La magia del Galacho de Juslibol

Pasear por el Galacho de Juslibol es un acontecimiento para cualquier persona, lo haya visitado antes o no. Siempre se aprende algo, aunque lo recorramos a menudo. Vemos que es el mismo pero a la vez no lo es, que ha cambiado; continuamente aparece alguna señal escondida. La huella del agua está presente por todos los rincones, parece que hubiera ido cincelando una obra de arte siempre cambiante, inacabada. Su espectacularidad, sus contrastes, sus colores, los sonidos, los olores, las sensaciones y percepciones que van y vienen hacen de este enclave un lugar mágico.

El enclave es espectacular puesto que muestra restos de un pasado geológico ligado al agua, que ha limado la tierra, que ha abierto una brecha en los yesos. Así ha dibujado un cauce fluvial serpenteante que delata a un río que en ocasiones ha parecido un remanso de agua y en otras ha crecido, ha buscado nuevos espacios y  ha “olvidado” antiguos cauces. Si lo miramos con delicadeza descubrimos arrastres de rocas de lugares muy lejanos; encontramos evidencias de inundaciones, mantos de barro donde los animales dejan sus huellas, acúmulos de materia que nos hablan de cambios estacionales que modifican el cauce, que aportan nutrientes para regenerar la vida que acoge.

Es uno, porque forma una unidad y porque es irrepetible, y a la vez multiforme. Contraste entre la estepa y el soto, atesora una biodiversidad dentro del mismo espacio que resulta esplendorosa en sus paisajes tan diferentes, pero también en su cromatismo, en las evidencias sonoras y visuales de tantas especies diferentes de animales que luchan por vivir, en el asomo de todos los seres que la imaginación nos permite ver. Diversidad que también se hace evidente en la interpretación personal que cada uno de los visitantes se lleva consigo.

El Galacho es un lugar complejo, pues la actividad humana, presente no solamente en la coloración de las huertas debida a los diferentes cultivos, ha interactuado con el espacio. Rastros de esa ocupación son sus viejos hornos de yeso, así como la agricultura o la ganadería desarrolladas por unas gentes que han convivido con el enclave en ocasiones peleándose y en otras en buena sintonía. Intervenciones humanas  delicadas en algunas épocas y agresivas en otras que han provocado impactos, que han limitado su extensión y puesto en peligro su supervivencia o que han aumentado los procesos erosivos, lo cual ha magnificado los riesgos de sus periódicas crecidas, que no son otra cosa que la expresión de la libertad del agua.

Alguien lo definió como un lugar a merced del tiempo. Porque el galacho resume el pasado, muestra el presente y  permite proyectar el futuro. ¿Lo tiene? Sí, si nosotros queremos. La acción colectiva y la participación ciudadana son las claves para concretar sobre la práctica esas variables que definen el galacho y aseguran su supervivencia: la libertad del río, la protección de su biodiversidad, el uso social del espacio que configura y la consideración del enclave a la vez como santuario y como seña de identidad de una ciudad que ama el río, que quiere vivir de su magia.

  • Publicado en Heraldo de Aragón el 17 de enero de 2005.
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