La ecología como principio

Podríamos situar el escenario en cualquier pueblo o ciudad de Aragón en este mayo preelectoral. Allí los políticos harán alusión a la ecología, seguro. No se sabe a cuál: si a la de hechos puntuales -otros la llaman “de pajaricos” y “de banderola”- o a la que piensa en el futuro de la sociedad, en los nietos de nuestros hijos. Sin duda, esta visión ecológica de la vida sería más útil para Aragón, que muestra ya bastantes prácticas agresivas con el entorno.

Si revisamos las propuestas de los partidos sobre esta cuestión (expuestas o publicadas) vemos que todas están adornadas de verde esperanza, si bien algunas con simples pinceladas. Se sostienen en una percepción ecológica limitada, que ve el municipio o la comunidad como islas atemporales, en lugar de ensamblarlos en el conjunto del “Mundo Tierra”. La estética ambiental que domina en sus discursos es una buena forma de atraer algunos votos, pero deberían acompañarla de sugerencias para la necesaria ecología de la vida cotidiana, junto con argumentos de ética ambiental.

Son bastantes los temas sobre los que dialogar con los votantes referidos al gobierno de pueblos y ciudades. Los políticos elegibles habrán de explicar cómo mejorarán la eficiencia energética de instalaciones y edificios públicos –por ahora tremendos derrochadores de energía y euros-, qué tipo de normas constructivas aprobarán para minimizar el impacto diario de las viviendas e industrias en el cambio climático global (para, de paso, acabar con el urbanismo especulativo). También habrán de comentar cuestiones sobre la gestión de residuos y el abastecimiento y saneamiento de agua, donde se ha avanzado pero queda mucho por hacer. Sería bueno que aclarasen cómo reordenarán la movilidad urbana, que es ya una urgencia ecológica y un grave riesgo para la salud ciudadana por su incidencia en la calidad del aire, de la que en Aragón nada se habla. Deben decir de qué forma gestionarán el patrimonio natural, amenazado por construcciones alegales o invasiones varias.

La lista de posibles debates sobre Aragón en clave ecológica es mucho más larga pero afecta sobre todo a movilidad, territorio y actividad social. La intermodalidad del transporte, tema recurrente en los discursos, es uno de los grandes fracasos de esta tierra. Nuestros políticos han dejado morir al tren tradicional, mientras fluyen miles de coches a grandes eventos puntuales que colapsan las carreteras. Queda pendiente un aprovechamiento ecológico del monte, con parámetros de rentabilidad social y de respeto a los ritmos de la naturaleza; habrá que estudiar las dudas que plantea la nueva Ley de Montes. Y el agua, siempre el agua. La calidad de nuestros ríos es bastante deficiente. El tema del oscurecido lindano estará mucho tiempo presente, los planes del tratamiento de purines siguen dando que hablar sin un abordaje claro, el Plan Especial de Depuración continúa enfangado. Además son necesarios estudios de la variabilidad climática en el futuro para prever una reordenación de la agricultura. Esta debe tender a la excelencia ecológica: tiene un alto valor añadido y está protegida de la volatilidad de los mercados. Ahora sucede lo contrario, con ejemplos como la masiva presencia de los transgénicos en el cultivo del maíz, al albur de las multinacionales. Hay que trabajar con los agricultores para conseguir un ensamblaje socioecológico de la PAC que asegure su continuidad ante Europa. No olvidemos el “fracking” que amenaza con explotar en cualquier momento, como tampoco desatendamos el recorrido zigzagueante de las energías renovables.

Entre todos estamos poniendo en riesgo la salud del entorno y de la sociedad aragonesa y global. Los políticos deben explicarse bien y conseguir la coherencia ambiental de la ciudadanía para reducir la huella -la pesada carga futura- que todos dejamos en el ambiente. Pueden echar mano de la ecología reflexiva para convencer a sus votantes y ponerse de acuerdo con todos los elegidos en las distintas listas. Es un buen principio.

  • Publicado en Heraldo de Aragón el 19 de mayo de 2015. Solo faltaban cinco días para las elecciones municipales y autonómicas.
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