La urbe inmortal

Nunca imaginaría Valero que 1.700 años después de su muerte la urbe romana en la que fue obispo celebraría grandes fastos en su honor. Claro que su impronta personal debió ser considerable, más allá de su participación en el Concilio de Elbira (306), pues sus posibles restos fueron ampliamente venerados: viajaron en diversos momentos desde Roda de Isábena hasta Zaragoza, acompañando a la magna mitra. La amurallada Caesaraugusta en la que vivió estaría seguramente azotada por la crisis fiscal y económica presente en el Imperio Romano, como le sucede ahora a la flamante capital del Reino de Aragón.

Nos gustaría viajar al pasado para hablar con el obispo Valero. Le contaríamos cómo ha cambiado esa ciudad que hoy homenajea de forma especial a su Santo Patrón, a él. Comenzaríamos diciéndole que quienes la habitan actualmente no son perseguidos, al contrario que sucedía con los cristianos en su tiempo, cuando el emperador Diocleciano los mataba sin compasión. Ahora se acoge a la gente de fuera, se respetan sus creencias, se practica la convivencia (viven aquí unos 100.000 extranjeros). Seguro que se pondría contento al saber que sus habitantes no han querido olvidarlo. Lo han esculpido tanto en bustos, en los que aparece muy serio y con barba, como en estatuas enormes como la que hizo Pablo Serrano y que está en la puerta del Ayuntamiento.

Si pudiera manipular el tiempo y viajar hoy para posarse en el núcleo de la vieja urbe romana –en lo que se llama ahora el salón de la ciudad-, tendría a sus pies a miles de zaragozanos comiendo roscón en su honor. Este 29 de enero es uno de esos días que merecen ser eternos, porque mezclan recuerdos, sentimientos y placeres. Habría que explicarle que la ciudad ha sufrido transformaciones, aunque todavía podría reconocer el cardo y el decumano. Quizás después se entristecería al ver el poco respeto que se ha tenido por lo antiguo. Las ruinas del teatro romano, que ya empezaría a perder piedras cuando lo conoció para levantar parte de las murallas, son casi los únicos testigos de su época. Desde entonces, la polis ha sido azotada por pestes en los siglos XIV y XVII, epidemias de cólera en el s. XIX, por gripes como en 1918 y varias hambrunas. Perdió parte de su fisonomía en episodios dolorosos sucedidos contra los franceses hace 200 años, al tiempo que nacía un sentimiento popular que la cohesionó. Después se ha extendido sin cesar, las cuadrigas han sido sustituidas por miles de vehículos que la recorren cada día en un sinvivir atronador que le asustaría.

Comprobaría que la urbe no ha perdido las caricias del viento que siempre la distinguieron, tanto que sus gentes apellidan a su patrón, a él, “el ventolero”. Que sigue atenta al gran río que cada año quiere inundar los arrabales, que en su tiempo le pertenecieron. Podría visitar las antiguas cloacas y las termas, ahora museos, y le gustaría conocer las nuevas redes de abastecimiento y saneamiento. Le contaríamos que a lo largo de los siglos la han visitado muchas civilizaciones, cada una de las cuales ha dejado su impronta en el rostro de la ciudad y en su espíritu, tanto que ahora se expresa con lenguajes diversos impregnados de desarrollo, arte y convivencia. Que su nombre actual recuerda al romano que él conoció, que entre tanto fue denominada Saraqusta por los árabes. Y que -quién sabe- quizá dentro de unos años se podría apellidar Ebrópolis, como el proyecto que pretende revitalizarla, aunque hoy al menos habría que bautizarla “Zarápolis de Valero”, pues de su recuerdo los zaragozanos han hecho una fiesta.

También tendríamos que contarle que ahora, como en sus tiempos, la urbe duda un poco de su porvenir, porque recelar es un privilegio de quien ha vivido mucho. Escucha atenta a sus gestores que, aunque no son dictadores como antes, tardan en concertar un mensaje de ciudad del futuro. Sospecha -igual que lo ha hecho a lo largo de toda su existencia- de sus palabras, porque sabe que hay otras muchas que callan. Asiste atónita a controversias en las que las verdades de unos son mentiras para otros. Pero sus gentes mantienen la esperanza, esa que la ha hecho inmortal a lo largo de más de 2.000 años. Confían en que un halo social, como aquel de 1808, las alumbre para retomar el proyecto colectivo que en otros tiempos supieron sacar adelante.

  • Publicada el 29 de enero de 2013, Día de san Valero, patrono de la capital de Aragón
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