Tierra calcinada

En la mitología griega, Faetón (hijo de Helios, el dios Sol) intentó conducir el carro de su padre que llevaba cada día la energía hacia el Océano pero perdió el control e incendió la Tierra. Durante este verano, cual maldición divina, la sequía y las altas temperaturas avivan el fuego que devora los bosques mediterráneos y todo lo que encuentra a su paso. Los incendios han recorrido unos 7,5 millones de hectáreas en los últimos 50 años en España (suponen casi una cuarta parte de la superficie forestal total). Afortunadamente, la regeneración natural y algunas políticas forestales luchan contra el enemigo destructor y reponen poco a poco parte de la masa vegetal perdida. Pero nunca reparan las angustias padecidas por quienes huyen de la catástrofe o los dolores y sufrimientos de aquellos que perdieron a sus seres queridos o se quedaron sin sus pertenencias. Muchos lugareños acabarán dejando sus hogares porque su tierra fértil se escapa, como lo hicieron los hombres a los que Antonio Machado acusaba de haber incendiado los pinares y robledales en su poema “Por tierras de España”.

A principios de julio La Gomera era declarada Reserva de la Biosfera. Suponía el reconocimiento a un espacio singular que guarda el Parque Nacional de Garajonay (1981), donde las nieblas tiñen de misterio el bosque de laurisilva, una reliquia de pasados remotos tan singular que la ONU la declaró Patrimonio de la Humanidad. Tales riquezas la convierten en un paraíso, digno de los dioses griegos, que hoy es un enclave biológico de propiedad universal. El alma gomera, que late con vida propia, habrá llorado al observar que el 25% de Garajonay y un 11% de la superficie de la isla han sido pasto de las llamas. En unos pocos días se ha borrado su pasado milenario lleno de mitos y se ha nublado su futuro. Seguro que el ilustre canario Pérez Galdós tendría material suficiente para escribir uno de sus Episodios nacionales, pero esta vez mucho más cargado de miseria que de épica.

Muchas personas se preguntan por las razones de la virulencia de los incendios actuales dentro y fuera de los espacios protegidos. Desde antaño, la cultura española ignora que los ecosistemas forestales son organismos vivos, quizás por eso los desalmados prenden las mechas asesinas. Además, la prevención no figura en la primera página del manual de las políticas forestales de las administraciones, que deberían saber que la desaparición de la gestión tradicional del terreno y el pastoreo debido a la despoblación rural han originado la acumulación de biomasa muerta. Cuando no se previene siempre se llega tarde al fuego. Se permitieron viviendas y urbanizaciones en zonas boscosas en donde la crisis amplió el número de torres vigía vacías; se olvidó la planificación forestal particularizada, sierra a sierra y valle a valle. Se recortaron tanto las dotaciones de los bomberos que se pone en peligro la salvaguarda de sus vidas; aún así, en todos los siniestros se reconocen sus heroicidades y las de los vecinos.

Cuando el incendio explota las distintas administraciones implicadas en su prevención se arrojan tizones y eluden responsabilidades. El reciente caso de Canarias sirve de ejemplo de la desidia española que no ha sabido preservar algo que es Patrimonio de la Humanidad; otro mal atributo para la “marca España”. Si como parece el cambio climático aumentará los periodos secos, los recortes presupuestarios del 20% para la mitigación del fuego en los Parques Nacionales (Cabañeros, Doñana o el Teide también se han visto afectados) traerán consecuencias nefastas porque la buena voluntad y las palabras no apagan los incendios a los que habremos de hacer frente siempre. La reducción presupuestaria en gestión de bosques en Cataluña, Valencia, Galicia, Castilla y León, Canarias, etc.,  ya se ha hecho visible en secuelas destructoras; en lo que va de año se han quemado 150.000 hectáreas. Como en otros ámbitos de la vida, la responsabilidad moral colectiva debería prevalecer en las actuaciones individuales y de las administraciones, hace falta mucha más educación y compromiso. Mientras lo generamos, apelemos al dios Zeus, que se estremeció cuando vio a la Madre Tierra agonizando en el mito de Faetón, para que nos envíe las lluvias salvadoras que apaguen la hoguera de desidia que ahora nos azota.

  • Publicado el 28 de agosto de 2012. Los incendios calcinan nuestra tierra en verano, se apagan en invierno con políticas protectoras del monte y los bosques.
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