel de la sociedad civil en la defensa de sus espacios naturales o sociales. Cualquiera de esos paraísos deseados por los cantores expresa una parte de vida y esperanza, un deseo de transformación que se tambalea porque muchos sufren carencias en este mundo de comienzos de siglo que nos sorprendió a oscuras. Por eso las canciones siguen buscando los futuros arrancados, para conseguir el reto de María Zambrano de convertir lo imposible en verdadero. El colombiano Juanes pide amar a la tierra que nacimos para no perderla. Quizás la encontremos como Amaral en lo salvaje, en la montaña salvadora plena de voces de tiempos remotos en donde cada día se puede caminar en libertad.

Ojalá supiésemos dónde está ese oasis deseado. Aquél en el que debieron nacer nuestros hijos, en el cual podrían vivir, y que tanto nos gustaría encontrar para sus nietos. Si después de tanto buscar no lo hallamos habremos de empezar a recrearlo. Porque, como escribió Henfill, aunque no llegáramos a ver frutos valdría con la belleza de las flores, si no hubiera aún flores serviría el verde de las hojas, si no salieron todavía hojas al menos quedaría la intención de la semilla que habríamos dejado. Quizás en la reciente aprobación de tres nuevas reservas de la Biosfera en España por parte de la Unesco (Marinas Coruñesas, San Ildefonso-El Espinar en Segovia y Terres de l’Ebre en Tarragona), y la ampliación de Ordesa-Viñamala, se encuentre algo del impulso crítico que sembraron en su día Moustaki, Labordeta y tantos otros. A todos ellos, gracias.

  • Había transcurrido un mes desde que la humanidad había perdido a Georges Moustaki cuando fue publicado este artículo en Heraldo de Aragón (11-6-2013). Por aquellos días Greenpeace llamaba la atención sobre la contaminación de los océanos, coincidiendo con su día mundial.
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