Muertos por la indiferencia

No puede estar ocurriendo. Debe tratarse de un mal sueño fruto de las calenturas del verano. Me he debido confundir de fecha y son secuencias del pasado de Siria o África y la pesadilla ya ha pasado. Tienen que ser falsas las imágenes de las escuelas de la ONU bombardeadas. Porque de otra manera estaríamos ante un sarcasmo tétrico: que unos niños se acerquen a aprender para mejorar su vida, que personas sin techo se refugien allí, y encuentren la muerte. No puede ser verdad semejante indiferencia colectiva, aunque algo de eso debe haber pues la comunidad internacional permite desde hace 50 años la existencia de un campo de concentración descomunal en una pobre y estrecha franja mediterránea de 378 kilómetros cuadrados en la que malviven aislados millón y medio de personas sin apenas luz, agua y otros servicios básicos.

Tienen que ser trucadas las imágenes que estos días hemos visto. En ellas aparecen niños con miradas de pánico, cuando ellos siempre sienten la alegría como su manera sustancial de ser y buscamos sus rostros para entender lo que es la felicidad. Me ha parecido ver alguno ataviado con las camisetas de nuestros equipos de fútbol más famosos. No puedo creer que nuestros ídolos no hayan levantado su voz por alguien que los idolatra. Será que no me he enterado de sus llamadas a la concordia o que los periodistas han priorizado otras informaciones.

También parece que se me ha hurtado en las cadenas de televisión que me informan, en los periódicos que leo, que los honorables premios Nobel de la paz se interponen como escudos humanos para evitar semejante barbarie. Seguro que a algunos el miedo los encoje pero no habrán dejado de gritar para que sus voces de clemencia pronunciadas al unísono derrumben las murallas de la intransigencia, como dicen que sucedió con las de Jericó en otros tiempos.

Me resisto a creer que se haya utilizado la careta exterminadora del Jahvé del Antiguo Testamento, que copiaron los justicieros de Alá y de tantas religiones -incluida la cristiana- para matar en nombre de la religión, en aras de unas creencias sin duda manipuladas por las personas y el tiempo. Porque el Dios que las inspira es la máxima expresión del amor fraternal. No puede desear las muertes de las personas aunque sean de otra raza, de otra religión o se encuentren lejos. Luego matar en su nombre debe ser un sacrilegio en cualquier religión.

Si todo esto fuera un poco cierto echaría en falta la palabra de nuestros dirigentes. Sus gabinetes de crisis no se han debido reunir. Del sufrimiento de los otros también se puede hacer pedagogía para los propios, para resaltar que preservar las vidas humanas debe ser el regulador de todas nuestras actuaciones, en este caso y en todos los que afecten a la credibilidad colectiva. En España barrunto que están deshojando su margarita del “sí me quieren, no me quieren” los contrarios. En Europa estarán muy ocupados en componer el nuevo gobierno que nos haga más fuertes económicamente, o habrán cogido ya vacaciones. Hasta ahora el silencio mundial domina, solo roto por la voz del Secretario General de la ONU o del Director Ejecutivo de Unicef (habla de 250 niños muertos), cuyas apelaciones a las conciencias se diluyen en la atmósfera de la indiferencia, como todos los acuerdos internacionales incumplidos sobre los derechos de los palestinos.

Algún día pararán los ataques. Ya ha pasado otras veces. La ayuda internacional repondrá algún desperfecto, pero entre los escombros y las cenizas quedarán muchos odios. Los destructivos y continuos bombardeos indiscriminados los ejecutan los nietos de quienes quisieron ser borrados de la faz de la tierra por la barbarie nazi, en nombre de no se sabe qué. Deberían estar más sensibilizados. Como entonces, los que más sufren no son los dirigentes que manipulan la vida sino los niños, con secuelas permanentes, y la gente sencilla que no tiene otra culpa que haber nacido en un lugar equivocado. Dicen que la Justicia se representa en una balanza, que es preferible que los dos platillos no estén muy desequilibrados. Aquí pesan mucho más los damnificados que las implicaciones morales. Es un buen momento para quitarnos todos, también los simples ciudadanos, la venda de los ojos. ¿Cuántos tienen que morir para decir basta?

  • Publicado el 2 de agosto de 2014. Los habitantes de Palestina sufría otra vez la barbarie de la guerra ante la indiferencia moral del resto del mundo.
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