Otoño en el Maestrazgo

Territorio fronterizo que expande aromas mediterráneos. Clima y paisajes cálidos que contrastan con los fríos de las zonas más elevadas en donde carrascas y robles encuentran refugio, por debajo de sabinas y enebros, y más arriba los pinos resisten los aullidos del viento. Todo el territorio es una enciclopedia geológica escrita por calizas, areniscas y arcillas que junto con los ríos componen maravillosas catedrales pétreas, que compiten en belleza con las construcciones góticas o barrocas que identifican cada una de sus localidades.

Los pueblos del Maestrazgo mágico cuentan cómo sus habitantes han modelado el territorio para su supervivencia. Unas veces han construido bancales para cultivo, otras edificaciones sencillas con piedra seca o dando forma a los solitarios mases, aunque hoy todos se van degradando por la ausencia de las manos atentas que las mantenían y poco a poco se mimetizan con el terreno. De estos lares partieron durante el siglo XIX y casi todo el XX hacia el Mediterráneo catalán y valenciano quienes buscaban la prosperidad que su tierra se negaba a darles con la agricultura y la ganadería. Sus caminos y veredas todavía susurran al caminante atento poemas del Mío Cid y muchas historias medievales pasadas en las que las órdenes militares tuvieron protagonismo. Hablan de esplendores ganaderos y textiles de la Era Moderna a la vez que recuerdan conflictos recientes que enfrentaron concepciones absolutistas con ideales de libertad. Las cimas de sus montes ya no vigilan a los invasores ni a las caravanas laneras sino que ahora esperan la vuelta de los emigrados y la llegada de turistas. Desean que entre unos y otros compensen el esfuerzo mostrado y los dineros invertidos por los emprendedores locales, esos que mantienen viva la ilusión de que el trasiego del verano reine siempre.

Cae octubre y el silencio ocre y amarillo se adueña de los horizontes tristes. Visitantes y lugareños apenas se encuentran en sus calles, en sus montes. El otoño mantendrá los postigos entreabiertos para que el invierno sea solamente una sombra, un suspiro que dé paso al futuro en primavera. Son localidades pequeñas, la mayoría no supera los 500 vecinos y entre todas ni siquiera alcanzan los 4.000 habitantes en un territorio de más de 1.200 kilómetros cuadrados. Sus envejecidas poblaciones han detenido su declive desde 2001 debido sin duda a nuevas ocupaciones y a la llegada de inmigrantes, lo que se palpa de forma especial en las escuelas. Son lugares donde los empleados de los sectores agrícola y de servicios (la zona dispone de más de 1.200 plazas hoteleras) representan más del 71% de los afiliados a la Seguridad Social. Los trabajadores soportan hoy el peso del paro, sobre todo los hombres, y necesitan que no se detenga el impulso económico de los últimos años, que había elevado la renta bruta disponible per cápita y la productividad media. Renacerán sus esperanzas si se impulsa la excelencia de su entorno y la iniciativa de sus gentes a la hora de conservar sus pueblos, de elaborar sus productos y de prestar sus servicios turísticos de calidad, ya que la agricultura intensiva no es rentable y el turismo masivo busca otras modalidades de evasión.

Parajes naturales grandiosos con varias figuras de protección reconocidas -más de 76.000 hectáreas gozan ya de alguna- conviven con iniciativas culturales que los lugareños mantienen vivas en los centros de estudios o asociaciones. Podrían representar un espacio perfecto de etología social y ecología local. Por eso, ahora que los juglares medievales ya no recitan las leyendas de Teruel, hacen falta nuevos “labordetas” y “carbonelles” que canten sus valores para que retorne la primavera olvidada tras los crudos inviernos. Las laboriosas gentes del Maestrazgo necesitan el aliento comprometido de la administración. También les ayudaría una acertada presencia en los medios informativos. Así podrían invitar a compartir su futuro a los aragoneses y foráneos que pasan tan cerca cuando viajan a Alcañiz o al mar y sin embargo las imaginan tan lejos, quizás porque el rugido de las motos y el chapoteo del Mediterráneo silencian su existencia. Hay que cambiar entre todos esa antigua cantinela que invita a buscar fuera el porvenir, que tanta nostalgia arroja todavía en el amargo silencio invernal.

  • Publicado el 24 de octubre del 2011, el silencio se adueñaba de nuevo de esta tierra. Los veraneantes habían desaparecido.
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Un comentario sobre “Otoño en el Maestrazgo

    Joaquin Berné dijo:
    11/03/2015 at 20:58

    El Maestrazgo, tierra fronteriza sin fronteras, donde los habitantes tienen más cerca el mar que la capital de provincia, Teruel. Tierra mítica, de historia y de leyendas, de guerrilleros y cabalgadas, de gentes trabajadoras y de enorme belleza, ignorada por el Aragón capitalino.
    Hay que seguir apostando por estos pueblos mejorando sus comunicaciones, sus infraestructuras de todo tipo, fomentando el turismo, la gastronomía y la artesanía.
    Pueblos como Mirambel, Cantavieja, La Iglesuela del Cid, Mosqueruela, Puertomingalvo, Linares de Mora, Pitarque, Ejulve…, merecen seguir vivos y en pie.

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