Entre ocres y amarillos

Este año, como otros muchos, vinieron de pronto. El pasado mes trajo consigo los primeros calores intensos: fue el tercer mayo más caluroso desde que se tienen registros (1947), después de los agobiantes 1961 y 1964. Además, no disfrutamos del respiro que casi siempre provocan las lluvias pues, a la vez, fue el más seco del que se tienen noticias; así figura en los anales de la Agencia Estatal de Meteorología. Estas circunstancias casi veraniegas pillaron desprevenidos a muchos, aunque al vivir aquí están avisados de que clima y meteorología se alían para hacer la vida un poco más compleja. Porque vivir en Aragón es permanecer expuesto a las oleadas de los meteoros, cada vez más desbaratados. Olvidamos que son los organizadores de la vida. Apenas les sujetan los episodios rítmicos que están señalados con letras grandes en los calendarios.

De pronto, el color verde del cereal y las plantas silvestres se tornó en ocres y así requemó a la gente del secano cerealista, que esperaba la bendición de una buena cosecha si el grano reposaba su blanco almidón. También quedaron afectados otros cultivos en su maduración, pero algunos disfrutan del agua milagrosa que les llega por el riego. Queda en reserva lo que acontecerá con la cosecha de los otros dos componentes de la trilogía mediterránea del Aragón seco. En esta tierra donde los ocres mandan casi todo el año, las vides y los olivos hacen de su resistencia al verano su principal virtud. Se atreven a vestirse de verde en esos largos meses –cuando la evapotranspiración es mucho más intensa-, a guardar sus frutos hasta el otoño. ¡Qué osadía! Los hombres sacarán de ellos sus jugos, el rojizo del vino y el dorado del aceite, que combinados con la blanca harina les permitieron resistir -y poco más- durante mucho tiempo en la tradicional economía rural de subsistencia.

Han pasado muchos años desde que el Aragón rural dominaba sobre el urbano. La gente de algunos pueblos mantiene su esencia, la esperanza en que vinos y aceites les permitan seguir soñando. Para lograrlo aumentan sus capacidades productivas en ambos cultivos. Pero claro, la actual estrategia comercial se mueve tan rápido que lo que es verdad hoy mañana puede no serlo. La puesta en producción de muchas hectáreas de olivar en países no mediterráneos (Brasil, India, China o Sudáfrica), junto con agresivas campañas de venta de otros tradicionales (Argentina o Chile) que en pocos días inundan el mercado, han de pillar prevenidos a nuestros agricultores y a las administraciones para que el amarillo del oro oleico no se rancie en ocres oscuros. Otro tanto se puede decir del buen vino que aquí se elabora. Los expertos alertan del auge del continente africano; más exactamente de la producción generada allí por compañías multinacionales con vistas exclusivas a la exportación.

Pero los veranos –y los ocres y amarillos que lo pintan- cada año duran más, porque la meteorología persiste en sus desatinos. Así se explica que la superficie en riesgo de desertificación en Aragón –con la consiguiente degradación de las tierras- crezca año tras año; un tercio del total se acerca al índice más alto, otro tercio está a punto. No es extraño que cineastas como Bigas Luna hayan utilizado nuestro castigado territorio como plató para sus películas de ambientes extremos. Hace un año, coincidiendo con el Día Mundial contra la Desertificación, Heraldo (17-06-2014) alertaba del peligro y recogía el aviso del responsable de investigaciones sobre Desertificación del CSIC: “no se han tomado medidas lo suficientemente eficaces para contenerla”.

Los largos estíos insisten en castigar al territorio rural; suelen llegar junto con la erosión de terrenos y la inacción administrativa. Así, poco a poco han expulsado a la gente de sus pueblos. No sabemos si los largos veranos meteorológicos vendrán pronto para instalarse definitivamente y modificarán el clima. Será mejor que estemos preparados. Como en casi todo, lo peor es quedarse quieto a esperar, aunque sea contemplando la belleza ocre de la pintura de Beulas. Júntense la Universidad, la administración y las organizaciones sociales. Elaboren y pongan en marcha ya un ambicioso Programa de Aragón contra la Desertificación; no dejen que la tonalidad anodina nuble nuestro pensamiento y oscurezca el futuro.

* Publicado en Heraldo de Aragón el 30 de junio de 2015. Las continuadas altas temperaturas ponían en riesgo la complacencia despreocupada.

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