Paisajes ocres

La fisiología vegetal depende de la cantidad de agua disponible. Cuando el calor aprieta, las plantas cierran sus estomas para evitar pérdidas que pongan en riesgo su existencia. Los vasos que facilitan que el agua del subsuelo llegue a las partes verdes disminuyen su función conductora si la tierra está seca. Así las plantas dejan de hacer lo que mejor saben: la fotosíntesis. Privadas de ese recurso sus hojas son más pequeñas y sus frutos y semillas se reducen de forma considerable. Los agricultores, conocedores de los secretos científicos sin haberlos estudiado, saben que disminuirán los productos que su trabajo merecía. Si las condiciones desfavorables persisten, los arbustos y árboles cierran sus vasos del todo. Es una manera de protegerse porque así se aseguran su renacimiento en el siguiente ciclo vital y ayudan a que su especie permanezca en la Tierra. Las hojas pierden el color verde que las define y adquieren las tonalidades ocres y amarillentas que nos avisan de que el otoño está cerca o de que el verano fue más seco de lo que debiera.

Cada año, plantas y animales acompasan sus ritmos vitales a las cadencias externas. Los hombres, menos cautelosos, quieren forzar esos pulsos para adaptarlos a sus necesidades poblacionales y mercantiles. Así logran a veces convertir territorios inhóspitos en vergeles. Pero cada cierto tiempo, los dioses imaginados que regulan la lluvia desatienden su tarea. En Aragón, como en cada vez más territorios, el espejismo verde apenas resiste algunos días del invierno y de la primavera. Después, los ocres y amarillos cubren el horizonte infinito y vienen a reclamar el espacio que les corresponde. La vegetación esclerófila es la que mejor representa el milagro de la vida por su sabiduría para adaptarse a las duras condiciones climáticas; se reparte el agua vivificadora y sabe renacer de los tiempos difíciles. Nuestra bandera parece que se hace cómplice de esa templanza del territorio pues en su reducción cromática supone una alegoría de las múltiples tonalidades de ocres, rojizos y amarillos.

Como si nuestra existencia fuera una metáfora de la vida natural, ahora se cerraron los vasos dinerarios que la teñían de verde esplendoroso en forma de mágicas ilusiones. España se tambalea porque los alquimistas del euro nos castigaron con grandiosos proyectos urbanísticos, multicasinos, quimeras deportivas y la especulación con el agua escasa. En realidad nos trajeron tales recortes sociales que ponen en riesgo la felicidad compartida. El espejo de la naturaleza nos debe guiar para convertir la lucha por una vida digna para todos en la catapulta de renacimiento. En el Aragón ocre deberemos apoyarnos en pequeños escenarios de vida como el paisaje cultural, la agroganadería ecológica, el turismo social, la industria de proximidad, la educación de calidad, el comercio creativo, la tecnología innovadora, la atención social diferenciada, la mejora de nuestra red viaria, etc.; así construiremos una relación económica y social que evite las exclusiones. Se dice que los amarillos simbolizan, por su asociación al sol, la capacidad de ver. Las gentes que pueblan este territorio atesoran unas pautas de resistencia que sirven para encontrar caminos nuevos de supervivencia: que esa línea ambarina nos guíe para renovarnos, como hacen las plantas, y no nos deje caer en el pesimismo.

Hace unos 70 años, Marín Bagüés pintaba los paisajes amarillos y ocres de Leciñena y Castelserás. Reprodujo como nadie el color de esta tierra pues se atrevió a combinar luz y relieve para darle la necesaria plasticidad a la huella del agua escasa que tan bien aprendió de niño. En nuestros días, los paisajes ocres, blancos y amarillentos de José Beulas nos permiten, como él dice, apropiarnos del paisaje, seguramente el que mejor representaría nuestra callada existencia. Ambos son espectadores sobresalientes de la belleza del paisaje natural y a la vez protagonistas casi solitarios de la valoración de lo nuestro. Nos están sugiriendo que los sigamos para apreciar la compostura del paisaje social, que abramos de nuevo los conductos que otros nos taponaron para que fluyan caudales vivificadores. Esos que renueven los colores de la esperanza colectiva y nos aseguren a todos la superación del gris invierno que otros nos preparan.

  • Publicado en Heraldo de Aragón el 8 de octubre de 2012, recién comenzado el otoño.
image_pdf

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Ecos de Celtiberia