El camarote ambiental

Cuando llega el 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, siempre hay gente de buena fe que lanza una mirada a su alrededor para buscar señales de mejora en el entorno. Quizás encuentre pistas que gratifiquen los esfuerzos personales realizados, también algunos avances en la gestión ambiental, aquí y en Europa. Si solo se fija en la publicidad verdosa, muy presente durante estos días, colegirá que todos (gobiernos, empresas, ayuntamientos, ciudadanos, etc.), tienen una elevada preocupación ecológica. Si busca un poco más encontrará señales de la imprudencia española en la recién aprobada Ley de Costas, en la pantomima del cierre de la central de Garoña, en la engañosa publicidad ambiental que denuncia Ecologistas en Acción en los Premios “Sombra 2013”, en que nuestro país encabece la Lista Roja Europea de especies amenazadas. Si hace una lectura cuidadosa de la prensa o visita la Web de la Agencia Europea del Medio Ambiente (AEE), concluirá que nuestro entorno se parece, por el caótico revoltijo que acoge, a aquel camarote de despropósitos que tan acertadamente plasmaron los hermanos Marx en su película “Una noche en la ópera”.

Quien dude del caos global, que lea el “Environmental Performance Index” de la universidades de Yale y Columbia. Se elabora con indicadores que abordan cuestiones sociales como la mortalidad infantil, la influencia de la calidad del aire y el agua en la salud. Incorpora datos sobre recursos naturales como partículas contaminantes del aire, calidad y disposición del agua, biodiversidad y su protección, pesticidas en la agricultura, estado de los bosques y relación entre cambio climático y uso de la energía. Como su enseñanza más destacada hay que anotar que la riqueza no es el factor determinante para el buen desempeño ambiental sino el buen gobierno. Subraya que mientras los países desarrollados se enfrentan a desafíos ambientales como la contaminación de agua y suelo y problemas asociados a patrones de consumo, los países en vías de desarrollo deben evitar el creciente agotamiento de los recursos que generará pobreza, así como mejorar su limitada capacidad para frenar la contaminación.

Coincide con estos análisis el estudio de la Universidad de Adelaida (Australia) publicado en la revista “Plos One”. En su ranking del impacto ambiental de los países enfatiza dos conclusiones preocupantes: que los emergentes hacen crecer sus economías a costa de devastar sus recursos naturales, lo que acabarán pagando, y que los más ricos no preservan adecuadamente el medio ambiente, al contrario de lo que predican. Sus conclusiones finales nos hacen pensar que habitamos en “Globalonia”, un planeta gobernado a base de caprichos e intereses personales, como aquella república surrealista de la película “Sopa de ganso” en la que los Marx mostraban unos gobernantes especialistas en el desatino y la mentira.

Los costes de la degradación ambiental, que no se han tomado en consideración hasta ahora, deben ser incorporados en la evaluación de cualquier proyecto de intervención en el territorio. ¿Cómo nos puede dejar indiferentes que Madrid y Barcelona superen con creces los límites máximos de dióxido de nitrógeno, por lo que van a ser sancionados por la UE, o que cada año mueran dos millones de personas en Asia por la contaminación del aire? La OMS calcula que la población mundial ha perdido potencialmente 52 millones de años de vida por días improductivos o mortalidades prematuras generados por problemas ambientales. La naturaleza, la sociedad que la administra, ya no pueden soportar el creciente nivel de envenenamiento al que se la somete. Por eso hay empresas que suscriben la Responsabilidad Social Corporativa para mejorar las condiciones socioambientales, al tiempo que crecen los ciudadanos que reducen sus derroches ecológicos.

España, que acaba de bendecir la destrucción de sus costas y ha sido definida por la UICN como la más dejada en el cuidado de su biodiversidad, tiene un lugar privilegiado en este camarote global que tiene poco de comicidad, al contrario que las películas de los Marx. No podemos ignorar que vivimos en una civilización interconectada. Ahora sabemos con certeza que cualquier cosa que ocurra en un lugar puede, para bien o para mal, afectarnos a todos para siempre.

  • Publicado en Heraldo de Aragón el 4 de junio de 2013, víspera del Día Mundial del Medio ambiente, con poco que celebrar en Celtiberia y mucho para estar preocupado.
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