Demasiadas obsolescencias

Han pasado ya 4 años desde que en esta misma página publicamos un artículo con un título parecido, “Obsolescencia programada” (HERALDO, 27-2-2011). Al contrario que el título, lo que allí se defendía –saber usar los utensilios eléctricos y electrónicos que nos rodean- quería tener una duración ilimitada. En aquella ocasión, se decía que, en la hipotética eventualidad de que el mundo despertase del engaño al que lo someten algunos fabricantes de productos, pensábamos celebrar aquí mismo el fin de esa práctica. Alentábamos a los compradores a realizar una lectura crítica de su consumo –la obsolescencia psicológica-, reclamábamos a los fabricantes una mejora de su ética productiva –obsolescencia incorporada o programada-. No es hablar por hablar. Tampoco se trata de volver a la Edad de Piedra. Sabemos que la vida evoluciona, que muchos útiles llevan implícita una obsolescencia de función o de calidad; la misma palabra tiene ya una carga peyorativa considerable. Algunos son sustituidos por otros que tienen una funcionalidad superior; es una de las variables del progreso que mejora la existencia colectiva. Pero visto lo poco que hemos avanzado en esta cuestión, nos vemos obligados a seguir insistiendo.

La obsolescencia estética nos seduce sin darnos cuenta. Los anuncios televisivos son algo así como una pasarela de productos nuevos. Nos llaman a una constante renovación de accesorios sin desgastar, sobre todo ropa y teléfonos, al dictado de las modas. Nos despistan continuamente. Alguien definió a nuestra sociedad de la segunda mitad del siglo XX como “la civilización de la complacencia”. Impulsados por el deseo de ser diferentes cada día –la obsolescencia de deseo-, nos seducen los cambios de estilo de vida. Sin darnos cuenta, obviamos los asuntos de trascendencia social. Mucha gente siempre ambiciona algo más -que le dé alicientes nuevos a su existencia- y, a la vez, se entretiene en encorrer al tiempo, alumbrada por algún deseo insatisfecho. Esta hiperactividad vital nos lleva a despistes consumistas. Millones de aparatos eléctricos y electrónicos, algunos en correcto funcionamiento, acaban en los contenedores antes de tiempo y allí se juntan con otros parcialmente averiados. Estos salen del circuito de uso porque es demasiado caro repararlos, porque no existen repuestos por la descatalogación de modelos que imponen los fabricantes o, simplemente, porque es imposible desmontarlos sin destrozarlos. Los industriales se defienden diciendo que el acortamiento no es deliberado, que se debe a la exigencia de que los productos sean más eficientes y más baratos. Pensemos si el sencillo bolígrafo que todos utilizamos no es un buen ejemplo de obsolescencia. ¿Cuántos de nosotros les ponemos carga nueva cuando dejan de escribir?

La mayor parte de los casos de obsolescencia pasan inadvertidos y sin resarcir a los usuarios. Según un estudio de la OCU, casi una quinta parte de las bombillas LED – el icono del ahorro energético y de la buena compra- no superan las 10.000 horas de duración, a pesar de que los fabricantes nos dicen que pueden alcanzar las 25.000. En este tema, la legislación española anda de paseo. En Francia se está promoviendo una norma, con rango de ley, que alerta y sancionará las técnicas que incluyan la introducción deliberada de un defecto, una debilidad, una parada programada, una limitación técnica y todo tipo de obstáculos para la reparación del aparato de forma previa a su venta. Parece que la UE, siguiendo los consejos de su Comité Económico y Social (CESE), estudia un sistema de etiquetado que informe de la durabilidad del producto y una manera de obligar a los fabricantes a que reparen todos los aparatos -incluso los descatalogados-, lo que crearía innumerables puestos de trabajo.

Si la felicidad dependiese del nivel de consumo seríamos completamente dichosos; y no es así. A veces, en este proceso de sustitución de lo antiguo, no sucumbimos a la obsolescencia afectiva, porque los afectos son los pasajes que acomodan nuestras vidas. Algunos utensilios, complementos o aparatos pasan a la trastienda de nuestra vida, porque nos cuesta deshacernos de ellos. Armarios, estanterías y trasteros acumulan recuerdos y apegos, esos que nos resistimos a que caigan en desuso. Será porque nos recuerdan algo o a alguien.

  • Publicado en Heraldo de Aragón el 24 de febrero de 2015. A pesar de estar tan atentos nos siguen engañando.
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