Sentir la montaña

Lo primero es la belleza permanente de las montañas. Las siluetas de los montes y picos simulan atalayas que nos vigilan, los barrancos cuentan la intención transformadora del agua. Las plantas, con su policromía permanente, ejecutan estrategias para atraer a los insectos polinizadores en unos casos o para adaptarse a las condiciones meteorológicas en otros. Los sonidos de los animales componen la eufonía perfecta que comparten con la cadencia del viento. Olores, colores, sonidos y figuras matizan el paisaje de nuestros montes desde el más humilde cerro del valle del Ebro hasta la más alta cumbre de los Pirineos.

La conquista deportiva de estas atalayas o el paseo reparador por las laderas vienen añadidos. Tanto los excursionistas como los montañeros, o los simples observadores ocasionales, sienten confortado su espíritu cuando realizan cortos paseos o itinerarios complicados por las ascensiones, aunque a más de uno le suponga un considerable esfuerzo. Son impresiones cotas, si las comparamos con las enormes cualidades de la montaña que quedarán inscritas en lo más íntimo de uno mismo. Pero siempre suponen una recompensa tras hollar la cima o recorrer el camino. Se convierten en episodios grandiosos que enriquecen la memoria y nos sirven para rescatar lo conseguido. Dignifican a la montaña y la encumbran en la cultura colectiva.

Durante este verano, la montaña de Aragón no ha sido noticia por su belleza ni por las hazañas deportivas. HERALDO ha recogido a menudo rescates en Guara, Pirineos, etc. En ocasiones se trataba de simples extravíos, pero en otras se evacuaban heridos de diversa consideración e incluso se han perdido vidas. La nómina es elevada y heterogénea: montañeros en solitario o en compañía, familias, jóvenes y mayores, grupos de colonias de verano, españoles y franceses, y muchos niños. La guardia Civil ha tenido que socorrer en tres casos a altas horas de la madrugada a grupos en los que iban menores. Cuesta entender que haya gente que se lance a la eventura en camiseta y en playeras, ellos mismos y los niños que los acompañan. No queremos imaginarnos lo que hibiese sucedido de no existir los teléfonos móviles para avisar y los equipos de salvamento, que están siempre prestos a acudir y son merecedores del reconocimiento colectivo.

Los verdaderos montañeros saben que siempre hay un riesgo en las ascensiones, que un segundo de fatalidad puede hacerles perder a alguno de los suyos, por lo que salen siempre muy preparados. No existe una explicación cabal para justificar el aumento de accidentes de este año. Hay quien dice que el azar y la mala suerte están en su origen; sin duda los imprevistos han tenido algo que ver, la meteorología ha pillado a los confiados. Pero parece que son otros los factores que provocan este rosario de sucesos. La irresponsabilidad, la necesidad de vivir experiencias fuertes para vencer el tedio cotidiano, la despreocupación de los adultos que ponen en peligro a sus hijos, el sentimiento de triunfo cuando se baja rápidamente un barranco que los siglos han modelado o cuando se derrota aun gigante pirenaico creyéndose “pasabanes” y “pauneres”. Pero la montaña no es el mejor escenario para organizar yincanas.

Belleza y superación de retos no están reñidas, más bien se complementan y unidas provocan emociones y engrandecen la valoración de la montaña, de nuestros Pirineos. Pero no pueden quedar oscurecidos por las tragedias montañeras que acda año sacuden a los accidentados y a sus familias. Antes de salir hay que informarse en Internet o en las guías. Si la dificultad puede aparecer, lo mejor es acudir al personal especializado –disponemos de estupendos equipos de profesionales- que conduce con tino por los senderos a la vez que comunica su amor y el respeto por el lugar. Así se evitan apuros a uno mismo y a las personas que forman parte de los equipos de rescate. La gente que desprecia el riesgo en la montaña no la respeta, no encontrará el sentimiento placentero del que hablan Eduardo Martínez de Pisón o Sebastián Álvaro, dos divulgadores extraordinarios de la belleza pirenaica. Por eso, hay que fomentar las campañas educativas en los lugares más concurridos y potenciar el papel de los guías de montaña. Habrá que estudiar también si son necesarias otras actuaciones, puestas en marcha ya en otros lugares, como las limitaciones de acceso sin personal acompañante o el copago de los rescates cuando se demuestre la imprudencia de los rescatados.

  •  Publicado en Heraldo de Aragón el 22 de agosto de 2011, en medio d eun verano aciago en accidentes.
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