Legendario Matarraña

En este Aragón del siglo XXI conviven las pulsiones sociales del presente con los ecos del pasado. Ciudades y pueblos que han hecho historia. Se miran entre ellos, se quieren o discuten a veces, también con los espacios naturales que los acogen. Ese conjunto social y natural que compone un territorio siempre es más bello si está pleno de diferencias. Matarraña diverso y espléndido, el tiempo ha grabado tu historia con múltiples detalles. Leyenda y frontera a la vez cuando los dinosaurios vagaban a sus anchas por ahí, sin saber que dejaban un rastro para que los encontrásemos 100 millones de años más tarde en las cercanías de Peñarroya de Tastavins. Huella que sí querían transmitir aquellos neolíticos que pintaban en los abrigos rupestres, como queriendo atrapar el tiempo espiritual para enseñárselo a los pobladores futuros. Mensajes recónditos que nos transmiten sin hablar los sillares de los íberos, los arcos renacentistas de las casas señoriales, las construcciones barrocas -dignas de componer un libro de arte-, los soportales de las casas de todos estos pueblos. Nos susurran que en épocas pasadas floreció la actividad agrícola y el comercio, la vida de sus pobladores.

Tierra de frontera, que vio pasar guerreros de un signo y otro desde las atalayas de Fuentespalda o Valderrobres en su camino entre el mar y la capital del reino. Otero cuya función ahora cumple la antena de la radio comarcal, para recibir y difundir los mensajes que hablan de pesares y esperanzas. Frontera lingüística que se diluye enseguida por el enriquecimiento que supone poder comunicarse con los vecinos de uno y otro lado, o leer libros escritos en las dos lenguas.

Pusiste nombres compuestos a tus pueblos como queriendo atrapar la leyenda. Por eso ahora son sitios de postal, por fuera y por dentro. En ellos asoman aceites, montes y peñas royos, algún león, las fresnedas y los tormos, las fuentes y las vales. Val, esa palabra tan bella, tan nuestra que es en sí misma una leyenda presente en todo Aragón. Se basta con tres letras, unida a otros topónimos, para decir muchas cosas. Se quedó pegada a la vía verde que atraviesa el Bajo Aragón siguiendo las huellas del extinto ferrocarril, otra leyenda permanente, la de los caminos de hierro en nuestra tierra.

Oro de aceite milenario que los fenicios trajeron. Olivares de frontera que suponen actualmente casi la mitad de las tierras cultivadas. Hasta allí llegan los ecos del suave clima mediterráneo para darle un toque de dulzura especial. Aguas del Matarraña que transportan ninfas y leyendas desde Beceite hasta Mazaleón, pero que esconden, como las de otros afluentes, contaminantes agropecuarios que los lugareños tratan de eliminar con iniciativas pioneras, algunas en suspenso económico.

Como ha ocurrido en todas las zonas rurales de Aragón, la pérdida de población rompió los ritmos de la vida. Esta tierra acoge menos de 9.000 habitantes en un territorio de casi mil kilómetros cuadrados, la mitad bosques. Frente a esa debacle, luchan por sobrevivir cooperativas de producción y consumo, asociaciones de empresarios que impulsan una marca territorial para el emprendimiento, turismo de calidad en los dieciocho pueblos -aunque algunos suenen más alto que otros-, una gastronomía para paladares exigentes elaborada a ritmo lento, manifestaciones culturales de cinco estrellas en muchos pueblos y llamaradas literarias contagiosas como la Librería Serret.

Sobran razones para seguir creyendo en los esfuerzos colectivos pues proporcionan empleo y dan lustre a la vida. En estos tiempos de agobio existencial debemos apostar por el Aragón del futuro, escrito aquí con trazos finos a diferencia de los gruesos titulares que dan las capitales. La vida nos sitúa hoy en todas las comarcas en una divisoria permanente entre la realidad y la ilusión, sin saber en qué punto intermedio nos encontramos. Casi mejor así. Deambular por las calles de estos pueblos permite sumergirse en un mundo intemporal en el que con mirada atenta se puede rescatar la historia y creerse uno protagonista de ella, para encontrarse a sí mismo. Ante tamaña potencia, cabe preguntarse por qué hay aún tantos aragoneses que no los sabrían situar en el mapa y menos hablar de lo que guardan. La leyenda queda suspendida una vez más. Esta tierra es Aragón.

  • Publicado en Heraldo de Aragón el 15 de julio de 2014. Seguimos levantado la voz por el Aragón rural.
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