Agua y fuego

Son los elementos que con la tierra y el aire explican los patrones de la naturaleza. Juntos impregnaron muchas filosofías desde los presocráticos griegos hasta el Renacimiento. Complementarios muchas veces, son también contrarios otras, pues luchan entre ellos para anularse mutuamente. Mantienen atributos múltiples que se expresan en su simbología y en la adoración que siempre se les ha profesado, tanto que su presencia es definitoria de la cultura universal. En las mitologías clásicas, los dioses del agua y del fuego han representado el poder al que se sometían todas las criaturas. Varias religiones los han incorporado de formas diversas. Durante el tránsito que la Semana Santa representa en el cristianismo ambos cumplen una función trascendental: el fuego da la luz permanente mientras el agua purifica. En la vida corriente son omnipresentes, sentimos con ellos veneración íntima, júbilo y temores colectivos, lo mismo cuando nos acompañan en exceso que en los momentos en que nos faltan; se han convertido en una paradoja permanente.

Durante estos días nos castigan con virulencia, y mucho nos tememos que sea el preludio de un año difícil. El fuego calcina una parte de la Ribagorza y deja un rastro desolador. Aprovecha para propagarse que el agua se olvidó de fecundizar esas tierras y todo Aragón, en donde hay zonas en las que no ha llovido ni siquiera la mitad de lo habitual en un año normal. El miedo y la desesperación cunden en quienes con el incendio perdieron su paisaje y sus posesiones. Las gentes de los pueblos, que entienden mejor que nadie el secular poder de la naturaleza, lloran también la ausencia del agua en sus campos. Pero el conjunto de la sociedad perdió el respeto a las pulsiones de la vida natural cuando se volvió tecnológica y solo se impresiona con hechos episódicos o carencias personales. Hace mal, porque agua y fuego han de regresar una y otra vez a recordar en estos secos espacios mediterráneos su papel en la génesis de la Tierra.

Durante las últimas décadas las sequías y los incendios han recorrido Aragón pero hasta ahora no en invierno, cuando la tierra y las plantas acopian el agua que nos devolverán más tarde. Las primeras mitades de las décadas de los años 50, 80 y 90 fueron especialmente secas. También algunos años puntuales (1952 en Huesca, 1978 en Teruel, 1966 en Zaragoza); sus resultados son la limitación del crecimiento natural de los bosques, la reducción de las cosechas agrícolas y la pérdida de los pastos ganaderos. Los 8.190 incendios o conatos acontecidos en la última década en Aragón destrozaron más de 95.000 hectáreas. Entre sequías e incendios provocaron la desaparición de la biomasa vegetal y la degradación del suelo, que retardarán la recuperación de esos espacios hasta unos 100 años. Cuesta creer que ante semejantes evidencias, los bosques olvidados no reciban mantenimiento en forma de peonadas ni las visitas de los ganados que sostenían la vida rural. Así los incendios se seguirán cebando en ellos; son los peajes de los nuevos tiempos.

Hemos de aprender a congeniar la natural libertad del fuego y del agua -que son reguladores de la naturaleza y por tanto ajenos a una función antropológica- con la gestión de sus efectos, que sí es tarea de la sociedad. No podemos ser rehenes de la incertidumbre y confiarnos al buen hacer de la fortuna, porque la improvisación y el olvido no se arreglan ni siquiera con actuaciones heroicas de los vecinos ni de las brigadas. Hay muchas zonas que pueden sufrir grandes incendios. No se puede vivir contra ellos, hay que respetarlos y estar preparados para los episodios de prueba a los que van a someter al sistema antiincendios, cuya planificación y dotaciones han mejorado mucho pero que siempre serán insuficientes. Debemos ocuparnos de la prevención de las sequías, en torno a las cuales sí caben muchos más esfuerzos. Si los presagios sobre su reiteración se cumplen, nos ahogará nuestra desidia colectiva por la incorrecta elaboración o puesta en marcha de planes de acción sociales que compensen los efectos naturales. Habríamos de aproximarnos más a la visión ecológica que nos invita a replantear inversiones depredadoras del medio natural y apostar más por la gestión ambiental de la riqueza que tenemos, porque si la perdemos no seremos nadie.

  • Publicado el 20 de marzo de 2012.
image_pdf

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Ecos de Celtiberia