Paseos ciudadanos

Me paseo por la ciudad siempre que puedo para sumergirme en la corriente vital que la anima. La ciudad es uniforme y variada, semejante y antagónica, porque está llena de partes que forman un todo a veces sin encontrarse. Uno aprende tanto observando a la gente que olvida que traga una dosis excesiva de los gases contaminantes. Dejarse llevar por un paseo céntrico es una buena forma de aprovechar el anonimato, a la vez que de disfrutar de la compañía, porque en nuestras ciudades, aunque sean grandes, siempre te encuentras con alguien a quien tiendes un adiós o con quien entablas una conversación fugaz. Las personas suben y bajan, o bajan y suben, porque ninguna lleva escrito el lugar hacia donde va, aunque entre todas formalicen el río de cada día. Encuentro gente que hace de anuncio, ciclistas peligrosos, captores insistentes de donantes para las ONG, suplicantes de ayuda, gente sentada en terrazas y bancos que mira a los paseantes o está, simplemente. Uno disfruta de la heterogeneidad humana de la ciudad actual, escucha lenguajes diferentes, ve caras y pieles de razas diversas, compara ropajes llamativos y tocados.

En ese deambular sin rumbo pensado, pero siempre condicionado por la costumbre peatonal, a veces me entretengo en mirar al suelo. Las figuras geométricas de las baldosas esconden enigmas: seguidas en línea no significan lo mismo que en diagonal, si tienen colores distintos sugieren ideas diferentes. Sus texturas cambian, se notan las nuevas y las que el paso continuado pulió. Baldosas de épocas opulentas de algunas calles frente a otras humildes, de cuando la ciudad se mantenía en su quietud de supervivencia. Me pregunto de dónde proceden, si se formarían en tiempos remotos o las habrán fabricado. Las hay puntiagudas, resbalosas, pétreas, cuasi metálicas, partidas e incluso ausentes. Las comparo con el empedrado bicolor lisboeta de calizas y basaltos o con las aceras francesas, en donde manda el pavimentado con alquitrán. Me digo: artesanía frente a eficiencia. Como muchas de mi ciudad están sueltas, permiten jugar con ellas para componer ruidos. También para lamentar surtidores inoportunos del agua escondida con la consiguiente mancha y así despotricar contra quienes las colocaron y los que permiten que sigan así. Mirar al suelo ayuda a reconocer que, junto a rebajes para favorecer el desplazamiento, los constructores han colocado trampas en las que los peatones caemos a menudo. Entonces uno se pregunta qué movió a poner obstáculos a los viandantes en lugares hechos específicamente para ellos. Como empieza la vena crítica, el paseante decide mirar hacia otro lado.

Reparo en los escaparates. Colores y figuras de maniquíes en posiciones inverosímiles. Cuento el tipo de género que venden, me asombro de la cantidad de bares y sucursales bancarias y me acuerdo otra vez de las ciudades francesas, en donde tomarse un café a según qué horas requiere de una labor detectivesca para encontrar un bar abierto. Calculo si tendrán mucha clientela esos establecimientos en tiempos de crisis y dineros ocultos. Si la inversión que se hizo se ha rentabilizado o si se han generado demasiados impagos y despidos. Cansado de ver tantas tiendas cerradas o vacías me salgo más hacia la calzada para mirar las fachadas en todo su esplendor. La perspectiva me deja ver las del lado contrario, me digo que las otras ya las miraré a la vuelta, pero siempre se me olvida. Me detengo en los primeros pisos, allá donde los cables marcan itinerarios diferentes. Las palabras y la energía van y vienen para organizar el entramado ciudadano. Me imagino el cataclismo que originarían en la ciudad si se quedasen mudos. Por la forma de las fachadas y las cubiertas se reconoce la categoría de los edificios de la ciudad, me dijo en una ocasión el urbanista Muntañola. Me fijo en los realces de los grandes aleros, que simulan los de los palacios renacentistas, junto a los que parecen almenas truncadas. Veo fachadas con glamour atemporal al lado de otras en las que la estética no encuentra acomodo.

Tan entretenido es el paseo que no importa el tiempo que ha costado completarlo. Es muy difícil reparar en el reloj cuando uno forma parte de una corriente, a la que se lanzó para reposar sus pensamientos y lo que consiguió al final es sentirse un trivial ciudadano.

  • Publicado el 29 de julio de 2014. En esos días las ciudades parecían otras por la huida veraniega. En realidad, cada día las ciudad es otra, porque cubrió la que ayer era para presentar la del mañana. Además, cada habitante percibe de manera diferente la ciudad, que siendo la de muchos es especialmente suya.
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